domingo, 11 de febrero de 2018

Esperando el momento

Estrictamente hablando, nunca fuimos infieles. Solo estuvimos juntos cuando ninguno de los dos estaba con otra persona. Dónde anduvieran nuestros pensamientos era solo asunto nuestro.

Vivíamos en ciudades distintas. Fue el trabajo lo que nos puso en contacto. Intercambiamos una serie de correos en los que el tono pasó de formal a cálidamente amistoso. Cuando nos conocimos en persona, él salía con una chica. No le hicieron falta más explicaciones. El contacto físico se limitó a un apretón de manos. Pero nos palpamos con la mirada.

En nuestro siguiente encuentro él ya no tenía pareja. Pasamos un fin de semana intenso. Luego se despidió: la empresa le había encargado poner en marcha una oficina en otro país. En teoría era cuestión de seis u ocho meses.

Tardamos año y medio en volver a coincidir. Entonces era yo quien tenía una relación. Su saludo iba a ser efusivo pero se dio cuenta de que aquel chico me tenía cogida de la mano y todo quedó en un "te he echado de menos".

Cuando aquella historia acabó, fui a verle. Después de una noche de recuperar el tiempo perdido, me contó que le había propuesto vivir juntos a la chica con la que le vi la primera vez. Ella se lo estaba pensando. Poco después le dijo que sí y yo volví a casa.

El verano siguiente conocí la noticia: un infarto le había llevado al hospital. Yo estaba de vacaciones al otro lado del mundo y no pude ir a verle. Parecía que se recuperaba pero murió a los pocos días.

Dos semanas más tarde recibí un paquete certificado. Lo remitía un amigo común. Él le había dejado encargado que me hiciera llegar una cajita. Dentro, un anillo y una nota. "Lo compré para ti hace mucho tiempo. Estaba esperando el momento."
   
Saqué el anillo y me lo colgué del cuello, en la cadenita de donde pendía el que yo había comprado para él.

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