lunes, 28 de enero de 2019

Datos

"Los números son fríos, hay que ponerles rostro humano" es una frase que miles de periodistas les han dicho a otros miles a los que aconsejaban o corregían. Las cifras son los datos menos apasionados y por eso les gustan a los economistas y a los matemáticos, a los ingenieros y a los físicos, pero no tanto a los periodistas.

No preguntes a un telespectador cuántas personas se han ahogado intentando cruzar el Mediterráneo. Pregúntales si saben quién era el pequeño Aylán. La foto, el vídeo de su cuerpo en una playa no dan una idea de la magnitud de la tragedia pero la personifican.

Pocos recuerdan cuántos escaños sacó en las últimas elecciones un partido minoritario mientras no sean necesarios para completar una mayoría que saque adelante una ley que les interesa. Si hay que negociar el apoyo del único diputado del partido X, ese diputado ya no es un número sino un puñado de concesiones y un proyecto legislativo aprobado.

"¿Cuánto ganas?" es una pregunta que no busca tanto la cifra exacta como situar al interlocutor en un nivel concreto de estatus o quizá de idoneidad para una relación de pareja.

"Te he llamado diez veces y no me has cogido el teléfono" es mucho más que un cómputo. Puede ser el fin de una amistad.




Este relato participa en la convocatoria #relatosFrío de @divagacionistas

lunes, 17 de diciembre de 2018

El ángulo



Me da el sol de frente haciéndome entornar los párpados. Las once de la mañana y me da el sol de frente, madre mía. Según he salido a la calle ya me entran ganas de darme media vuelta. Cuento los días que faltan para dejar atrás el solsticio de invierno. 

No es el frío. No es entrar a trabajar de noche y salir de noche. No es que las tardes de los días en que no trabajo me encuentren más a menudo en el sofá que en la calle. No es que los árboles se hayan quedado en los huesos. No es que la niebla me cale hasta los míos.

Lo que me hace difícil amar el invierno es el ángulo de la luz del sol sobre las cosas. Me llena el mundo de sombras alargadas y me hace verlo todo en otros colores, más azulados, más plateados, menos cálidos. Puedo ver incluso el viento, transparente casi todo el año pero visible ahora, cuando los rayos de sol son tan oblicuos. Bueno, esto quizá me lo imagino yo.

Añoro la luz avasalladora del verano, esa que aplasta las sombras verticalmente hasta dejarlas en nada, esa que lo tiñe todo de dorado, esa cuya intensidad vuelve impotentes mis párpados

Cuento los días.

lunes, 26 de noviembre de 2018

En paz

Me bajo del tren y busco la oficina de alquiler de coches. He elegido uno demasiado grande pero me ha parecido que lo necesitaría para llegar hasta mi destino. No sé si los caminos que conocí seguirán en buen estado. Me pregunto si sabré llegar. No es fácil encontrar un pueblo abandonado que nadie recuerda.

El día está despejado. Abandono la carretera confiando en mi sentido de la orientación. He reconocido una colina. Detrás tiene que estar el sitio que busco.

Recuerdo la última vez que vine, buscando un lugar adecuado, lejos de la contaminación, luminoso, de clima suave... y solitario. No quería testigos ni tampoco preocuparme por si luego alguien que anduviera por allí lo estropeaba todo. Aunque llevaba lo necesario, me preocupaba mi inexperiencia, mi desconocimiento. Fue una apuesta arriesgada. Ahora veré si salió bien.

Al fin y al cabo, esto es básicamente lo que tú querías. Básicamente. Apenas me desvié del guion lo necesario para conseguir además algo para mí.

Dejo el coche junto a lo que fue una casa de piedra, reducida ya a cuatro paredes medio derruidas. Avanzo hacia el riachuelo. ¿Dónde está?

Lo veo. ¡Cómo ha crecido! Pero no distingo si tiene...

¡Sí, hay manzanas! Pocas pero hay. Alcanzo a coger algunas. Le doy un beso al tronco como si te lo diera a ti. En realidad el árbol tiene algo de ti, lo planté sobre tus cenizas. Sus frutos también son en parte tú. O eso me digo a mí misma. Sigue descansando en este rincón tranquilo, cariño. Volveré a por más.


Con este relato participo en los #relatosReencuentro de @divagacionistas

lunes, 15 de octubre de 2018

Perfectibles

Hace unos días, durante su intervención en una jornada a la que asistí, un exministro mencionó esta cita, atribuida -erróneamente, al parecer- al escritor Mark Twain: "La historia no se repite, pero rima."

Evidentemente, los infinitos matices y circunstancias de un episodio no vuelven a suceder de forma idéntica. Cuando decimos que "la historia se repite" es porque reconocemos unos rasgos generales ya vistos o vividos. Una frase, distinta, que rima con las anteriores.


Diría que, cuando hablamos de historias que se repiten, nos referimos sobre todo a errores que se cometen una y otra vez, o que cometemos nosotros mismos. Piedras en las que ya hemos tropezado vuelven a hacernos caer. Deberíamos haberlas visto de lejos... si no tuviéramos dificultad para aprender de nuestras equivocaciones.


El hecho es que encontrarte en una rima de estas te deja una sensación poco agradable. Tal vez hagas la reflexión mientras te precipitas, tal vez ya en el suelo, tal vez después de levantarte; en cualquier caso, si no eres autocomplaciente, puedes sentir vergüenza, enfado, frustración, desánimo... (*)


Somos imperfectos pero perfectibles. Quiero pensar que algún día veré la piedra antes de notarla contra mi pie.



(*) Añadido: cuanto más visible es un error, peor te sientes al ser consciente de él.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Malas noticias

Hay quien da las malas noticias sin rodeos ni maquillajes. Y hay quien queda contigo para comer y ya en la sobremesa, te dice: Tenía que contarte algo... y no es bueno.

Yo suelo preferir lo primero por mi tendencia periodística a ir al grano y hablar claro. Pero no dejo de apreciar lo segundo, sobre todo cuando noto que el protagonista lo hace para suavizar la impresión.

Tengo un grupo de amigos al que mantienen unido el mutuo aprecio, años de historia en común, un grupo de WhatsApp de uso sensato y media docena de almuerzos al año. Uno del grupo nos convocó para hoy. Aunque somos cuatro, esta vez nos quedamos en tres por un problema médico de uno. Tras el segundo café, nos comunicó su mala noticia otro, grave y también relacionada con la salud. El tercero sumó su propia crónica médica.

