domingo, 16 de enero de 2022
Socializar
lunes, 25 de octubre de 2021
Nacer
Era un piso luminoso, no muy grande pero sí mayor que el suyo actual. Deprimía un poco verlo; sin embargo, como solía decirse, "tenía muchas posibilidades". Quizá era ella quien no tenía tantas, pero ¿qué importaba gastarse los ahorros de toda la vida si precisamente había estado ahorrando para algo así?
Contrató una empresita de reformas con muy buenas referencias. A través de los expertos ojos del jefe empezó a imaginar cómo podría quedar aquel espacio cuando lo vaciaran, lo arrasaran y lo recompusieran. Se encontró tomando decisiones y viéndolas puestas en práctica.
- ¿Y con la terraza qué quiere hacer?
La terraza parecía un trastero. Mesas y sillas viejas corroídas por la intemperie, macetas y jardineras con tierra pero sin más vegetación que malas hierbas campando a sus anchas, cacharros varios y herramientas que iban sacando los obreros cuando necesitaban espacio para trabajar.
- Con la terraza ya veré, lo primero es la casa.
Las obras llegaron a su fin. Embalar, mudarse y desembalar fue agotador. Comprar muebles resultó divertido, aunque la espera para recibirlos se le antojó eterna. Y a finales de primavera se enfrentó a la terraza. La vació poco a poco, cogió papel y lápiz e hizo un boceto, el boceto de un ideal.
Sacó de una bolsita un hueso de cereza, otro de albaricoque, uno de naranja y otro de limón. Huesos que cualquier otro día habrían ido a la basura y que esa mañana había optado por guardar.
- Compraré también plantas ya crecidas, claro, pero vosotros vais a nacer aquí.
Este relato participa en la convocatoria #relatosHuesos de @divagacionistas
lunes, 26 de abril de 2021
Este niño...
- Este niño no se ríe...
- Mujer, yo lo veo siempre con la sonrisa en la cara.
- Ya, pero no se ríe. Ni da esos grititos tan típicos de los niños.
- Será que es tranquilo, y oye, mejor, ¿no?
- No sé...
Al cabo de unos meses él admitió que su hijo no parecía del todo como los demás. Había empezado a balbucear sus primeras palabras, parecía entender lo que le decían, tenía juguetes favoritos y era cariñoso con sus padres, sus abuelos, sus primos... Pero le faltaba algo.
- Mira, vamos a preguntarle a la pediatra. Aunque coma bien y duerma bien y no parezca enfermo, yo qué sé, algo raro tiene.
La pediatra no notó nada extraño.
- Pruebe a hacerle reír, venga, pruebe.
El niño la miraba hacer muecas y la imitaba; si se tapaba la cara y luego apartaba las manos gritando cú-cú, ladeaba un poco la cabeza como esperando ver qué venía después. Una gansada tras otra, un juego tras otro, y el pequeño observaba. Terminó por bostezar.
- A ver si el psicólogo...
Descartaron todo tipo de enfermedades. Un especialista detrás de otro lo diagnosticaban como normal, quizá poco interesado por las payasadas, los sustos o las cucamonas. Al final fue la abuela materna la que dio con la clave.
- Este niño no se sorprende por nada.
No había una patología que tuviera como síntoma la falta de capacidad de sorpresa.
Así que los padres se resignaron a que su hijo viviera como si ya lo hubiera visto todo.
Este relato participa en la convocatoria #relatosSorpresas de @divagacionistas
lunes, 22 de febrero de 2021
Buscadores
Encendió el ordenador, abrió el buscador de siempre y tecleó las palabras que había memorizado cuando las pronunció el médico de la UCI a quien le tocaba ese día informarle del estado de su abuelo.
Tormenta de citoquinas.
Las citoquinas, vale, proteínas que coordinaban la respuesta del sistema inmunitario contra una infección. Pero ¿tormenta?
Una entrada del blog de un médico hablaba de ello. Se lo leyó con atención. Se preocupó más aún.
