Sus padres volvieron a Madrid trabajar y la dejaron a ella en el pueblo con los abuelos hasta que empezara el colegio. Se lo pasó bien mientras hubo chicos y chicas de su edad pero los últimos días se aburrió terriblemente. Ni siquiera tenía su telescopio, se lo habían llevado sus padres en el coche con casi todo su equipaje. Y ese jueves había una luna llena espectacular, ay.
En los bancos de la placita estaba su abuela con otras señoras mayores. "¿Habéis visto qué luna?", les preguntó. "Luna llena, seguro que la pequeña de la Milagros se pone de parto esta noche", sentenció Carmela, la panadera. "En realidad..." empezó a replicar pero optó por callarse. Se acercó a la mesa donde su abuelo jugaba al mus con otros tres hombres. Habían parado un momento mientras el boticario iba a orinar, que "con la próstata" ya no aguantaba. "¿Habéis visto qué luna?", dijo señalándola. "Mi nieto me ha contado que nunca subió nadie allí, que los americanos nos engañaron, era una película", tronó Fermín, jubilado tras muchos años con el camión.
Les pidió a sus padres volver a Madrid el viernes en lugar del domingo. Llamó a Sara, su mejor amiga, para salir a dar una vuelta. "Tendré que ir con mi primo, lo siento. Es un rollo de tío pero está estos días en casa y mis padres me obligan a llevármelo", se disculpó la amiga. Rollo o no, el primo resultó ser guapísimo, lo cual, dada su timidez, la hizo enmudecer. Durante un buen rato pensó en qué decir. Sara llevaba la voz cantante, así que no pudo saber qué cosas le interesaban a él. Anochecía. La luna asomó entre los altos edificios. Decidió arriesgarse.
"¿Has visto qué luna?", le espetó mirándole a los ojos. "¿El qué?", murmuró él como sin comprender. "La luna. Está preciosa", insistió señalándola. Dudó si mencionar que tenía un telescopio...
"Ah, la luna, buah", dijo él por fin sin mirar siquiera.
Esa noche, por teléfono, Sara se disculpó de nuevo por la presencia de su primo.
"Tenías razón, es un rollo de tío", reconoció ella con tristeza.
Con este relato participo en la convocatoria #relatosLuna de @Divagacionistas
lunes, 16 de octubre de 2017
lunes, 11 de septiembre de 2017
Apurando
El curso había finalizado, había acabado la comida posterior, terminaban la sobremesa, las despedidas y la gente empezaba a dispersarse.
Quedaban varias horas para que saliera mi avión. Tenía el billete para el último del día, el que despegaría ya anochecido. Pensé que estaría bien disponer de unas horas para pasear por la ciudad, que apenas había podido conocer en esos tres días. Había dejado la maleta en recepción y llevaba en la mochila todo lo que podía necesitar. La llovizna de la mañana había dado paso a un sol radiante. Con el móvil en la mano por si me animaba a sacar fotos, decidí empezar yendo hacia la playa.
Fue un largo paseo. Tenía tiempo, ganas, libertad para ir improvisando el trayecto y el ritmo. Me sentí feliz hasta que a la sensación de ser dueña de mi vida se fue imponiendo otra. Las calles se habían vaciado: la gente había vuelto al trabajo o a casa y yo no podía hacerlo, aún no.
Siempre apuro mucho, quizá demasiado, me dije recordando aquella noche que pasé yo sola en la habitación de hotel donde había estado con mi pareja. Él se tuvo que marchar y no comprendió por qué en lugar de irnos a la vez yo decidí quedarme hasta el día siguiente.
Aunque me inquiete, aunque a veces termine angustiándome, me gusta caminar sola por lugares desconocidos. ¿Preferiría hacerlo acompañada? Quizá sí, no lo sé. Pero necesito sentirme autónoma, autosuficiente, libre. Y puedo hacer estas cosas sin peligro porque tengo un lugar al que volver.
Con este relato participo en la convocatoria #relatosRegreso de @divagacionistas
Quedaban varias horas para que saliera mi avión. Tenía el billete para el último del día, el que despegaría ya anochecido. Pensé que estaría bien disponer de unas horas para pasear por la ciudad, que apenas había podido conocer en esos tres días. Había dejado la maleta en recepción y llevaba en la mochila todo lo que podía necesitar. La llovizna de la mañana había dado paso a un sol radiante. Con el móvil en la mano por si me animaba a sacar fotos, decidí empezar yendo hacia la playa.
Fue un largo paseo. Tenía tiempo, ganas, libertad para ir improvisando el trayecto y el ritmo. Me sentí feliz hasta que a la sensación de ser dueña de mi vida se fue imponiendo otra. Las calles se habían vaciado: la gente había vuelto al trabajo o a casa y yo no podía hacerlo, aún no.
Siempre apuro mucho, quizá demasiado, me dije recordando aquella noche que pasé yo sola en la habitación de hotel donde había estado con mi pareja. Él se tuvo que marchar y no comprendió por qué en lugar de irnos a la vez yo decidí quedarme hasta el día siguiente.
Aunque me inquiete, aunque a veces termine angustiándome, me gusta caminar sola por lugares desconocidos. ¿Preferiría hacerlo acompañada? Quizá sí, no lo sé. Pero necesito sentirme autónoma, autosuficiente, libre. Y puedo hacer estas cosas sin peligro porque tengo un lugar al que volver.
Con este relato participo en la convocatoria #relatosRegreso de @divagacionistas
jueves, 17 de agosto de 2017
Críticas
A todos nos importa la opinión ajena, quizá no la de cualquier persona pero sí la de algunas, generalmente la de aquellas a quienes admiramos, queremos y/o necesitamos por algún motivo: nuestra pareja, nuestros amigos, nuestro jefe...