Soy la más joven de los cuatro. Sin que eso quiera decir que esté maravillosamente sana, sí es cierto que mi generación piensa en la decrepitud y la muerte como en algo relativamente lejano. Tener un grupo de amigos que me sacan entre ocho y dieciocho años nunca me hizo notar mucha diferencia entre nosotros.

(Bueno, sí, una vez. Fue cuando ellos se prejubilaron con un ERE en cuyo límite de edad yo no entraba por mucho. Entonces, llena de tristeza por la separación, escribí algo en el correo interno de mi empresa.)

Hoy me he preguntado por primera vez hasta cuándo esas dolorosas realidades llamadas enfermedad y muerte respetarán unos lazos que nunca imaginé desanudables.



lunes, 18 de junio de 2018

Variaciones

Sabes que algo se acaba y no quieres que ese fin pase desapercibido. No te gustan las “despedidas a la francesa”, sin decir adiós, sin que nadie se dé cuenta de la marcha. Un adiós es algo lo bastante serio como para darle un tratamiento especial, con las formalidades necesarias, con emoción si es el caso. Da igual si te alegras de ver llegar ese final o si lo lamentas profundamente. Hagamos las cosas bien.


Sabes que algo se acaba y esperas que ese fin sea rápido, indoloro y, a poder ser, silencioso. No te gustan los adioses. Sea cual sea el motivo, es mejor que quede para la intimidad de las partes; no hay razón para hacerlo público, ni siquiera para verbalizarlo. Un poquito de intimidad, por favor. Da igual si te alegras de ver llegar ese final o si lo lamentas profundamente. Hagamos las cosas bien.


No sabes que algo se acaba. No lo has visto venir y no te has dado cuenta de que lo que hubiera antes ya no existe. Tú no has decidido poner fin a nada ni nadie te ha consultado sobre ello. Te enteras por casualidad o por el inevitable peso de la realidad, de los hechos consumados. Nadie se ha despedido de ti ni te ha dado opción de hacerlo. Da igual si te alegras de ver llegar ese final o si lo lamentas profundamente. Se podrían hacer mejor las cosas.

Se acaba algo tuyo. O te acabas tú. Piensas en la mejor manera de hacer las cosas. Pero te despidas o no, lo hagas en público o en privado, con algo multitudinario o íntimo, ostentoso o sencillo, nada volverá nunca a ser lo mismo.


Este relato participa en la convocatoria #relatosDespedidas de @divagacionistas. 

lunes, 21 de mayo de 2018

Correo

Tengo un despertador electrónico, no hay tictac que me ponga nerviosa. La persiana cierra completamente el paso a la luz. Los vecinos no tienen niños ni perros y no son de poner la tele muy alta. Por mi calle a estas horas no pasan coches. El edredón de plumas abriga sin agobiar. He tenido un día agotador.

Y no consigo dormirme.

Ese correo electrónico está ahí esperando a que lo lea. Llegó esta mañana a la dirección que utilizo para temas no profesionales. Viene sin asunto. El remitente no está en mi lista de contactos. Pero ese nombre...

Debe de haber cientos de J. M. Arencibia. Quizá sea publicidad, quizá sea spam, quizá sea un error, quizá...

Me he levantado a mirar la esquela. Con unos padres tan clásicos, el recuadro publicado en la prensa se ciñó a los tópicos como ese "ruegan una oración por su alma". Mi nombre no aparece, claro, ¿cómo iban a incluirme a mí, su pareja no formalizada en el registro ni bendecida por la iglesia? Tampoco fui al entierro allí, en Cádiz, cuna de la familia y donde ocurrió el fatal accidente.

Me dejaron de lado. No hubo papeleos que me implicaran. No llevábamos tanto tiempo juntos. No teníamos una cuenta común en el banco. Él iba a mudarse a mi piso pero de momento solo había traído algo de ropa, cosas de aseo, el cargador del móvil y una foto juntos impresa y enmarcada. Es la primera vez que me siento capaz de mirarla en estos seis meses.

¿Por qué estoy aquí imaginando cosas, sintiendo como si me rondara un fantasma? Voy a leer ese correo de una vez.

"Hola, Araceli. Supongo que Juanma nunca te habló de mí, que nunca te dijo que tenía un hermano mayor llamado José Miguel. Pero te lo hubiera dicho si hubiera vuelto de aquel viaje, de aquella visita que me hizo y en la que nos reconciliamos por fin. Por mucho que me duela su muerte, me consuela saber que nos dio tiempo a abrazarnos antes, a perdonárnoslo todo él y yo, aunque el resto de la familia siga haciéndome el vacío..."

Se ha desvanecido un fantasma y ha aparecido otro. Uno que no me produce angustia sino curiosidad. Seguiré leyendo.



Este relato participa en la convocatoria de #relatosFantasmas de @divagacionistas

lunes, 23 de abril de 2018

No soy tan mala



Nunca he sabido poner cara de no haber roto un plato. Al contrario, la culpabilidad me inunda si tiro algo al suelo (¡qué torpe!), si hago algo incorrecto (¡qué maleducada!), si no hago caso (¡qué desobediente!). Se me nota en los ojos sobre todo, que se me ponen tristones, o eso me han dicho. Y en los suspiros que me salen de lo más profundo, esos sí que los noto claramente.

Intento hacerme perdonar aunque a veces es peor (¡qué pesada!). No soy todo lo perspicaz que debería, no adivino del todo bien los pensamientos y estados de ánimo de quienes me rodean. Tengo otras cualidades. Por ejemplo, soy muy alegre y bastante ágil.

Mi obsesión es ser aceptada, llevo muy mal la menor sospecha de que quieran dejarme de lado. Soy extremadamente sociable, nací para vivir en compañía y soy capaz de acomodarme al lugar, al momento, aceptar lo que me marquen. Quizá el problema ha sido de quienes me educaron. No tengo peor carácter que cualquiera de mis semejantes, aprendo despacito pero, una vez que entiendo lo que esperan de mí, soy bastante complaciente, en general.

Sé que si no me quisieran también me aguantarían por puro sentido de la responsabilidad. Pero me digo a mí misma una y otra vez: claro que me quieren, me quisieron cuando nací y he estado con ellos toda mi vida. No he hecho un drama cuando me han dejado unos días en casa de alguien ni tampoco cuando me esterilizaron. No he hecho nada que merezca perder su cariño.

Hasta tienen fotos mías en el salón. Y es que siempre he sido una perrita muy guapa.


Con este relato participo en la convocatoria de #relatosCulpa de @divagacionistas

lunes, 19 de marzo de 2018

Mirarte

Me he acostumbrado a mirarte desde lejos.