Una revista médica también lo describía, y mencionaba tratamientos con antiinflamatorios. Lo que el médico le había contado que estaban probando con su abuelo.
El hombre mejoró, salió de la UCI y, finalmente del hospital.
***
Un año después era él quien tecleaba en el buscador, y su nieta, el motivo de su preocupación.
Tormenta de hormonas en la pubertad.
Leyó con curiosidad creciente y preocupación menguante. Al parecer todos hemos pasado por eso al entrar en la adolescencia, solo que no le habían puesto un nombre técnico. Afortunadamente ahora se sabía distinguir entre los casos normales y los patológicos.
***
La necesidad de buscar explicaciones es uno de los mejores rasgos del ser humano. Que puedan estar al alcance de cualquiera, una de las grandes ventajas de la interconexión digital. Saber distinguir entre la información fundamentada, las especulaciones gratuitas o interesadas y el engaño es una cualidad que se adquiere con tiempo y trabajo.
Esta entrada participa en la convocatoria #relatosTormenta de @divagacionistas
lunes, 25 de enero de 2021
Testigos
Hace unos años estuve en Copenhague por trabajo. Se celebraba allí la final del Concurso Europeo de Jóvenes Científicos y yo fui una de las periodistas invitadas a cubrirlo. Los proyectos presentados eran muy interesantes y los adolescentes que los habían ideado los explicaban brillantemente.
Paralelamente la organización había previsto muchas actividades, algunas destinadas a que los periodistas conociéramos, ya de paso, ámbitos de la investigación y la tecnología en los que Dinamarca destacaba. Nos ofrecieron una docena de visitas: seis a distintas empresas y otras seis a diversos departamentos de la Universidad Técnica de Copenhague. Yo elegí (lamentando que no se pudiera ir a todo) una a una farmacéutica y otra al Departamento de Ingeniería Medioambiental. Las dos fueron fantásticas.
En la universidad vi por primera vez testigos de hielo, cilindros de muchos metros de largo extraídos, en este caso, perforando verticalmente la capa de hielo que cubre Groenlandia. Analizándolos los investigadores habían descubierto cosas muy interesantes.
Hay que decir que ese hielo se forma al comprimirse por el peso de sucesivas capas la nieve que se va depositando año tras año durante milenios, así que profundizar en el hielo significa retroceder en el tiempo. Los científicos habían averiguado la relación entre milímetros de hielo y años en cada nivel.
Esa nieve ahora helada contenía información valiosa. Por ejemplo, el agua que se evapora de los océanos (y cae luego al nevar) contiene mayor o menor proporción de isótopos más pesados del oxígeno en función del calor que haya hecho ese año. Los más pesados se evaporan solo cuando hace mucho calor. La proporción de isótopos en cada nivel, por tanto, permite conocer las variaciones de temperatura.
Además, la nieve cae con suavidad, atrapando pequeñas burbujas de aire que quedan en su interior cuando se convierte en hielo. Ese aire da idea de la composición de la atmósfera -gases y partículas- en cada época.
Así que una de las maravillas de la nieve es que conserva información del pasado.
Esta entrada participa en la convocatoria #relatosNieve de @divagacionistas.
domingo, 3 de enero de 2021
Informar en una pandemia
Hace pocos meses el vicepresidente de ARP-SAPC me pidió una colaboración para la revista que publica esta asociación, a la que pertenezco. Preparaban un monográfico sobre "Covid-19 y pensamiento crítico" y se trataba de que varios socios habláramos sobre el tema desde nuestra experiencia y nuestro conocimiento personal o profesional. Me puse manos a la obra y me salió un texto que superaba ampliamente el espacio asignado. Lo recorté para adaptarlo. La revista está a punto de salir. Además, esa versión corta se puede leer en la web de ARP-SAPC aquí, y aquí el monográfico con los diez textos.
Sin embargo, el texto en su extensión original merece, creo yo, publicarse. Lo hago en este blog, en el que incluyo también numerosas referencias por si el lector quiere consultarlas a medida que lee o al final.