Si ya es una experiencia desagradable constatar que alguien de ese reducido grupo tiene sobre ti una mala opinión, lo será más cuanto menos se corresponda esa imagen con la que tenemos de nosotros mismos. A quien se tiene por sincero le duele más que lo consideren mentiroso que antipático, por ejemplo. Hablo, claro está, de quienes nos juzgan desde el cariño, sin mala intención, sin ser deliberadamente injustos.
La reacción más natural ante una crítica incongruente con nuestra percepción de cómo somos es rechazarla, negarle objetividad y verosimilitud. Sin embargo, es precisamente a esas críticas incomprensibles a las que más atención deberíamos prestar porque no ha habido alerta previa, nadie nos había reprochado nada semejante hasta entonces; al revés, creíamos tener como virtud precisamente lo contrario de lo que nos atribuyen.
Tendemos a vernos con los mejores ojos. Sí, hasta quienes se consideran autocríticos son más indulgentes consigo mismos que con los demás, ya sabéis, todos vemos mejor la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. Si tenemos un concepto de nosotros con el que hemos llegado a sentirnos cómodos, evitaremos lo que amenace esa estabilidad. Es muy difícil hacer frente a lo que nos descuadra.
Quizá por eso solo quienes nos quieren se atreverán a hacernos notar algo que va a trastornarnos profundamente. Si superamos el shock, podremos identificar las raíces de ese defecto que nos achacan y descubrir por qué nos había pasado inadvertido. Y querremos mantener cerca a esa persona, nuestro mejor anclaje a la realidad.
Si ya es una experiencia desagradable constatar que alguien de ese reducido grupo tiene sobre ti una mala opinión, lo será más cuanto menos se corresponda esa imagen con la que tenemos de nosotros mismos. A quien se tiene por sincero le duele más que lo consideren mentiroso que antipático, por ejemplo. Hablo, claro está, de quienes nos juzgan desde el cariño, sin mala intención, sin ser deliberadamente injustos.
La reacción más natural ante una crítica incongruente con nuestra percepción de cómo somos es rechazarla, negarle objetividad y verosimilitud. Sin embargo, es precisamente a esas críticas incomprensibles a las que más atención deberíamos prestar porque no ha habido alerta previa, nadie nos había reprochado nada semejante hasta entonces; al revés, creíamos tener como virtud precisamente lo contrario de lo que nos atribuyen.
Tendemos a vernos con los mejores ojos. Sí, hasta quienes se consideran autocríticos son más indulgentes consigo mismos que con los demás, ya sabéis, todos vemos mejor la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. Si tenemos un concepto de nosotros con el que hemos llegado a sentirnos cómodos, evitaremos lo que amenace esa estabilidad. Es muy difícil hacer frente a lo que nos descuadra.
Quizá por eso solo quienes nos quieren se atreverán a hacernos notar algo que va a trastornarnos profundamente. Si superamos el shock, podremos identificar las raíces de ese defecto que nos achacan y descubrir por qué nos había pasado inadvertido. Y querremos mantener cerca a esa persona, nuestro mejor anclaje a la realidad.
lunes, 19 de junio de 2017
Frío
Hace cuarenta grados en la calle y en este salón de actos tienen la temperatura a dieciocho o menos. Qué maldita manía la de ajustar el termostato del aire acondicionado pensando en los tipos con chaqueta y no en la vestimenta que cualquier ser humano normal lleva en un día como este.
Qué rabia haberme dejado el chal en el coche. Y menuda tontería haberme puesto en primera fila: no puedo salir sin dar el cante. Y menos ahora que está hablando mi jefe.
Si me aplasto más contra el sillón, me salgo por el respaldo. No sé qué hacer para no notar tanto el aire polar este. Vale que en la espalda no me da, pero los brazos los tengo helados.
Estoy empezando a tiritar. El compañero que tengo al lado me mira por el rabillo del ojo desde hace rato. El muy capullo lleva traje. Y camisa de manga larga. Le odio.
El capullo se acaba de quitar la chaqueta y me la ha ofrecido. Aunque no lo conozco más que de vista porque trabaja en otro departamento, la he aceptado en seguida. Espero descongelarme en unos minutos.
Me ha mirado un par de veces abiertamente y me ha sonreído. Le he devuelto la sonrisa. Ahora recuerdo que coincidimos en una reunión no hace mucho. Es guapo.
El bolsillo ha empezado a vibrar y me he puesto nerviosa. Él ha alargado la mano, ha sacado de allí su móvil, lo ha mirado, lo ha apagado y ha vuelto a dejarlo donde estaba. Y ha dejado la mano también.
Voy a meter la mano en el mismo bolsillo.
Con esta entrada participo en los #relatosBolsillos convocados por Divagacionistas
Qué rabia haberme dejado el chal en el coche. Y menuda tontería haberme puesto en primera fila: no puedo salir sin dar el cante. Y menos ahora que está hablando mi jefe.
Si me aplasto más contra el sillón, me salgo por el respaldo. No sé qué hacer para no notar tanto el aire polar este. Vale que en la espalda no me da, pero los brazos los tengo helados.
Estoy empezando a tiritar. El compañero que tengo al lado me mira por el rabillo del ojo desde hace rato. El muy capullo lleva traje. Y camisa de manga larga. Le odio.
El capullo se acaba de quitar la chaqueta y me la ha ofrecido. Aunque no lo conozco más que de vista porque trabaja en otro departamento, la he aceptado en seguida. Espero descongelarme en unos minutos.
Me ha mirado un par de veces abiertamente y me ha sonreído. Le he devuelto la sonrisa. Ahora recuerdo que coincidimos en una reunión no hace mucho. Es guapo.
El bolsillo ha empezado a vibrar y me he puesto nerviosa. Él ha alargado la mano, ha sacado de allí su móvil, lo ha mirado, lo ha apagado y ha vuelto a dejarlo donde estaba. Y ha dejado la mano también.