Cuando nos conocimos, tan jóvenes, ya éramos muy distintos. Yo pensaba en el mañana, tú vivías el día a día. Yo creía que mi futuro estaba en mis manos, tú desconfiabas de tus capacidades. Nos enamoramos, a pesar de todo. Nunca he querido a nadie más.


Encontramos trabajo los dos en la misma fábrica. Yo aprovechaba el tiempo libre para estudiar a distancia. Cuando me licencié y pasé a un puesto de oficina, te sentiste mal aunque jamás te reproché tu apego a lo conocido, tu miedo a los cambios. Cuando empecé a echar currículos en otras empresas, tus miradas me acusaban de poner en peligro nuestra estabilidad. Cuando me contrataron con un sueldo casi el doble que el tuyo, temiste que me enamorara de alguno de esos compañeros con traje y coche de alta gama.


Siempre te he querido. Decías que yo avanzaba y te dejaba atrás pero fuiste tú quien se alejó. Nos divorciamos porque tú dabas por hecho que me estorbabas, algo absolutamente incomprensible para mí. Acepté tu decisión.


Al notar que me evitabas, dejé de ir a los lugares que frecuentábamos para ahorrarte la incomodidad de hacer como que no me veías, de salir sin terminarte el café. Te echaba tanto de menos que a veces madrugaba para verte entrar en la fábrica a las siete de la mañana. Pero lo dejaste. Te empleaste en un pesquero. Ahora pasas meses lejos de aquí.


Y yo me he hecho amiga del farero. Me deja subir cuando zarpas y quedarme mirando tu barco hasta que desaparece por el horizonte.




Este relato participa en la convocatoria #relatosHorizonte de @divagacionistas.

lunes, 19 de febrero de 2018

Si esto se supiera...

- Pero... ¡qué sinvergüenza! No me había dado cuenta de lo que estaba haciendo. Me parecía sospechoso todo ese secretismo, ese tejemaneje. Ahora lo veo claro. Y qué bien lo ha tapado. Si no se me ocurre mirar estos papeles, no habría visto nada raro.

- Perdona que recurra a nuestra amistad pero tengo que contártelo extraoficialmente porque me juego el puesto, no puedo poner una denuncia. Ya sé que tú no te dedicas a temas de corrupción pero se lo podrías hacer llegar a algún compañero, ¿verdad? Sobre todo, que no salga mi nombre a relucir. Te paso fotocopias y, si necesitas más pruebas, ya veré cómo las consigo sin que sepan que he sido yo.

- Jefe, me llega esto de una fuente que necesita permanecer en el anonimato. Solo con el primer vistazo ya se nota que hay algo sucio. Me gustaría ponerme a investigarlo. Yo creo que de aquí sale por lo menos un reportaje a doble página. Míratelo y dime algo.

- Oye, me han pasado copias de unos documentos en los que parece haber indicios que os comprometen. Mira, yo sé que te debo mi puesto, que mi periódico depende de la publicidad que ponéis. He convencido al responsable del área y le ha dicho al redactor que esto es demasiado endeble y que se olvide porque nos jugamos una demanda. Pero tú tienes que hablar con tu jefe porque si sigue por ahí, habrá más preguntas, más interés y no podré volver a taparlo.

- Escuche, la prensa anda detrás de esto. Me ha costado mucho impedir que lo investiguen. De momento no se va a publicar nada pero ya ha saltado la liebre y quien sea que haya dado el chivatazo no va a mirar para otro lado. Vaya con cuidado. Si esto se supiera...


Este relato participa en la convocatoria #relatosSilencio de @divagacionistas

domingo, 11 de febrero de 2018

Crecer

No hay un día igual a otro y ese es uno de los alicientes de la vida. Nos permite confiar en que sumaremos experiencias, olvidaremos fracasos, conoceremos personas, volveremos a ver a las que nos importan... No hay peor sensación que la de que el futuro no traerá nada bueno, ni siquiera nada nuevo aunque sea malo.

Lo que vivimos construye por acumulación lo que somos. Hay capas enteras que no hubiéramos querido sumar, pero ahí están, tapando algunos rasgos, matizando otros, recubiertas finalmente por muchas más.

Uno de los privilegios de la edad es tener tanto que ver cuando miras hacia adentro, atravesando capas con la memoria. Si algún contrapeso tiene el saber que te quedan menos años por delante de los que dejaste atrás es contar con un inmenso almacén de experiencias, recuerdos y conocimientos.

Y seguir creciendo hasta el último suspiro.

Esta vez tampoco

Las madres de Mar y Jaime se habían conocido hacía un par de años y ambas pensaban que sus respectivos hijos se iban a caer de maravilla. Pero no iban al mismo colegio, no vivían en el mismo barrio... Carmen, la madre de Mar, invitó a Jaime al cumpleaños de su hija, una tarde de junio. Unos días antes Jaime se cayó jugando al baloncesto y tuvieron que operarle el tobillo.

"Ya os conoceréis en septiembre, en el cumpleaños de Jaime, al que quedas invitada", le dijo Teresa, la madre de él. Sin embargo, al padre de su hipotético amigo le ofreció su empresa un puesto directivo en Alicante y toda la familia se mudó a finales de agosto.

Al año siguiente les invitaron a pasar una semana allí en julio para disfrutar de la playa. Ella no pudo ir, ese verano estaba en Edimburgo estudiando inglés.

Terminaron el colegio y empezaron a estudiar sus respectivas carreras. Un día él la buscó en las redes sociales. Se hicieron amigos en Facebook y se siguieron mutuamente en Twitter. Ninguno de los dos era muy activo en esos foros, aunque sí pudieron seguirse un poco la pista en los años siguientes. Ella vio fotos de él en una escapada con amigos a Roma. Él vio las que puso ella de las bodas de plata de sus padres.

"Estas navidades vamos todos a Madrid a pasar unos días en casa de mis abuelos", le informó él. "Estaremos del 23 de diciembre al 2 de enero. Podríamos vernos un día." A ella le pareció una gran idea. "Perfecto, dime cuándo puedes quedar a tomar un café o algo". Él le propuso que se pasara por la casa de los abuelos el 26 por la tarde.

Mar le compró un pequeño regalo de navidad, un llavero con una tabla periódica que le pareció ideal para un químico próximo a graduarse. Cuando llamó al timbre, estaba un poco nerviosa.

Le abrió la puerta Teresa. Se alegró muchísimo de verla después de tantos años. ¡"¡Qué guapa estás! ¡y qué alta!" Mar le devolvió los elogios mientras atisbaba el interior.