PERIODISMO Y PANDEMIA
Cuando se produce un cambio tan
grande como el que esta pandemia ha supuesto en nuestras vidas, cuesta recordar
cómo eran las cosas inmediatamente antes y cuándo exactamente nos dimos cuenta
de que esto era algo que no habíamos vivido nunca. Hay algo claro: de este
virus no sabíamos casi nada cuando empezamos a ver y oír hablar de él en los
medios de comunicación. No diré que los periodistas partiéramos de cero,
epidemias y pandemias habíamos conocido -e informado de ellas- en los últimos años.
Ahora bien, como esta situación no habíamos vivido ninguna. Los políticos y muchos
científicos tampoco, al menos en nuestro entorno. La información en una crisis
es algo vital y no sé si la hemos gestionado todo lo bien que deberíamos.
NUESTRA
EXERIENCIA PREVIA EN EPIDEMIAS
Sobre enfermedades infecciosas que causaran preocupación
global teníamos varias experiencias previas relativamente recientes. El SARS
(siglas en inglés de Síndrome Agudo Respiratorio Grave), la gripe A, el Ébola,
el Zika…
El SARS surgió en Asia a principios de 2003 y se hizo
global en pocos meses. Como señala la Organización Mundial de la Salud, fue la
primera nueva enfermedad grave y de fácil transmisión del siglo XXI. Nos
dimos cuenta de lo sencillo que era extender una infección en este mundo
hipercomunicado, con conexiones aéreas en casi cualquier parte del planeta. La
gripe A, identificada inicialmente en México y declarada pandemia por la OMS en
junio de 2009, cuando había unos 180.000 casos y más de 1.400 muertos en el
mundo, causó verdadera alarma… que se transformó en desconfianza después de que
los gobiernos hubieran hecho acopio de antivirales y vacunas que en su mayor
parte no se utilizaron. Se acusó a la OMS de falta de transparencia y de
actuar influida por intereses de las farmacéuticas. El movimiento
antivacunas empezó a despegar en España en aquellas fechas, impulsado por
personajes como la monja y médica Teresa Forcades. Otra enfermedad que nos
asustó cuando hubo contagios fuera de África, de donde es originaria, fue el
ébola. En España tuvimos uno, el de una auxiliar de enfermería del hospital
donde se trató a dos misioneros que enfermaron en Liberia y en Sierra Leona y
fueron repatriados en el verano de 2014. En cuanto al Zika, la epidemia que
afectó a Latinoamérica en 2016 tuvo mucho eco en los medios de todo el mundo al
coincidir con los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. En España aparecieron
varios casos importados ese verano.
LAS
PRIMERAS NOTICIAS SOBRE EL NUEVO CORONAVIRUS
A principios de enero de 2020 las agencias y los
corresponsales empezaron a informar de una rara neumonía en Wuhan, China. El
primer muerto se produjo el 11 de enero. Las informaciones incluían
comentarios sobre la habitual falta de transparencia de las autoridades chinas
en cuestiones delicadas. No sabíamos de la gravedad de la infección pero en
poco tiempo había dejado de ser local: llegaron casos importados a Japón, a
Hong Kong, a Tailandia…
Era evidente que personas infectadas podían viajar en avión
con pocos o ningún síntoma y propagar el virus en su lugar de destino. Sin
embargo, aún no sabíamos bien cómo se transmitía la enfermedad y hasta qué
punto era grave.
Poco a poco, los medios de comunicación empezamos a
informar más ampliamente sobre el tema, primero dando las novedades: cuántos
casos constaban ya, dónde, cuántos fallecidos… Cuando llegó el momento de
añadir explicaciones, muchos periodistas descubrieron que no tenían agenda para
ello. Empezó la búsqueda de virólogos y epidemiólogos recordando cuándo se había
consultado con algunos (por ejemplo, en el caso de difteria en Olot). El
Ministerio de Sanidad delegó en su Centro de Coordinación de Alertas y
Emergencias Sanitarias la responsabilidad de informar. Llegaron las
comparaciones con la gripe estacional. Y llegaron los mensajes de calma de las
autoridades.