Voy a meter la mano en el mismo bolsillo.
Con esta entrada participo en los #relatosBolsillos convocados por Divagacionistas
lunes, 15 de mayo de 2017
Un centímetro
Había hecho maletas mil veces. Había recorrido cientos de miles de kilómetros en sucesivos coches. Conocía centenares de hoteles. Le gustaba tener un trabajo que implicara ir por todo el país y por los limítrofes. Relacionarse con gente de tantos lugares distintos. Escuchar su idioma hablado con tantos acentos diferentes. El relato de su vida era la crónica de sus viajes. Y cuando pensaba en ello, se sentía feliz.
Estaba oyendo a su madre andar arriba y abajo, nerviosa. La oía hablar por teléfono y en su tono de voz notaba su preocupación. Pero no sabía bien si podría hacer algo para tranquilizarla.
Esta vez no era cuestión de kilómetros. Un centímetro sería suficiente. Si es que era capaz. Pensó en ello largamente, concentrándose. No le faltaba decisión, le faltaba llevarlo a la práctica. Sabía que era importante; más aún, que era esencial. Lo hizo mentalmente. En su imaginación no costaba ningún esfuerzo. Pero la realidad era muy distinta.
Se dio ánimos, se convenció de que iba a hacerlo. Solo era un centímetro. No podía ser tan difícil.
- ¡Ha abierto los ojos!
Su madre se lanzó hacia la cama. La enfermera se acercó a mirar y avisó al médico.
Lo siguiente sería más difícil que mover los párpados. Pero ahora sabía que sería capaz.
Esta entrada participa en la iniciativa de #relatosDistancia de @divagacionistas
Estaba oyendo a su madre andar arriba y abajo, nerviosa. La oía hablar por teléfono y en su tono de voz notaba su preocupación. Pero no sabía bien si podría hacer algo para tranquilizarla.
Esta vez no era cuestión de kilómetros. Un centímetro sería suficiente. Si es que era capaz. Pensó en ello largamente, concentrándose. No le faltaba decisión, le faltaba llevarlo a la práctica. Sabía que era importante; más aún, que era esencial. Lo hizo mentalmente. En su imaginación no costaba ningún esfuerzo. Pero la realidad era muy distinta.
Se dio ánimos, se convenció de que iba a hacerlo. Solo era un centímetro. No podía ser tan difícil.
- ¡Ha abierto los ojos!
Su madre se lanzó hacia la cama. La enfermera se acercó a mirar y avisó al médico.
Lo siguiente sería más difícil que mover los párpados. Pero ahora sabía que sería capaz.
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lunes, 17 de abril de 2017
La llave
Fue algo tan lento, tan sutil al principio, que ella tardó mucho en darse cuenta.
Primero dejó de hablar de fútbol. Seguían viendo los partidos juntos, pero el resto de la semana era como si hubiesen dejado de importar la clasificación, las lesiones o el penalti injusto.
Luego fue el trabajo. Los compañeros dejaron de casarse, de tener hijos, de comprarse coches. Poco a poco fueron desvaneciéndose los clientes exigentes, los importantes y finalmente, todos. Tampoco le preguntaba por el suyo, se limitaba a escuchar lo que ella decía.
Pronto se fueron reduciendo las alusiones a los amigos. Aunque salían con ellos, después no había comentarios. Dejó de hablar asimismo de lo que hubieran cenado y, con el tiempo, desapareció toda referencia a la comida.
Ella se alarmó al darse cuenta de que había dejado de mencionar cualquier cosa sobre su salud. No había ningún "me duele la cabeza" o "tengo cita con el oculista". Y entonces fue consciente de que tampoco hablaba de la salud de ella.
Asustada, constató que ese día apenas habían salido de su boca dos docenas de frases. Quiso hablar de ello con él, pero sus palabras se convirtieron en monosílabos.
El día en que le dijo "buenas noches" y él se limitó a darle un beso, le entró el pánico. ¿Había dejado de hablar para siempre?
Incapaz de dormir, se levantó a andar por la casa. De pronto oyó un ruido en el despacho. Al entrar, notó un temblor en el cajón de la mesa. Cogió la llave del tarro de los lápices, la hizo girar en la cerradura y, con precaución, tiró del asidor.
Un vendaval de palabras la arrojó al suelo. La cubrieron hasta casi ahogarla. Luego, lentamente, se fueron evaporando. Su marido asomó la cabeza y, con cara de alivio, le preguntó:
- ¿Dónde estaba esa llave?
(La llave está donde ya sabéis, en el mismo sitio que la moraleja de esta historia)
Este relato participa en la convocatoria #relatosCerraduras de @divagacionistas
Primero dejó de hablar de fútbol. Seguían viendo los partidos juntos, pero el resto de la semana era como si hubiesen dejado de importar la clasificación, las lesiones o el penalti injusto.
Luego fue el trabajo. Los compañeros dejaron de casarse, de tener hijos, de comprarse coches. Poco a poco fueron desvaneciéndose los clientes exigentes, los importantes y finalmente, todos. Tampoco le preguntaba por el suyo, se limitaba a escuchar lo que ella decía.
Pronto se fueron reduciendo las alusiones a los amigos. Aunque salían con ellos, después no había comentarios. Dejó de hablar asimismo de lo que hubieran cenado y, con el tiempo, desapareció toda referencia a la comida.
Ella se alarmó al darse cuenta de que había dejado de mencionar cualquier cosa sobre su salud. No había ningún "me duele la cabeza" o "tengo cita con el oculista". Y entonces fue consciente de que tampoco hablaba de la salud de ella.
Asustada, constató que ese día apenas habían salido de su boca dos docenas de frases. Quiso hablar de ello con él, pero sus palabras se convirtieron en monosílabos.
El día en que le dijo "buenas noches" y él se limitó a darle un beso, le entró el pánico. ¿Había dejado de hablar para siempre?