"Jaime y su novia se han ido hace un rato, justo después de comer", le anunció en cuanto le cogió el abrigo. "A ella la han llamado del trabajo. Tenía vacaciones pero un compañero ha sufrido un accidente y le han pedido que las aplazara porque la necesitaban."

Los dedos de Mar apretaron con tanta fuerza el paquetito del llavero que se le pusieron blancos.

Selección

Que la memoria es selectiva lo sabemos de sobra. Que la de cada uno selecciona algo distinto, también. Una búsqueda imprecisa en google arroja resultados opuestos, como "Por qué recordamos más los buenos momentos" y "Por qué recordamos mejor los malos momentos". Para lo que quiero contar basta esta explicación sencilla: "La memoria es selectiva, por eso recordamos solo lo que es más significativo para nosotros" (fuente).

No hace mucho viví un maravilloso reencuentro de personas que pusimos en marcha un proyecto hace veinte años. Algunas nos hemos seguido viendo a diario este tiempo, de otras nos distanciamos. Es normal no recordar a todo el mundo: había grupos distintos, horarios distintos, trabajos distintos. Sin embargo, hubo momentos especiales que nos implicaron a todos y deberían haberse grabado en el recuerdo de todos.

Es lo que imaginaba yo. Pero me equivocaba. Entre anécdota y anécdota yo mencioné una actividad que llevamos a cabo durante dos días: sacamos nuestro trabajo a la calle. Decenas de personas estuvimos desarrollando nuestra labor habitual en una céntrica plaza de Madrid, con la gente mirando y haciéndonos preguntas. Yo recuerdo haber explicado decenas de veces lo que estaba haciendo a personas de todas las edades a quienes les había llamado la atención. Y recuerdo haber sentido la satisfacción de ver valorados mi trabajo cotidiano y el papel de mi empresa en la sociedad.

Los compañeros con los que he comentado ahora este recuerdo no lo tenían en su memoria. Unos, porque no participaron directamente; otros porque, a pesar de haberlo hecho, lo han olvidado. Me siento como si tuviera una joya y los demás la consideraran bisutería. Y no sé si podré disfrutar tanto del recuerdo si no tengo a nadie con quien compartir el entusiasmo.

Esperando el momento

Estrictamente hablando, nunca fuimos infieles. Solo estuvimos juntos cuando ninguno de los dos estaba con otra persona. Dónde anduvieran nuestros pensamientos era solo asunto nuestro.

Vivíamos en ciudades distintas. Fue el trabajo lo que nos puso en contacto. Intercambiamos una serie de correos en los que el tono pasó de formal a cálidamente amistoso. Cuando nos conocimos en persona, él salía con una chica. No le hicieron falta más explicaciones. El contacto físico se limitó a un apretón de manos. Pero nos palpamos con la mirada.

En nuestro siguiente encuentro él ya no tenía pareja. Pasamos un fin de semana intenso. Luego se despidió: la empresa le había encargado poner en marcha una oficina en otro país. En teoría era cuestión de seis u ocho meses.

Tardamos año y medio en volver a coincidir. Entonces era yo quien tenía una relación. Su saludo iba a ser efusivo pero se dio cuenta de que aquel chico me tenía cogida de la mano y todo quedó en un "te he echado de menos".

Cuando aquella historia acabó, fui a verle. Después de una noche de recuperar el tiempo perdido, me contó que le había propuesto vivir juntos a la chica con la que le vi la primera vez. Ella se lo estaba pensando. Poco después le dijo que sí y yo volví a casa.

El verano siguiente conocí la noticia: un infarto le había llevado al hospital. Yo estaba de vacaciones al otro lado del mundo y no pude ir a verle. Parecía que se recuperaba pero murió a los pocos días.

Dos semanas más tarde recibí un paquete certificado. Lo remitía un amigo común. Él le había dejado encargado que me hiciera llegar una cajita. Dentro, un anillo y una nota. "Lo compré para ti hace mucho tiempo. Estaba esperando el momento."
   
Saqué el anillo y me lo colgué del cuello, en la cadenita de donde pendía el que yo había comprado para él.

lunes, 15 de enero de 2018

Reincidencia

- Tienes una infidelidad patológica.

-  No, cariño, simplemente tengo una mentalidad más moderna que la tuya. Tú eres de los que se aferran a algo y no lo sueltan. Odias que te saquen de la rutina. ¡Caramba, Julián, si hasta te cuesta cambiar el cepillo de dientes! Un psicólogo te diría que claramente le tienes fobia al cambio

- No me vengas con esas. Tú le tienes fobia al compromiso.

- Estoy intentando hacerte ver las cosas como las veo yo. Intenta comprenderme. Por un lado, la vida no tiene por qué darte lo mejor a la primera. Y si te has equivocado no hay que resignarse sino seguir buscando. Por otra parte, no somos iguales a los veinticinco que a los cuarenta. La experiencia nos va haciendo ver con más claridad lo que nos gusta, lo que nos conviene. Empiezas algo con ilusión pero se convierte en decepción. No puedes comprometerte para toda la eternidad cuando tu propio cerebro va cambiando para adaptarse a las circunstancias, para amoldarse.

- Todo lo que quieras, pero llevamos casados siete años y hemos cambiado tres veces de compañía de teléfono, dos de compañía eléctrica, otras tres de banco y ¡cuatro, María, cuatro de médico de atención primaria!, ¡que en el centro de salud ya me dicen que si voy a por el pleno me quedan solo ocho facultativos por probar!


Con este relato participo en la convocatoria #relatosInfidelidad de "@divagacionistas

lunes, 18 de diciembre de 2017

Curso de verano

"Esta es su acreditación. Con ella podrá acceder al recinto y al aula del curso en que está inscrita. Se la escanearán al llegar para el control de asistencia. Llévela siempre visible. Podrá entrar al comedor de la planta baja pasándola por el lector. También sirve como llave de su habitación en la residencia que le ha sido asignada. Por favor, no la pierda."

Desayunar, comer, dormir, entrar en aquel palacete... cuántas cosas concentradas en ese pedacito de plástico con su nombre y apellidos colgado de su cuello. A lo largo de la semana fue pasando la tarjeta por un lector tras otro. En su curso la mayoría de los alumnos eran de su edad pero había cuatro o cinco mayores, algunos tendrían la edad de sus padres. El último día, bostezando por la falta de sueño después de haber salido de juerga con otros estudiantes la noche anterior, decidió que necesitaba más un café que escuchar la segunda charla de la mañana. En la cafetería se sentó frente a un compañero de curso, uno que le sacaba a ella por lo menos veinticinco años. Se saludaron. Él se quedó mirando su acreditación.