Para entonces ya había en las redacciones una apreciable división
entre quienes pensaban que se debía dedicar más espacio a hablar de la
evolución y expansión de la nueva enfermedad y quienes consideraban que se
estaba exagerando su importancia y alarmando a la gente (recordemos las
reacciones a la cancelación del World Mobile Congress de Barcelona). La
discrepancia se repetía entre la población. Entre el secretismo chino, los
mensajes cambiantes de las autoridades, la prudencia de los científicos y la
persistencia de cierto descrédito de la OMS, remanente de crisis anteriores,
los periodistas teníamos claro que no pisábamos terreno firme.
Los informadores estamos siempre deseando que surja una
noticia que interese a todo el mundo, tenga mucho recorrido y nos permita hacer
lo que más nos gusta: contarle al público lo que no sabe y quiere saber. Pero
hay que ser capaces de identificarla. Detectar cuándo es el momento de dedicar
más tiempo o espacio a un tema es una de las claves en los medios de
comunicación. Si no se acierta a la hora de dar relevancia a una información,
le haremos un flaco favor a la audiencia: podemos alarmarla innecesariamente o bien
transmitirle erróneamente la idea de que no ocurre nada grave. No es fácil. Y
las consecuencias son malas: para los medios, la pérdida de credibilidad; para
la ciudadanía, entre otras, la pérdida de confianza.
La discrepancia en las redacciones desapareció pronto. Por
un lado, la realidad se impuso: los contagios aumentaban, así como las muertes,
y cada vez se daban en más países. Por otro, hablar de la nueva enfermedad
hacía ganar audiencia. No tengo muy claro cómo fue el mecanismo esta vez, quizá
las tertulias donde hablaban más “todólogos” que expertos sembraron la
inquietud y ese público buscó más datos en los medios de comunicación (y en
internet y entre amigos y familiares…) o tal vez fuimos los propios espacios
informativos los que encendimos la mecha, no lo sé. En cualquier caso,
audiencias y medios nos retroalimentamos y el tema creció hasta desplazar, en
marzo, con el confinamiento, a todos los demás. Solo la pandemia era noticia.
INFORMACIÓN
EN TIEMPOS DE CRISIS
Los periodistas especializados en salud marcaron la pauta
en las redacciones. No sucede muy a menudo que la especialización en sanidad, o
en ciencia en general, se valore más que ninguna otra en un medio generalista.
En el panorama informativo global ganaron puntos los medios especializados
online; también los blogs y canales de YouTube de médicos, biólogos,
genetistas, expertos en salud pública… Las noticias se trufaron de
declaraciones de muchos de ellos. Las agendas más cotizadas eran las que tenían
muchos contactos en esos sectores. Cada entrevistado que aparecía en un medio
era rápidamente reclamado por otros.
Se seguían las ruedas de prensa de la OMS y durante los
primeros meses del año se ponían pocos peros a lo que en ellas se decía. El
organismo declaró emergencia sanitaria internacional por lo que entonces se solía
llamar “el nuevo coronavirus” o “el coronavirus de Wuhan” el 31 de enero, un
mes después de que China le hubiera notificado oficialmente la aparición de una
neumonía rara. El 11 de febrero le dio oficialmente el nombre de COVID-19
(Coronavirus Disease 2019), causada por el SARS-CoV2, el segundo coronavirus
responsable de un Síndrome Agudo Respiratorio Grave y el primero en originar
una pandemia: la OMS la declaró el 11 de marzo. Este organismo recoge en su web
una cronología de sus actuaciones sobre esta enfermedad.
En esas fechas explicábamos qué es un coronavirus, qué
significaba la declaración de pandemia y cuáles eran los criterios para
hacerla; informábamos del posible origen del virus y de las probables vías de
contagio. Se abrió el melón de las zoonosis, de los animales que actúan como
huéspedes de enfermedades y de transmisores de mutaciones capaces de infectar
al ser humano. Incorporamos términos como “gotículas” y empezamos a buscar expertos
en contagio, higiene y desinfección. Más tarde añadimos otros muchos relativos
a vacunas y a tratamientos, con especialistas en estos campos. Se puede decir
que hemos hecho un curso acelerado estos meses.