Incapaz de dormir, se levantó a andar por la casa. De pronto oyó un ruido en el despacho. Al entrar, notó un temblor en el cajón de la mesa. Cogió la llave del tarro de los lápices, la hizo girar en la cerradura y, con precaución, tiró del asidor.
Un vendaval de palabras la arrojó al suelo. La cubrieron hasta casi ahogarla. Luego, lentamente, se fueron evaporando. Su marido asomó la cabeza y, con cara de alivio, le preguntó:
- ¿Dónde estaba esa llave?
(La llave está donde ya sabéis, en el mismo sitio que la moraleja de esta historia)
Este relato participa en la convocatoria #relatosCerraduras de @divagacionistas
lunes, 20 de marzo de 2017
La radio
Empezó a estudiar periodismo con los ánimos un poco bajos por su fracaso sentimental de aquel verano. Había conocido a dos chicos en su lugar de vacaciones: uno era dulce, algo feúcho y bastante tímido; el otro, atractivo, seguro de sí mismo, el líder de su grupo de amigos. Salió con los dos pero, deslumbrada por el carisma del segundo y por la sensación de éxito que le dio el poder ligárselo, había dicho adiós al primero. Resultó que el elegido también la trataba a ella como a un trofeo y se encontró echando de menos la ternura, la inteligencia, las atenciones del otro. Rompió dos corazones ese verano, y uno fue el suyo propio.
Descubrió un programa de una radio local los viernes por la noche. "El rincón romántico", se llamaba. Emitía, claro, canciones románticas, enlazadas por versos y frases sentimentales que pronunciaba entre suspiros una voz masculina digna de doblar al más guapo de los actores. Llamaban y entraban en directo para pedir canciones chicas evidentemente enamoradas a las que él trataba con una amabilidad algo distante. Tardó seis meses en atreverse a mandarle un correo. La excusa fue estar interesada por las radios locales, y la petición, ir a la emisora para ver en directo el programa y hacerle preguntas sobre él.
Le abrió la puerta un hombre de treinta y tantos años, desaliñado, despeinado, con el atractivo de un cubo de basura. "Tengo al niño enfermo, se ha pasado el día vomitando, y mi mujer ha llegado del trabajo tardísimo; estoy agotado", fue su saludo. Era él. Estaba solo, el técnico de sonido había ido a por un bocadillo mientras se emitía el programa grabado que le precedía. Le enseñó las diminutas instalaciones, le resumió su decepcionante carrera profesional... La trataba como a una colega.
"No es el programa de mis sueños pero parece que tiene éxito", murmuró entre sorbos de café. "Lo más pesado son todas esas chiquillas que llaman como si yo fuera un experto en amores y pudiera solucionarles sus problemas sentimentales. Creo que incluso hay alguna colgada de mí. Las adolescentes son un público exigente pero muy valioso para esta cadena porque interesan a los anunciantes. Por eso intento tratarlas bien en vez de decirles que espabilen, que es lo que me pide el cuerpo."
Suspiró y empezó a explicarle cómo hacía los guiones. Ni se dio cuenta de las lágrimas que se habían quedado atrapadas en las pestañas de ella.
Con esta entrada participo en los #relatosDecepción que convoca @Divagacionistas
Descubrió un programa de una radio local los viernes por la noche. "El rincón romántico", se llamaba. Emitía, claro, canciones románticas, enlazadas por versos y frases sentimentales que pronunciaba entre suspiros una voz masculina digna de doblar al más guapo de los actores. Llamaban y entraban en directo para pedir canciones chicas evidentemente enamoradas a las que él trataba con una amabilidad algo distante. Tardó seis meses en atreverse a mandarle un correo. La excusa fue estar interesada por las radios locales, y la petición, ir a la emisora para ver en directo el programa y hacerle preguntas sobre él.
Le abrió la puerta un hombre de treinta y tantos años, desaliñado, despeinado, con el atractivo de un cubo de basura. "Tengo al niño enfermo, se ha pasado el día vomitando, y mi mujer ha llegado del trabajo tardísimo; estoy agotado", fue su saludo. Era él. Estaba solo, el técnico de sonido había ido a por un bocadillo mientras se emitía el programa grabado que le precedía. Le enseñó las diminutas instalaciones, le resumió su decepcionante carrera profesional... La trataba como a una colega.
"No es el programa de mis sueños pero parece que tiene éxito", murmuró entre sorbos de café. "Lo más pesado son todas esas chiquillas que llaman como si yo fuera un experto en amores y pudiera solucionarles sus problemas sentimentales. Creo que incluso hay alguna colgada de mí. Las adolescentes son un público exigente pero muy valioso para esta cadena porque interesan a los anunciantes. Por eso intento tratarlas bien en vez de decirles que espabilen, que es lo que me pide el cuerpo."
Suspiró y empezó a explicarle cómo hacía los guiones. Ni se dio cuenta de las lágrimas que se habían quedado atrapadas en las pestañas de ella.
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lunes, 20 de febrero de 2017
¿Dónde estás?
Todos los demás iban a ir en avión pero él vivía en una ciudad sin aeropuerto y ella decidió hacer el viaje en tren y encontrarse con él a medio camino. Llegarían con unos minutos de diferencia y tendrían media hora más para cambiar de andén y subirse al AVE que los llevaría al destino final donde se reunirían con el resto del grupo.
Sería la primera vez que se vieran en persona. Tenían amigos comunes que los habían puesto en contacto unos meses antes, cuando él necesitó una colaboración para un trabajo. Habían intercambiado correos. Luego él le pidió su número de teléfono para aclarar algo, después ella le mandó un whatsapp para comentar una cosa...
- Ya estoy en la estación, escribió ella.
- Llegando, fue la respuesta lacónica de él.