- ¿Te llamas Teresa Maldonado Rubio?

- Pues sí, repuso preguntándose qué tenía de raro su nombre.

- ¿Estudiaste en el Instituto Beatriz Galindo de Madrid?

- Sí, ¿cómo lo sabe?

- Estuviste en clase con mi hija, Alicia Sáenz Rodríguez, ¿verdad?

- Sí, claro. No la he vuelto a ver desde que terminamos el instituto. ¿Qué está estudiando? Decía que iba a hacer Derecho.

- Alicia murió hace seis meses. Una leucemia. Fue todo muy rápido. Pero le dio tiempo a hacerse a la idea y despedirse de la gente a la que quería. Menos de ti. El teléfono que tenía tuyo estaba mal...

- Ay, sí, lo cambié ya hace unos años. Lo siento muchísimo, de verdad, muchísimo. Qué injusta es la vida, con lo alegre que era y lo mucho que lo disfrutaba todo...

- Quería devolverte un libro que le prestaste. Sabía que le tenías cariño porque te lo regaló tu abuelo cuando sacaste todo sobresalientes. Todavía lo tengo en casa, con tu nombre escrito y la dedicatoria de tu abuelo. Ahora te lo podré devolver de su parte. De todo lo que me pidió que hiciera era lo único que me faltaba por cumplir.

Se levantó y la abrazó.



Con este relato participo en la convocatoria #relatosTarjetas de @divagacionistas

lunes, 20 de noviembre de 2017

Memoria

Miré mi hombro izquierdo. Aquel vestido tenía en las hombreras unas pequeñas flores hechas de cinta enrollada. Adiviné que eran lo que hacía aquel bulto bajo la rebeca. Una flor igual estaba cosida en una pinza de acero de bordes mal pulidos. Cuando mi madre me la prendió en el pelo, noté un ligero arañazo en el cuero cabelludo. Es mi primer recuerdo. Tenía entonces poco más de un año.

Poco después nació mi hermano Pablo. Al asomarme entre los barrotes de la cuna que había sido de mi hermano mayor, mía y ahora suya, no me cabía la cara, solo el brazo. Es la primera sensación frustrante que recuerdo.

En casa había una habitación pequeña. Fue, siempre compartido, mi dormitorio. Aunque hicimos obras y esa habitación desapareció, creo que es con la que más veces he soñado y sigo soñando.

La cama de mis padres se volvía comunitaria en días festivos. En una época tuvo una colcha blanca y naranja, con un dibujo floreado en relieve. El reverso era como el negativo del anverso. Todos la han olvidado.

A los seis años unas niñas en clase me quitaron la silla cuando iba a sentarme. Aterricé en el suelo tras chocar de morros contra el borde del pupitre. Conservo una diminuta cicatriz entre la nariz y el labio superior.

El día de mi séptimo cumpleaños mis padres se fueron precipitadamente de casa dejándonos con mi abuela. Me dolió hasta que volvieron con mi hermanito recién nacido. Yo quería una niña para equilibrar la cuenta pero desde el momento en que lo cogí en brazos, lo adoré.

Con once años dibujé, corté y pinté en una tabla de madera la figura del perro Snoopy sobre su caseta. Me sentí orgullosa. Después de la exposición de fin de curso, la profesora, la señorita Genoveva, me dijo que se había perdido. Luego lo vi por la ventanilla en una sala cerrada y a oscuras. Aprendí que los adultos mienten por motivos despreciables.

Ya en mi otro colegio, quise ir a un viaje con mis compañeros de clase. En casa no había dinero para eso. Mi padre me lo explicó pero yo seguía llorando. Su forma de consolarme fue contarme secretos de su juventud. Nunca lo valoré tanto como ahora que ya no está.

La huella de todos estos instantes en mi memoria nunca se ha borrado ni se borrará. ¿Por qué estos y no otros? ¡Ah...!





Con estos recuerdos participo en la convocatoria #relatosHuellas de @Divagacionistas

lunes, 16 de octubre de 2017

¿Has visto qué luna?

Sus padres volvieron a Madrid trabajar y la dejaron a ella en el pueblo con los abuelos hasta que empezara el colegio. Se lo pasó bien mientras hubo chicos y chicas de su edad pero los últimos días se aburrió terriblemente. Ni siquiera tenía su telescopio, se lo habían llevado sus padres en el coche con casi todo su equipaje. Y ese jueves había una luna llena espectacular, ay.

En los bancos de la placita estaba su abuela con otras señoras mayores. "¿Habéis visto qué luna?", les preguntó. "Luna llena, seguro que la pequeña de la Milagros se pone de parto esta noche", sentenció Carmela, la panadera. "En realidad..." empezó a replicar pero optó por callarse. Se acercó a la mesa donde su abuelo jugaba al mus con otros tres hombres. Habían parado un momento mientras el boticario iba a orinar, que "con la próstata" ya no aguantaba. "¿Habéis visto qué luna?", dijo señalándola. "Mi nieto me ha contado que nunca subió nadie allí, que los americanos nos engañaron, era una película", tronó Fermín, jubilado tras muchos años con el camión.

Les pidió a sus padres volver a Madrid el viernes en lugar del domingo. Llamó a Sara, su mejor amiga, para salir a dar una vuelta. "Tendré que ir con mi primo, lo siento. Es un rollo de tío pero está estos días en casa y mis padres me obligan a llevármelo", se disculpó la amiga. Rollo o no, el primo resultó ser guapísimo, lo cual, dada su timidez, la hizo enmudecer. Durante un buen rato pensó en qué decir. Sara llevaba la voz cantante, así que no pudo saber qué cosas le interesaban a él. Anochecía. La luna asomó entre los altos edificios. Decidió arriesgarse.

"¿Has visto qué luna?", le espetó mirándole a los ojos. "¿El qué?", murmuró él como sin comprender. "La luna. Está preciosa", insistió señalándola. Dudó si mencionar que tenía un telescopio...

"Ah, la luna, buah", dijo él por fin sin mirar siquiera.

Esa noche, por teléfono, Sara se disculpó de nuevo por la presencia de su primo.

"Tenías razón, es un rollo de tío", reconoció ella con tristeza.


Con este relato participo en la convocatoria #relatosLuna de @Divagacionistas
 

lunes, 11 de septiembre de 2017

Apurando

El curso había finalizado, había acabado la comida posterior, terminaban la sobremesa, las despedidas y la gente empezaba a dispersarse.