Esas informaciones convivían con las de enfermos,
hospitalizados, ingresados en UCI y fallecidos. A mediados de marzo ya se hablaba de hospitales desbordados y servicios funerarios que no daban abasto.
Aunque no había tratamiento específico contra este nuevo virus, los
profesionales de medicina intensiva, neumología y otras áreas probaban fármacos
ya existentes para combatir los síntomas más graves. Esos médicos compartían
los resultados y la información terminaba reflejándose en los medios, deseosos
de dar alguna buena noticia.
El 9 de marzo Italia confinó a toda su población, algo que
había hecho previamente solo en la zona norte del país. Aquellos comentarios de
que el confinamiento estricto de la ciudad china de Wuhan solo era posible en
un país más autoritario y con menos respeto a las libertades que Occidente
cayeron en el olvido. Otros estados siguieron a Italia; España, una semana
después. Los medios se volcaron en contar el encierro, dar explicaciones,
justificaciones, consejos, recoger opiniones, reacciones, consecuencias. Los
aplausos a los sanitarios, captados por cámaras profesionales o móviles
particulares, se mostraron durante muchas semanas. Era como una guerra en la
que todos estábamos en el mismo bando y la información tenía algo de la clásica
propaganda para mantener altos los ánimos.
El confinamiento complicó aún más el trabajo de los
periodistas. Aunque éramos un servicio esencial y podíamos movernos, no era el
caso de muchas de nuestras fuentes. Las entrevistas por Skype o las
declaraciones e imágenes grabadas con teléfono móvil pasaron a ser lo más
habitual. El teletrabajo llegó para despejar las redacciones y reducir el
riesgo de contagios (que, pese a todo, se han seguido produciendo). Mis
recuerdos de esos meses incluyen el aislamiento con un pequeño núcleo de
profesionales en lo que humorísticamente llamábamos “el búnker” o el “Área 51”,
un retén que trabajaba sin ningún contacto con el resto de compañeros en unas oficinas
alquiladas, por si un contagio masivo obligaba a cerrar Torrespaña y debíamos
hacernos cargo, cual ocupantes del arca de Noé, de repoblarla.
Creo que hasta aquí es suficiente cronología para refrescar
los recuerdos. Abordemos ahora algunos aspectos más complejos.
PERSONALIDADES
Y PERSONAJES
No es lo más frecuente en una redacción que las ruedas de
prensa de las que van a salir los grandes titulares no las den políticos sino
técnicos. Ocurre por ejemplo en procesos judiciales, en catástrofes naturales, desapariciones
y otras tragedias (recordemos la operación de rescate del pequeño Julen tras su
caída en un pozo en Totalán a principios de 2019).
En esta pandemia cada país ha tenido sus referentes en la
presentación de los datos, la explicación de la gestión sanitaria y la
respuesta a las infinitas preguntas de los informadores. Alguno de esos
referentes se ha hecho conocido en todo el mundo, como el estadounidense doctor
Fauci, uno de los asesores de la Casa Blanca en esta crisis. En España esa
figura es Fernando Simón, médico epidemiólogo y director del Centro de
Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias.
El papel protagonista de Simón ha llevado a muchos
ciudadanos y no pocos periodistas a considerarlo la fuente infalible de todo
conocimiento sobre la Covid-19. Por eso mismo ha recibido muchas críticas
cuando alguna de sus declaraciones contradecía a otra anterior (las han
recibido igualmente el Director General de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus,
o el Director Ejecutivo del Programa de Emergencias de ese organismo, Mike Ryan).