En lugar de acercarse a la entrada, fue hacia el control de billetes del tren que debían coger juntos. Los pasajeros iban pasando en fila, mostrando el papel o la pantalla del móvil. Al cabo de veinte minutos solo quedaba ella.
- ¿Dónde estás?, tecleó nerviosa.
- En seguida llego, contestó él.
Cuando faltaban cuatro minutos para que saliera el AVE, enseñó su billete y pasó. Se dirigió a su vagón, volviendo la cabeza constantemente por si veía venir a alguien corriendo. De pie ante la puerta, con la maleta en el escalón más alto, mandó otro mensaje.
- El tren se va ya, ¡corre!
Esta vez no hubo respuesta. Sonó un silbato y un joven de uniforme la instó a subir.
Mientras subía la maleta al portaequipajes, su móvil dejó oír un pitido. Leyó.
- Llevas un jersey precioso.
Era él. Miró a su alrededor pero nadie estaba mirádola a ella. A través de la ventana, el andén seguía vacío.
Escrito para los #relatosTrenes de @Divagacionistas
Sería la primera vez que se vieran en persona. Tenían amigos comunes que los habían puesto en contacto unos meses antes, cuando él necesitó una colaboración para un trabajo. Habían intercambiado correos. Luego él le pidió su número de teléfono para aclarar algo, después ella le mandó un whatsapp para comentar una cosa...
- Ya estoy en la estación, escribió ella.
- Llegando, fue la respuesta lacónica de él.
En lugar de acercarse a la entrada, fue hacia el control de billetes del tren que debían coger juntos. Los pasajeros iban pasando en fila, mostrando el papel o la pantalla del móvil. Al cabo de veinte minutos solo quedaba ella.
- ¿Dónde estás?, tecleó nerviosa.
- En seguida llego, contestó él.
Cuando faltaban cuatro minutos para que saliera el AVE, enseñó su billete y pasó. Se dirigió a su vagón, volviendo la cabeza constantemente por si veía venir a alguien corriendo. De pie ante la puerta, con la maleta en el escalón más alto, mandó otro mensaje.
- El tren se va ya, ¡corre!
Esta vez no hubo respuesta. Sonó un silbato y un joven de uniforme la instó a subir.
Mientras subía la maleta al portaequipajes, su móvil dejó oír un pitido. Leyó.
- Llevas un jersey precioso.
Era él. Miró a su alrededor pero nadie estaba mirádola a ella. A través de la ventana, el andén seguía vacío.
Escrito para los #relatosTrenes de @Divagacionistas
lunes, 23 de enero de 2017
Atrás
Faltaba un minuto para la medianoche.
Había sido un mal día. Le hubiera gustado poder borrarlo de la existencia o, al menos, de su memoria. Borrar unas palabras que no tendrían que haberse dicho debería ser tan fácil como darle a la tecla de retroceso en el ordenador. Y borrar la sensación de equivocarse constantemente, ya de paso.
Había sido una mala semana. Ojalá fuera posible destejer el tiempo como Penélope el sudario y encontrarse de nuevo ahí atrás, justo antes de haber hecho algo irreparable. Una especie de correa de seguridad para no precipitarse al vacío cuando se da un mal paso.
No había sido un buen año. Qué lástima que no existieran los viajes en el tiempo. Intentaría recordar cuándo cometió el primer gran error. Porque no, no se suele aprender de los errores a no cometer de nuevo otros iguales. Somos capaces de dejar de ver, a fuerza de costumbre, hasta las cicatrices de los fallos monumentales.
No estaba siendo una buena vida. Pero no podía ir por su pasado borrando cada mala elección, evitando cada arrepentimiento, recuperando cada oportunidad perdida. Y no quería ejercer de censor de su propia estupidez. Solo dejar de derrocharla con tanta generosidad.
Dieron las doce.
Con este relato participo en la convocatoria #relatosTiempo de Divagacionistas
Había sido un mal día. Le hubiera gustado poder borrarlo de la existencia o, al menos, de su memoria. Borrar unas palabras que no tendrían que haberse dicho debería ser tan fácil como darle a la tecla de retroceso en el ordenador. Y borrar la sensación de equivocarse constantemente, ya de paso.
Había sido una mala semana. Ojalá fuera posible destejer el tiempo como Penélope el sudario y encontrarse de nuevo ahí atrás, justo antes de haber hecho algo irreparable. Una especie de correa de seguridad para no precipitarse al vacío cuando se da un mal paso.
No había sido un buen año. Qué lástima que no existieran los viajes en el tiempo. Intentaría recordar cuándo cometió el primer gran error. Porque no, no se suele aprender de los errores a no cometer de nuevo otros iguales. Somos capaces de dejar de ver, a fuerza de costumbre, hasta las cicatrices de los fallos monumentales.
No estaba siendo una buena vida. Pero no podía ir por su pasado borrando cada mala elección, evitando cada arrepentimiento, recuperando cada oportunidad perdida. Y no quería ejercer de censor de su propia estupidez. Solo dejar de derrocharla con tanta generosidad.
Dieron las doce.
Con este relato participo en la convocatoria #relatosTiempo de Divagacionistas
lunes, 9 de enero de 2017
Doubles
Aprendí de mis hermanos a quitar las chapas de las botellas despacito, levantando un poquito de un lado, luego de otro, de forma que la parte plana no se doblara y la circunferencia dentada no se deformara. Aprendí a dejar caer gotitas de cera de las velas de cumpleaños en el fondo para darles más peso. A recortar fotos de los cromos de ciclistas. A hacer circuitos pasando las dos manos estiradas por la tierra, dedos frente a dedos, dejando un montoncito a cada lado como barrera. A hacer un gua y jugar a las canicas también me enseñaron; puntería tenía la justita.