Quedaban varias horas para que saliera mi avión. Tenía el billete para el último del día, el que despegaría ya anochecido. Pensé que estaría bien disponer de unas horas para pasear por la ciudad, que apenas había podido conocer en esos tres días. Había dejado la maleta en recepción y llevaba en la mochila todo lo que podía necesitar. La llovizna de la mañana había dado paso a un sol radiante. Con el móvil en la mano por si me animaba a sacar fotos, decidí empezar yendo hacia la playa.


Fue un largo paseo. Tenía tiempo, ganas, libertad para ir improvisando el trayecto y el ritmo. Me sentí feliz hasta que a la sensación de ser dueña de mi vida se fue imponiendo otra. Las calles se habían vaciado: la gente había vuelto al trabajo o a casa y yo no podía hacerlo, aún no.


Siempre apuro mucho, quizá demasiado, me dije recordando aquella noche que pasé yo sola en la habitación de hotel donde había estado con mi pareja. Él se tuvo que marchar y no comprendió por qué en lugar de irnos a la vez yo decidí quedarme hasta el día siguiente.


Aunque me inquiete, aunque a veces termine angustiándome, me gusta caminar sola por lugares desconocidos. ¿Preferiría hacerlo acompañada? Quizá sí, no lo sé. Pero necesito sentirme autónoma, autosuficiente, libre. Y puedo hacer estas cosas sin peligro porque tengo un lugar al que volver.




Con este relato participo en la convocatoria #relatosRegreso de @divagacionistas

jueves, 17 de agosto de 2017

Críticas

A todos nos importa la opinión ajena, quizá no la de cualquier persona pero sí la de algunas, generalmente la de aquellas a quienes admiramos, queremos y/o necesitamos por algún motivo: nuestra pareja, nuestros amigos, nuestro jefe...

Si ya es una experiencia desagradable constatar que alguien de ese reducido grupo tiene sobre ti una mala opinión, lo será más cuanto menos se corresponda esa imagen con la que tenemos de nosotros mismos. A quien se tiene por sincero le duele más que lo consideren mentiroso que antipático, por ejemplo. Hablo, claro está, de quienes nos juzgan desde el cariño, sin mala intención, sin ser deliberadamente injustos.

La reacción más natural ante una crítica incongruente con nuestra percepción de cómo somos es rechazarla, negarle objetividad y verosimilitud. Sin embargo, es precisamente a esas críticas incomprensibles a las que más atención deberíamos prestar porque no ha habido alerta previa, nadie nos había reprochado nada semejante hasta entonces; al revés, creíamos tener como virtud precisamente lo contrario de lo que nos atribuyen.

Tendemos a vernos con los mejores ojos. Sí, hasta quienes se consideran autocríticos son más indulgentes consigo mismos que con los demás, ya sabéis, todos vemos mejor la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. Si tenemos un concepto de nosotros con el que hemos llegado a sentirnos cómodos, evitaremos lo que amenace esa estabilidad. Es muy difícil hacer frente a lo que nos descuadra.

Quizá por eso solo quienes nos quieren se atreverán a hacernos notar algo que va a trastornarnos profundamente. Si superamos el shock, podremos identificar las raíces de ese defecto que nos achacan y descubrir por qué nos había pasado inadvertido. Y querremos mantener cerca a esa persona, nuestro mejor anclaje a la realidad.

lunes, 19 de junio de 2017

Frío

Hace cuarenta grados en la calle y en este salón de actos tienen la temperatura a dieciocho o menos. Qué maldita manía la de ajustar el termostato del aire acondicionado pensando en los tipos con chaqueta y no en la vestimenta que cualquier ser humano normal lleva en un día como este.

Qué rabia haberme dejado el chal en el coche. Y menuda tontería haberme puesto en primera fila: no puedo salir sin dar el cante. Y menos ahora que está hablando mi jefe.

Si me aplasto más contra el sillón, me salgo por el respaldo. No sé qué hacer para no notar tanto el aire polar este. Vale que en la espalda no me da, pero los brazos los tengo helados.

Estoy empezando a tiritar. El compañero que tengo al lado me mira por el rabillo del ojo desde hace rato. El muy capullo lleva traje. Y camisa de manga larga. Le odio.

El capullo se acaba de quitar la chaqueta y me la ha ofrecido. Aunque no lo conozco más que de vista porque trabaja en otro departamento, la he aceptado en seguida. Espero descongelarme en unos minutos.

Me ha mirado un par de veces abiertamente y me ha sonreído. Le he devuelto la sonrisa. Ahora recuerdo que coincidimos en una reunión no hace mucho. Es guapo.

El bolsillo ha empezado a vibrar y me he puesto nerviosa. Él ha alargado la mano, ha sacado de allí su móvil, lo ha mirado, lo ha apagado y ha vuelto a dejarlo donde estaba. Y ha dejado la mano también.

Voy a meter la mano en el mismo bolsillo.




Con esta entrada participo en los #relatosBolsillos convocados por Divagacionistas

lunes, 15 de mayo de 2017

Un centímetro

Había hecho maletas mil veces. Había recorrido cientos de miles de kilómetros en sucesivos coches. Conocía centenares de hoteles. Le gustaba tener un trabajo que implicara ir por todo el país y por los limítrofes. Relacionarse con gente de tantos lugares distintos. Escuchar su idioma hablado con tantos acentos diferentes. El relato de su vida era la crónica de sus viajes. Y cuando pensaba en ello, se sentía feliz.

Estaba oyendo a su madre andar arriba y abajo, nerviosa. La oía hablar por teléfono y en su tono de voz notaba su preocupación. Pero no sabía bien si podría hacer algo para tranquilizarla.

Esta vez no era cuestión de kilómetros. Un centímetro sería suficiente. Si es que era capaz. Pensó en ello largamente, concentrándose. No le faltaba decisión, le faltaba llevarlo a la práctica. Sabía que era importante; más aún, que era esencial. Lo hizo mentalmente. En su imaginación no costaba ningún esfuerzo. Pero la realidad era muy distinta.

Se dio ánimos, se convenció de que iba a hacerlo. Solo era un centímetro. No podía ser tan difícil.

- ¡Ha abierto los ojos!

Su madre se lanzó hacia la cama. La enfermera se acercó a mirar y avisó al médico.

Lo siguiente sería más difícil que mover los párpados. Pero ahora sabía que sería capaz.