Quizá no es culpa suya, o no solo suya, que la población
espere afirmaciones tajantes, directrices infalibles y protocolos inamovibles. En
una enfermedad nueva el conocimiento va llegando de forma paulatina, y eso es
así incluso en esta, en la cual la movilización de equipos científicos en todo
el mundo, el avance de las investigaciones y la transmisión de información han
sido notables.
Sea como sea, desde las autoridades sanitarias y políticas se
ha afirmado primero que teníamos muy pocos casos y se estaban rastreando los
contactos, para no mucho después reconocer la existencia de una transmisión
mucho mayor y descontrolada. Han asegurado que el contagio era por contacto
-lávense las manos, desinfecten todo-, por gotas de saliva y de estornudos
-tápense, usen mascarilla-, y finalmente, también por aerosoles, gotas mucho
más pequeñas -ventilen, sustituyan el interior de los locales por las
terrazas-. A la gente se le ha dicho que para la población sana no tenía
sentido llevar mascarilla, luego se le ha recomendado ponérsela y
posteriormente se le ha obligado; la recomendación de usar guantes marchó en
sentido contrario. Se ha reducido el aforo permitido en establecimientos pero
no en aviones o trenes ni se ha aumentado la frecuencia del transporte público
para reducir su ocupación. Durante el confinamiento se cerraron los parques;
más tarde se ha pedido que el mayor número posible de actividades se efectúe al
aire libre.
La figura de Simón ha sufrido un enorme desgaste. Se le ha
identificado con la ideología política del gobierno. Se le han hecho críticas
por motivos ajenos a su labor, ya fueran su aspecto, aficiones o actividades
extraprofesionales. Los medios hemos contribuido mucho a ello. Pocas cosas nos
gustan tanto como derribar mitos.
O crear otros. Ciertos personajes han encontrado un
escaparate estos meses. Algunos, haciendo afirmaciones que iban a la contra de
la tónica general. El cirujano -que no epidemiólogo ni virólogo- Pedro Cavadas,
por ejemplo. No me haré eco de sus palabras, pero es fácil encontrarlas en
internet, con valoraciones opuestas según quién las publique.
Ha sido como mínimo curioso el caso de Iker Jiménez. El
periodista, a menudo altavoz de teorías conspirativas y misterios dudosos, se
ha puesto en contra a una parte de sus seguidores por rechazar que este
coronavirus no exista o que haya una conspiración de poderosos, una
“plandemia”, para someternos.
En cuanto a los políticos, no tardaron mucho en recuperar
el protagonismo. Las tensiones entre gestión centralizada y autonómica, la
disyuntiva entre priorizar salud o economía, salud o educación abrieron la
brecha en el dominio de la información puramente sanitaria. La polarización y
las acusaciones cruzadas volvieron a dar espacio a los bloques de declaraciones
de líderes políticos, ahora con un discurso aún más crispado. De esto podrían
hablar mejor los compañeros que se dedican a la información política.
LOS
“OTROS MEDIOS” Y LA DESINFORMACIÓN
Termino estas reflexiones con una cuestión muy grave. Esta
pandemia ha surgido en un momento en que los bulos, la desinformación y las
pseudociencias ya llevaban tiempo identificados como problemas serios de la
sociedad actual. Por eso nos ha pillado con las estructuras de detección y
denuncia ya preparadas. Eso no quiere decir que se haya impedido o reducido su
aparición, pero sí que los periodistas (diría que también buena parte de la
población) estábamos -estamos- muy atentos no solo a entender las cosas bien
para explicarlas sin errores, como habitualmente, sino a que “no nos la
colaran”. Sin embargo, la cada vez más frecuente exigencia de inmediatez en
nuestro trabajo nos ha hecho pagar muchos peajes.
Dejemos clara una cosa: hemos emitido y publicado
informaciones contradictorias a raíz de que nuestras fuentes, ya sean
políticos, médicos o investigadores, se hayan ido contradiciendo en algunos
casos, rectificando o matizando en otros. Reconozcamos también que la
simplificación necesaria ha hecho desaparecer en muchas noticias los matices y
prevenciones que introducían esas fuentes.
