Tenía miedo de equivocarse.
Tranquilo, se decía a sí mismo. Pero algo le hacía dudar, algo que le provocaba un pellizco en el estómago.
Era una tarea que ya dominaba, o eso pensaba. Sabía bien cómo hacerla. Tenía bastante práctica, después de meses, de años. No es que lo hiciera a la perfección, pero, vaya, se le daba bien. Eso era, al menos, lo que le decían los demás.
Suspiró.
No era para tanto. Todo el mundo había pasado por aquel momento de inseguridad, ¿no? Y todo el mundo lo había superado. Para todo hay primeras veces, se decía.
¿Y qué era lo peor que podía pasar? Estropearlo todo. Era algo que no se podía repetir. Había que hacerlo bien a la primera.
Sentía la responsabilidad pesando sobre su mano, sobre sus dedos. Los movió para desentumecerlos. Pero sabía que el problema no estaba ahí. Es el cerebro el que da las órdenes.
Vamos, venga, no es para tanto, seguro que puedes, se repitió.
- ¿Has escrito ya la dedicatoria, hijo? Date prisa, que tu padre está al llegar.
- ¿No puedo escribirla a lápiz, mamá?
- No, hombre, que se puede borrar. Venga, coge el bolígrafo.
- Nunca he escrito con boli. En el cole lo hacemos todo a lápiz y si nos equivocamos, tenemos la goma para arreglarlo.
- No te vas a equivocar, anda, escribe.
Asió cuidadosamente el bolígrafo y escribió: Feliz cumpleaños, papá. Juanjo.
Lo repasó. No se había equivocado.
- Muy bien, cariño. Y el boli también se borra. Tengo típex. No hay que preocuparse por cosas sin importancia.
Miró el bolígrafo y, en vez de temor, ahora sintió poder.
Esta entrada participa en la convocatoria #relatosResponsabilidad de @divagacionistas.