Sabía dibujar y recortar figuras de soldados de época en cartón duro, dejando una base para formar tres pestañas con las que se mantuvieran en pie; y lanzar bolas de acero que no sé de dónde salieron para hacer caer los del enemigo al otro lado del pasillo; y dibujar medallas a los heridos, a los que no caían pese a los bolazos.
Con una tiza pintaba en la terraza de casa de mis padres el típico avión para saltar. Pero sin duda, lo más divertido de mi infancia fue otro tipo de saltos.
Como de pequeña solo tenía hermanos -mi hermana tardó más de diez años en llegar-, no supe lo que era jugar a la comba hasta que empecé a ir al colegio. Las chicas jugábamos a algunas cosas con los chicos -al escondite, a tú la llevas, al balón prisionero- pero a la comba ellos no querían. Era nuestra especialidad. Saltábamos de frente y de espaldas, entrábamos y salíamos al ritmo que marcaban las que daban, nos metíamos cinco o seis en la cuerda...
El momento mágico fue cuando aprendí a saltar dobles. Lo escribíamos en francés, doubles, y lo pronunciábamos "dubles", no sé por qué pues el mío era un colegio irlandés. Consistía en mantenerse en el aire el tiempo suficiente para que la cuerda diera dos vueltas. No se podía saltar demasiado alto porque la misma cuerda podía darte en la cabeza. El truco era doblar un poco más las rodillas para caer unas décimas de segundo más tarde. Era como quedarse suspendida en el aire, como un salto ralentizado. Llegué a ser una de las mejores, no solo saltando sino también dando. Dar tenía su secreto: hacías girar la cuerda rapidísimo dos veces y luego la frenabas ligeramente mientras la saltadora tocaba el suelo para volver a darse impulso.
Os prometo que si ahora mismo aparecieran dos de aquellas chicas con una comba y me retaran a llegar a cien doubles, lo haría aunque con ello terminara de machacarme las rodillas.
Con este relato participo en la convocatoria #relatosJuguetes deDivagacionistas
Sabía dibujar y recortar figuras de soldados de época en cartón duro, dejando una base para formar tres pestañas con las que se mantuvieran en pie; y lanzar bolas de acero que no sé de dónde salieron para hacer caer los del enemigo al otro lado del pasillo; y dibujar medallas a los heridos, a los que no caían pese a los bolazos.
Con una tiza pintaba en la terraza de casa de mis padres el típico avión para saltar. Pero sin duda, lo más divertido de mi infancia fue otro tipo de saltos.
Como de pequeña solo tenía hermanos -mi hermana tardó más de diez años en llegar-, no supe lo que era jugar a la comba hasta que empecé a ir al colegio. Las chicas jugábamos a algunas cosas con los chicos -al escondite, a tú la llevas, al balón prisionero- pero a la comba ellos no querían. Era nuestra especialidad. Saltábamos de frente y de espaldas, entrábamos y salíamos al ritmo que marcaban las que daban, nos metíamos cinco o seis en la cuerda...
El momento mágico fue cuando aprendí a saltar dobles. Lo escribíamos en francés, doubles, y lo pronunciábamos "dubles", no sé por qué pues el mío era un colegio irlandés. Consistía en mantenerse en el aire el tiempo suficiente para que la cuerda diera dos vueltas. No se podía saltar demasiado alto porque la misma cuerda podía darte en la cabeza. El truco era doblar un poco más las rodillas para caer unas décimas de segundo más tarde. Era como quedarse suspendida en el aire, como un salto ralentizado. Llegué a ser una de las mejores, no solo saltando sino también dando. Dar tenía su secreto: hacías girar la cuerda rapidísimo dos veces y luego la frenabas ligeramente mientras la saltadora tocaba el suelo para volver a darse impulso.
Os prometo que si ahora mismo aparecieran dos de aquellas chicas con una comba y me retaran a llegar a cien doubles, lo haría aunque con ello terminara de machacarme las rodillas.
Con este relato participo en la convocatoria #relatosJuguetes de
lunes, 12 de diciembre de 2016
Algo que los demás no saben
Siendo yo niña, mi padre dibujaba decorados que tenían aroma a gouache o acuarela. Luego, cuando se construían para grabar en ellos programas o series de televisión, olían a serrín y a pintura. A piedra no. Las piedras eran de pega, poliestireno con la superficie rascada y teñida de gris. Las casas eran una simple fachada de madera apuntalada por detrás. Los interiores que se veían por las ventanas, forillos de tela pintada. Todo era ilusión. Para un niño era como ver revelado un truco de magia. Cada vez que he vuelto a oler esa combinación de serrín y pintura desde entonces, sonrío como si supiera algo que los demás no saben.
Mi infancia tuvo otros olores, aunque a alguno tardé mucho tiempo en ponerle su nombre real. A los diecisiete años me fui unas semanas en verano a Barcelona, a casa de una amiga. Era la primera vez que estaba allí. Una madrugada, entrando en el portal, me quedé atónita.
- Aquí huele a cementerio, le dije a mi amiga.
- Tú estás mal.
Yo lo que estaba era desconcertada. ¿Por qué identificaba aquel olor con uno de esos lugares donde, además, nunca había entrado? Tardé en descubrirlo. El origen de esa idea absurda estaba en una noche que pasamos mis hermanos y yo de niños en casa de unos primos. En aquella época ellos vivían cerca de un cementerio. Nos contaron historias de miedo, gente atrapada, muertos que se levantan... Creo que el olor que entraba en ese momento por la ventana venía de una panadería que había abajo. La masa de pan fermentando quedó asociada al camposanto en mi cerebro impresionable.
Recuerdo el olor de un compañero de colegio porque era el único que llevaba colonia de marca (Loewe). Recuerdo el olor de un baúl que mis abuelos dejaron en nuestra casa cuando emigraron porque dentro había cosas de las que maravillan a una niña, como un juego de té que más me valía no tocar. Recuerdo el exquisito aroma a fino y a vino dulce en las calles cercanas a las bodegas en El Puerto de Santa María. Recuerdo el olor de mi padre y hasta lo vuelvo a percibir cuando sueño con él, aunque haga más de cinco años que ya no está.