Esta entrada participa en la iniciativa de #relatosDistancia de @divagacionistas

lunes, 17 de abril de 2017

La llave

Fue algo tan lento, tan sutil al principio, que ella tardó mucho en darse cuenta.

Primero dejó de hablar de fútbol. Seguían viendo los partidos juntos, pero el resto de la semana era como si hubiesen dejado de importar la clasificación, las lesiones o el penalti injusto.

Luego fue el trabajo. Los compañeros dejaron de casarse, de tener hijos, de comprarse coches. Poco a poco fueron desvaneciéndose los clientes exigentes, los importantes y finalmente, todos. Tampoco le preguntaba por el suyo, se limitaba a escuchar lo que ella decía.

Pronto se fueron reduciendo las alusiones a los amigos. Aunque salían con ellos, después no había comentarios. Dejó de hablar asimismo de lo que hubieran cenado y, con el tiempo, desapareció toda referencia a la comida.

Ella se alarmó al darse cuenta de que había dejado de mencionar cualquier cosa sobre su salud. No había ningún "me duele la cabeza" o "tengo cita con el oculista". Y entonces fue consciente de que tampoco hablaba de la salud de ella.

Asustada, constató que ese día apenas habían salido de su boca dos docenas de frases. Quiso hablar de ello con él, pero sus palabras se convirtieron en monosílabos.

El día en que le dijo "buenas noches" y él se limitó a darle un beso, le entró el pánico. ¿Había dejado de hablar para siempre?

Incapaz de dormir, se levantó a andar por la casa. De pronto oyó un ruido en el despacho. Al entrar, notó un temblor en el cajón de la mesa. Cogió la llave del tarro de los lápices, la hizo girar en la cerradura y, con precaución, tiró del asidor.

Un vendaval de palabras la arrojó al suelo. La cubrieron hasta casi ahogarla. Luego, lentamente, se fueron evaporando. Su marido asomó la cabeza y, con cara de alivio, le preguntó:

- ¿Dónde estaba esa llave?

(La llave está donde ya sabéis, en el mismo sitio que la moraleja de esta historia)


Este relato participa en la convocatoria #relatosCerraduras de @divagacionistas

lunes, 20 de marzo de 2017

La radio

Empezó a estudiar periodismo con los ánimos un poco bajos por su fracaso sentimental de aquel verano. Había conocido a dos chicos en su lugar de vacaciones: uno era dulce, algo feúcho y bastante tímido; el otro, atractivo, seguro de sí mismo, el líder de su grupo de amigos. Salió con los dos pero, deslumbrada por el carisma del segundo y por la sensación de éxito que le dio el poder ligárselo, había dicho adiós al primero. Resultó que el elegido también la trataba a ella como a un trofeo y se encontró echando de menos la ternura, la inteligencia, las atenciones del otro. Rompió dos corazones ese verano, y uno fue el suyo propio.

Descubrió un programa de una radio local los viernes por la noche. "El rincón romántico", se llamaba. Emitía, claro, canciones románticas, enlazadas por versos y frases sentimentales que pronunciaba entre suspiros una voz masculina digna de doblar al más guapo de los actores. Llamaban y entraban en directo para pedir canciones chicas evidentemente enamoradas a las que él trataba con una amabilidad algo distante. Tardó seis meses en atreverse a mandarle un correo. La excusa fue estar interesada por las radios locales, y la petición, ir a la emisora para ver en directo el programa y hacerle preguntas sobre él.

Le abrió la puerta un hombre de treinta y tantos años, desaliñado, despeinado, con el atractivo de un cubo de basura. "Tengo al niño enfermo, se ha pasado el día vomitando, y mi mujer ha llegado del trabajo tardísimo; estoy agotado", fue su saludo. Era él. Estaba solo, el técnico de sonido había ido a por un bocadillo mientras se emitía el programa grabado que le precedía. Le enseñó las diminutas instalaciones, le resumió su decepcionante carrera profesional... La trataba como a una colega.

"No es el programa de mis sueños pero parece que tiene éxito", murmuró entre sorbos de café. "Lo más pesado son todas esas chiquillas que llaman como si yo fuera un experto en amores y pudiera solucionarles sus problemas sentimentales. Creo que incluso hay alguna colgada de mí. Las adolescentes son un público exigente pero muy valioso para esta cadena porque interesan a los anunciantes. Por eso intento tratarlas bien en vez de decirles que espabilen, que es lo que me pide el cuerpo."

Suspiró y empezó a explicarle cómo hacía los guiones. Ni se dio cuenta de las lágrimas que se habían quedado atrapadas en las pestañas de ella.



Con esta entrada participo en los #relatosDecepción que convoca @Divagacionistas

lunes, 20 de febrero de 2017

¿Dónde estás?

Todos los demás iban a ir en avión pero él vivía en una ciudad sin aeropuerto y ella decidió hacer el viaje en tren y encontrarse con él a medio camino. Llegarían con unos minutos de diferencia y tendrían media hora más para cambiar de andén y subirse al AVE que los llevaría al destino final donde se reunirían con el resto del grupo.

Sería la primera vez que se vieran en persona. Tenían amigos comunes que los habían puesto en contacto unos meses antes, cuando él necesitó una colaboración para un trabajo. Habían intercambiado correos. Luego él le pidió su número de teléfono para aclarar algo, después ella le mandó un whatsapp para comentar una cosa...

- Ya estoy en la estación, escribió ella.
- Llegando, fue la respuesta lacónica de él.

En lugar de acercarse a la entrada, fue hacia el control de billetes del tren que debían coger juntos. Los pasajeros iban pasando en fila, mostrando el papel o la pantalla del móvil. Al cabo de veinte minutos solo quedaba ella.

- ¿Dónde estás?, tecleó nerviosa.
- En seguida llego, contestó él.

Cuando faltaban cuatro minutos para que saliera el AVE, enseñó su billete y pasó. Se dirigió a su vagón, volviendo la cabeza constantemente por si veía venir a alguien corriendo. De pie ante la puerta, con la maleta en el escalón más alto, mandó otro mensaje.

- El tren se va ya, ¡corre!

Esta vez no hubo respuesta. Sonó un silbato y un joven de uniforme la instó a subir.

Mientras subía la maleta al portaequipajes, su móvil dejó oír un pitido. Leyó.

- Llevas un jersey precioso.

Era él. Miró a su alrededor pero nadie estaba mirádola a ella. A través de la ventana, el andén seguía vacío.



Escrito para los #relatosTrenes de @Divagacionistas

lunes, 23 de enero de 2017

Atrás

Faltaba un minuto para la medianoche.