Y otro apunte importante: no es lo mismo la información que
la especulación o que la opinión. Se han visto muchas tertulias, debates,
entrevistas y hasta reportajes en los que la información objetiva era el más
escaso de los componentes. El público conoce, o debería conocer, el grado de
rigor del medio al que acude, su tendencia o no al sensacionalismo, su
preferencia por las voces más capacitadas o por las que más llaman la atención.
Esta pandemia ha sido vista por muchos como la ocasión para captar audiencia,
pero por pocos como una prueba a la que someter a nuestra ética profesional.
Hablo, claro, de los medios de comunicación tradicionales. Sin
embargo, si algo caracteriza estos últimos años es la difusión de información
(y desinformación) por otro tipo de medios: redes sociales, servicios de
mensajería instantánea, webs con apariencia de periódicos digitales…
Los bulos surgen de grupos de interés o de individuos. Las
motivaciones son muy variadas, a menudo ideológicas pero también económicas, e
incluso la ignorancia y el miedo. Desde la aparición de esta enfermedad se ha
vivido, paralelamente, una auténtica “infodemia”, en la que la desinformación
se ha sumado a los problemas puramente sanitarios. Distintos equipos de
verificación han desmentido centenares de bulos. Newtral tiene un interesante
gráfico sobre su temática y protagonistas, así como otro sobre el número de
ellos que surge en cada fecha.
Maldita.es llevaba desmentidas a fecha de redacción de este
texto 787 “mentiras, alertas falsas y desinformaciones sobre COVID-19” (ahora ya son 866),
además de 15 teorías conspirativas. En Verifica RTVE hay multitud de
informaciones desmentidas, al igual que en EFEVerifica.
La avalancha de falsedades parece imposible de frenar. Casi
no habrá persona en este país que no haya leído o escuchado alguna, pues de las
redes saltan a las conversaciones y se reproducen en los medios (aunque, por
desgracia, no siempre para desmentirlas). Puede resultarnos entretenido ver
cómo un “experto” relaciona, en un vídeo de YouTube, el despliegue de redes 5G
con la expansión del virus. Puede parecernos divertido que haya grupos de
población (con un famoso cantante alentándolos) que asocian las vacunas con el
implante de microchips para controlarnos a todos, pero la cuestión deja de
tener gracia cuando es el presidente de una universidad quien lo afirma o
algún político quien le da credibilidad. Que el presidente de Estados Unidos sugiriera
como tratamiento contra este coronavirus inyectar desinfectante al enfermo o
meterle luz ultravioleta en el cuerpo resultó cómico hasta que más de un
centenar de personas se intoxicaron tratando de aplicarse tal tratamiento , algo de lo cual Trump no se sintió en absoluto responsable.
Enumerar los centenares de bulos llegados de la mano de la
pandemia alargaría innecesariamente este texto. Dejo al lector curioso la tarea
de buscarlos y, en su caso, denunciarlos a algunos de los equipos verificadores
ya mencionados.
jueves, 31 de diciembre de 2020
Otro más
Todos los años agradezco esa sensación de final y comienzo que nos permite por estas fechas el tener el tiempo dividido, compartimentado. Puedo imaginar que cuando uno de los periodos marcados se termina, todo lo que ocurrió en ese tiempo se queda atrás y empieza algo totalmente nuevo. Es más fácil no ensuciar que limpiar, decía mi madre; es más fácil no estropear que arreglar, y este año que empieza intentaremos no estropear nada, por muy hecho polvo que nos haya quedado todo en el pasado.
Porque el balance del año es malo, digámoslo claramente. Las relaciones personales y sociales o han hibernado o se han deteriorado o directamente han fenecido. Al principio las redes parecían una buena forma de mantener el contacto pero en mi caso ha ocurrido justo lo contrario, no sé si porque las he puesto a hibernar también o porque he descubierto que es más fácil vivir sin hacerles mucho caso. Las personas no son su avatar en el mundo virtual. Tampoco son sus mensajes ni su voz por el teléfono, ni siquiera su cara en una pantalla.