Mi propio olor, ese del que apenas soy consciente, fue una vez fetiche de alguien, alguien que me pidió que me pusiera su camisa para guardarlo en ella cuando nos despidiéramos. Fue hace tiempo y seguramente la habrá lavado muchas veces desde entonces, pero algo de mí seguro que sigue enredado en alguna costura o bajo los botones de los puños...
Con este relato participo en la convocatoria #relatosOlores de@Divagacionistas
Mi infancia tuvo otros olores, aunque a alguno tardé mucho tiempo en ponerle su nombre real. A los diecisiete años me fui unas semanas en verano a Barcelona, a casa de una amiga. Era la primera vez que estaba allí. Una madrugada, entrando en el portal, me quedé atónita.
- Aquí huele a cementerio, le dije a mi amiga.
- Tú estás mal.
Yo lo que estaba era desconcertada. ¿Por qué identificaba aquel olor con uno de esos lugares donde, además, nunca había entrado? Tardé en descubrirlo. El origen de esa idea absurda estaba en una noche que pasamos mis hermanos y yo de niños en casa de unos primos. En aquella época ellos vivían cerca de un cementerio. Nos contaron historias de miedo, gente atrapada, muertos que se levantan... Creo que el olor que entraba en ese momento por la ventana venía de una panadería que había abajo. La masa de pan fermentando quedó asociada al camposanto en mi cerebro impresionable.
Recuerdo el olor de un compañero de colegio porque era el único que llevaba colonia de marca (Loewe). Recuerdo el olor de un baúl que mis abuelos dejaron en nuestra casa cuando emigraron porque dentro había cosas de las que maravillan a una niña, como un juego de té que más me valía no tocar. Recuerdo el exquisito aroma a fino y a vino dulce en las calles cercanas a las bodegas en El Puerto de Santa María. Recuerdo el olor de mi padre y hasta lo vuelvo a percibir cuando sueño con él, aunque haga más de cinco años que ya no está.
Mi propio olor, ese del que apenas soy consciente, fue una vez fetiche de alguien, alguien que me pidió que me pusiera su camisa para guardarlo en ella cuando nos despidiéramos. Fue hace tiempo y seguramente la habrá lavado muchas veces desde entonces, pero algo de mí seguro que sigue enredado en alguna costura o bajo los botones de los puños...
Con este relato participo en la convocatoria #relatosOlores de
lunes, 14 de noviembre de 2016
Te llamo
"Te llamo", decía siempre al despedirse. La primera vez me pareció la promesa de un reencuentro inminente. Aguardé esa llamada un día, otro, una semana. Cuando se produjo ya casi no la quería. Disimulé mi cabreo. Me apetecía volver a verle, me había sentido a gusto con él. Esperaba una excusa estándar, un "he estado fuera", un "tengo muchísimo trabajo", algo, lo que fuera. Pero no.
La segunda vez estuve a punto de responderle: "no, mejor te llamo yo". No me atreví. Me temía que yo no le gustaba mucho y dejarle la iniciativa era una forma de mantener a salvo mi dignidad. Si él no daba el paso, lo interpretaría como desinterés y no iría detrás de él. Solo me preguntaba cuánto tendría que esperar esta vez. "Te llamo", dijo al dejarme en el portal. Fueron seis días. La tercera vez, ocho.
No quería ponerme borde. Él no se había comprometido más que a llamarme y lo hacía. Sobre el plazo nunca daba pistas. Lo que contaba de su trabajo o de su vida cotidiana no invitaba a pensar que alguna obligación le marcara los tiempos de forma rígida. "Te llamo", me murmuró al oído el primer día que nos besamos. "¿Cuándo?", me atreví por fin a decirle. "Cuando recuerdes".
Algo encajó de pronto en mi cerebro. La familiaridad que sentía con él se hizo sólida y me dejó paralizada. "Te has quitado el pendiente", susurré, y fue como si lo dijera otra persona.
Me abrazó hasta dejarme sin aliento mientras se le saltaban lágrimas. "Vuelves a ser tú", repitió una docena de veces. Entonces dio un paso atrás, me puso las manos en los hombros y suspiró aliviado. "Pensaba que esta maldita amnesia te iba a durar toda la vida".
Me agarré a su brazo y volvimos a casa.
(Relato escrito para la convocatoria de Divagacionistas de noviembre de 2016)
La segunda vez estuve a punto de responderle: "no, mejor te llamo yo". No me atreví. Me temía que yo no le gustaba mucho y dejarle la iniciativa era una forma de mantener a salvo mi dignidad. Si él no daba el paso, lo interpretaría como desinterés y no iría detrás de él. Solo me preguntaba cuánto tendría que esperar esta vez. "Te llamo", dijo al dejarme en el portal. Fueron seis días. La tercera vez, ocho.
No quería ponerme borde. Él no se había comprometido más que a llamarme y lo hacía. Sobre el plazo nunca daba pistas. Lo que contaba de su trabajo o de su vida cotidiana no invitaba a pensar que alguna obligación le marcara los tiempos de forma rígida. "Te llamo", me murmuró al oído el primer día que nos besamos. "¿Cuándo?", me atreví por fin a decirle. "Cuando recuerdes".
Algo encajó de pronto en mi cerebro. La familiaridad que sentía con él se hizo sólida y me dejó paralizada. "Te has quitado el pendiente", susurré, y fue como si lo dijera otra persona.
Me abrazó hasta dejarme sin aliento mientras se le saltaban lágrimas. "Vuelves a ser tú", repitió una docena de veces. Entonces dio un paso atrás, me puso las manos en los hombros y suspiró aliviado. "Pensaba que esta maldita amnesia te iba a durar toda la vida".