Había sido un mal día. Le hubiera gustado poder borrarlo de la existencia o, al menos, de su memoria. Borrar unas palabras que no tendrían que haberse dicho debería ser tan fácil como darle a la tecla de retroceso en el ordenador. Y borrar la sensación de equivocarse constantemente, ya de paso.

Había sido una mala semana. Ojalá fuera posible destejer el tiempo como Penélope el sudario y encontrarse de nuevo ahí atrás, justo antes de haber hecho algo irreparable. Una especie de correa de seguridad para no precipitarse al vacío cuando se da un mal paso.

No había sido un buen año. Qué lástima que no existieran los viajes en el tiempo. Intentaría recordar cuándo cometió el primer gran error. Porque no, no se suele aprender de los errores a no cometer de nuevo otros iguales. Somos capaces de dejar de ver, a fuerza de costumbre, hasta las cicatrices de los fallos monumentales.

No estaba siendo una buena vida. Pero no podía ir por su pasado borrando cada mala elección, evitando cada arrepentimiento, recuperando cada oportunidad perdida. Y no quería ejercer de censor de su propia estupidez. Solo dejar de derrocharla con tanta generosidad.

Dieron las doce.


Con este relato participo en la convocatoria #relatosTiempo de Divagacionistas

lunes, 9 de enero de 2017

Doubles

Aprendí de mis hermanos a quitar las chapas de las botellas despacito, levantando un poquito de un lado, luego de otro, de forma que la parte plana no se doblara y la circunferencia dentada no se deformara. Aprendí a dejar caer gotitas de cera de las velas de cumpleaños en el fondo para darles más peso. A recortar fotos de los cromos de ciclistas. A hacer circuitos pasando las dos manos estiradas por la tierra, dedos frente a dedos, dejando un montoncito a cada lado como barrera. A hacer un gua y jugar a las canicas también me enseñaron; puntería tenía la justita.

Sabía dibujar y recortar figuras de soldados de época en cartón duro, dejando una base para formar tres pestañas con las que se mantuvieran en pie; y lanzar bolas de acero que no sé de dónde salieron para hacer caer los del enemigo al otro lado del pasillo; y dibujar medallas a los heridos, a los que no caían pese a los bolazos.

Con una tiza pintaba en la terraza de casa de mis padres el típico avión para saltar. Pero sin duda, lo más divertido de mi infancia fue otro tipo de saltos.

Como de pequeña solo tenía hermanos -mi hermana tardó más de diez años en llegar-, no supe lo que era jugar a la comba hasta que empecé a ir al colegio. Las chicas jugábamos a algunas cosas con los chicos -al escondite, a tú la llevas, al balón prisionero- pero a la comba ellos no querían. Era nuestra especialidad. Saltábamos de frente y de espaldas, entrábamos y salíamos al ritmo que marcaban las que daban, nos metíamos cinco o seis en la cuerda...

El momento mágico fue cuando aprendí a saltar dobles. Lo escribíamos en francés, doubles, y lo pronunciábamos "dubles", no sé por qué pues el mío era un colegio irlandés. Consistía en mantenerse en el aire el tiempo suficiente para que la cuerda diera dos vueltas. No se podía saltar demasiado alto porque la misma cuerda podía darte en la cabeza. El truco era doblar un poco más las rodillas para caer unas décimas de segundo más tarde. Era como quedarse suspendida en el aire, como un salto ralentizado. Llegué a ser una de las mejores, no solo saltando sino también dando. Dar tenía su secreto: hacías girar la cuerda rapidísimo dos veces y luego la frenabas ligeramente mientras la saltadora tocaba el suelo para volver a darse impulso.

Os prometo que si ahora mismo aparecieran dos de aquellas chicas con una comba y me retaran a llegar a cien doubles, lo haría aunque con ello terminara de machacarme las rodillas.

Con este relato participo en la convocatoria #relatosJuguetes de Divagacionistas

lunes, 12 de diciembre de 2016

Algo que los demás no saben

Siendo yo niña, mi padre dibujaba decorados que tenían aroma a gouache o acuarela. Luego, cuando se construían para grabar en ellos programas o series de televisión, olían a serrín y a pintura. A piedra no. Las piedras eran de pega, poliestireno con la superficie rascada y teñida de gris. Las casas eran una simple fachada de madera apuntalada por detrás. Los interiores que se veían por las ventanas, forillos de tela pintada. Todo era ilusión. Para un niño era como ver revelado un truco de magia. Cada vez que he vuelto a oler esa combinación de serrín y pintura desde entonces, sonrío como si supiera algo que los demás no saben.

Mi infancia tuvo otros olores, aunque a alguno tardé mucho tiempo en ponerle su nombre real. A los diecisiete años me fui unas semanas en verano a Barcelona, a casa de una amiga. Era la primera vez que estaba allí. Una madrugada, entrando en el portal, me quedé atónita.

- Aquí huele a cementerio, le dije a mi amiga.
- Tú estás mal.

Yo lo que estaba era desconcertada. ¿Por qué identificaba aquel olor con uno de esos lugares donde, además, nunca había entrado? Tardé en descubrirlo. El origen de esa idea absurda estaba en una noche que pasamos mis hermanos y yo de niños en casa de unos primos. En aquella época ellos vivían cerca de un cementerio. Nos contaron historias de miedo, gente atrapada, muertos que se levantan... Creo que el olor que entraba en ese momento por la ventana venía de una panadería que había abajo. La masa de pan fermentando quedó asociada al camposanto en mi cerebro impresionable.

Recuerdo el olor de un compañero de colegio porque era el único que llevaba colonia de marca (Loewe). Recuerdo el olor de un baúl que mis abuelos dejaron en nuestra casa cuando emigraron porque dentro había cosas de las que maravillan a una niña, como un juego de té que más me valía no tocar. Recuerdo el exquisito aroma a fino y a vino dulce en las calles cercanas a las bodegas en El Puerto de Santa María. Recuerdo el olor de mi padre y hasta lo vuelvo a percibir cuando sueño con él, aunque haga más de cinco años que ya no está.

Mi propio olor, ese del que apenas soy consciente, fue una vez fetiche de alguien, alguien que me pidió que me pusiera su camisa para guardarlo en ella cuando nos despidiéramos. Fue hace tiempo y seguramente la habrá lavado muchas veces desde entonces, pero algo de mí seguro que sigue enredado en alguna costura o bajo los botones de los puños...


Con este relato participo en la convocatoria #relatosOlores de @Divagacionistas