Me agarré a su brazo y volvimos a casa.
(Relato escrito para la convocatoria de Divagacionistas de noviembre de 2016)
lunes, 17 de octubre de 2016
Miedos
No hay monstruos debajo de la cama.
Esta es una verdad que los niños tardamos algún tiempo en descubrir. Yo tardé poco porque mi papá me dijo que por qué iba a querer un monstruo vivir en un sitio tan incómodo y, sobre todo, por qué iba a esperar a que yo apagara la luz para salir a comerme.
Así que dejé de tener miedo a quedarme sola en mi cuarto y, de paso, a la oscuridad. Bueno, no. Dejé de tener miedo a estar a oscuras en mi habitación, pero sigue dándome mucho miedo que los malos aprovechen que no los vemos para hacernos daño.
Me asusta ser diferente de mis compañeros de clase porque cuando alguien no hace lo mismo que los demás, se meten con él o con ella. Me asusta también ser vulgar y que nadie se fije en mí. Cuando sea mayor querré que un chico se enamore de mí, querré que un jefe me dé trabajo, y no sé si ser como soy será bueno o malo para conseguir eso.
Me aterra cuando llamo a mamá y no viene, o cuando la llamo por teléfono y no lo coge. Desde el día en que papá no vino a buscarme al colegio y luego me enteré de que se había puesto muy malito y se había ido para siempre (y sin despedirse de mí), tengo miedo de que a mamá también le pase algo y yo me quede sola.
Espero que algún científico invente un detector de monstruos y de peligros -los de verdad, no los imaginarios- y me ahorre el pasar miedo para nada. Y que otro invente una pastilla para que las mamás no se mueran.
domingo, 16 de octubre de 2016
Nostalgia
Lo que llegamos a guardar en una palabra...
La primera vez que telefoneé a la radio para entrar en directo, el técnico de sonido me llamó por un diminutivo cariñoso para calmarme un poco los nervios. Era el mismo nombre por el que solo me llamaba mi hermano mayor. Yo estaba lejos de mi casa y de mi familia, trabajando por primera vez en otra ciudad. Habría abrazado a aquel chico. Nunca supo que por un segundo me había llevado de vuelta a casa.
Mi padre tenía un mote para mí. Solo lo usó siendo yo chiquitina. Luego de vez en cuando lo desempolvaba. Desde que no está, solo queda en mi memoria. Nadie me volverá a llamar así.
Mi primer amor también eligió un modo personal de llamarme. Los nombres que asocias a una sola persona se convierten en pequeños gatillos que disparan recuerdos cada vez que los oyes o los lees.
He dicho adiós tantas veces... La última todavía me duele. Lo que más echo de menos de las personas es hablar con ellas.
La nostalgia no es una presencia constante. Se esconde en los bolsillos, en las fotos, las páginas de los libros, las canciones, los olores y, sobre todo, en las palabras. Tiene querencia por aquellos que no esperamos mucho del futuro. Se asoma cuando sabe que el ánimo le es propicio. Rara vez aparece desgarrada por el dolor o teñida de arrepentimiento. Lo habitual es que se muestre como un rincón cálido y acogedor donde te reencuentras con los trocitos de ti que fueron quedando atrás mientras avanzabas en la vida.
Se puede echar de menos algo o a alguien y saber que perderlo entra en el transcurso normal de las cosas; saber que la vida sigue, que te puede ir igual de bien o de mal sin ello. No quiero volver atrás, no es cierto que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Avanzar no es incompatible con recordar con cariño ni con echar de menos.
Una brizna de nostalgia se me coló en twitter el otro día. No era la primera vez, pero sí la primera en que algunos nos enredamos hablando de ello.
Y aquí estamos hoy, poniéndolo por escrito.
La primera vez que telefoneé a la radio para entrar en directo, el técnico de sonido me llamó por un diminutivo cariñoso para calmarme un poco los nervios. Era el mismo nombre por el que solo me llamaba mi hermano mayor. Yo estaba lejos de mi casa y de mi familia, trabajando por primera vez en otra ciudad. Habría abrazado a aquel chico. Nunca supo que por un segundo me había llevado de vuelta a casa.
Mi padre tenía un mote para mí. Solo lo usó siendo yo chiquitina. Luego de vez en cuando lo desempolvaba. Desde que no está, solo queda en mi memoria. Nadie me volverá a llamar así.
Mi primer amor también eligió un modo personal de llamarme. Los nombres que asocias a una sola persona se convierten en pequeños gatillos que disparan recuerdos cada vez que los oyes o los lees.
He dicho adiós tantas veces... La última todavía me duele. Lo que más echo de menos de las personas es hablar con ellas.
La nostalgia no es una presencia constante. Se esconde en los bolsillos, en las fotos, las páginas de los libros, las canciones, los olores y, sobre todo, en las palabras. Tiene querencia por aquellos que no esperamos mucho del futuro. Se asoma cuando sabe que el ánimo le es propicio. Rara vez aparece desgarrada por el dolor o teñida de arrepentimiento. Lo habitual es que se muestre como un rincón cálido y acogedor donde te reencuentras con los trocitos de ti que fueron quedando atrás mientras avanzabas en la vida.
Se puede echar de menos algo o a alguien y saber que perderlo entra en el transcurso normal de las cosas; saber que la vida sigue, que te puede ir igual de bien o de mal sin ello. No quiero volver atrás, no es cierto que cualquier tiempo pasado fuera mejor. Avanzar no es incompatible con recordar con cariño ni con echar de menos.
Una brizna de nostalgia se me coló en twitter el otro día. No era la primera vez, pero sí la primera en que algunos nos enredamos hablando de ello.
Y aquí estamos hoy, poniéndolo por escrito.
Publicado el lunes 3 de octubre de 2016 a las 9:00
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