El año que asoma no tiene muy buena cara de momento. A ver si coge brillo, que no estamos para muchas penumbras más.
lunes, 21 de diciembre de 2020
Queridos Reyes Magos
Queridos Reyes Magos:
Son
tiempos extraños. Este año han ocurrido cosas como que algunos llegaran a odiar
las paredes y el techo que los cobijaban y desearan por encima de todo
encontrarse al aire libre. No es mi caso. Después de tantos años, mi hogar
actual es para mí el lugar más acogedor y seguro del mundo.
Pero
estas navidades serán distintas. Me faltará el hogar de mi infancia, donde siempre
hemos celebrado parte de las fiestas, incluidos vuestra visita y los
regalos que nos dejabais. Esa casa está en proceso de transformación. Dejará de
ser lo que fue y se adaptará a circunstancias nuevas.
Así
que este próximo 6 de enero no habrá nadie allí para abrir regalos y comer roscón con chocolate. Podéis dejarme lo que pensarais traerme en esta casa
donde pronto dejaré de estar. Habrá aquí también un regalo especial, hecho con
esfuerzo y cariño, para una persona que no lo recogerá. Vosotros, que recorréis
distancias tan grandes, deberíais explicarnos cómo salvar otras mayores.
Cambiar
de casa, de trabajo, perder a personas que te importaban y que te hacían feliz…
Son techos que dejamos de tener sobre nuestras cabezas. Hogares emocionales que
perdemos. La vida sigue, pero cuesta más esfuerzo. La añoranza le roba espacio
a la alegría.
Así
que, queridos Reyes Magos, traedme esperanza.
Este relato participa en los #relatosHogar de @divagacionistas
lunes, 30 de noviembre de 2020
Apuestas
- ¿Cómo va la cosa?
- Psé. Lo de los impuestos pinta mejor que lo de los empleos, pero tampoco gran cosa. No se ve un claro ganador esta vez.
Cada cual ante su ordenador, los miembros del equipo parecían aburridos mientras analizaban los programas electorales. Alguno daba sorbos a su taza de café, otros miraban al móvil... De pronto se alzó un murmullo en dos de las mesas.
- Parece que alguien apuesta fuerte al cambio constitucional.
El murmullo cesó, volvió el tedio.
Un hombre de pelo canoso se acercó a la mesa del jefe y hablaron un rato en voz baja. Cuando volvió a su ordenador, se puso a teclear con entusiasmo. Al cabo de un par de horas regresó con varias candidatas.
- Tengo la ruptura del Concordato, el traslado de los restos del dictador, un referéndum y luego, claro, siempre está el tema de la educación, en uno u otro sentido.
- Gracias, lo vemos en la reunión de después de comer.
Quizá fue el efecto del vino de la comida o quizá el ansia por terminar aquella tarea; el caso es que el debate fue breve y bastó una votación para decidir.
- Señores, hay ganador. Nuestra apuesta para la promesa electoral incumplida más criticada de esta legislatura será el traslado de los restos del dictador. Es, con mucho, la de componente más emotivo, la más polarizadora y la que más presión en contra hallará. Se ha impuesto con holgura a la segunda más votada, la ruptura del Concordato con la Santa Sede.
El portal publicó, por fin, su vaticinio, en el que coincidieron dos webs más. El dinero empezó a moverse.
Sería la primera vez que fallaba.
Esta entrada participa en los #relatosPromesas de @divagacionistas.
lunes, 26 de octubre de 2020
Inmortales
Siempre me gustó conservar el pasado, el mío. Fui la que se puso manos a la obra un día y colocó en álbumes las fotos que tenían mis padres guardadas en cajas. Conservé tareas escolares de mi niñez y cuadernillos de notas de mi adolescencia. Cuando mis padres hicieron obra en casa, me acerqué una tarde para rescatar, de entre los cascotes. fragmentos de los distintos papeles pintados con que habían estado empapeladas las paredes de mi cuarto y del de mis hermanos. Atesoré las cartas (bendito papel) que me escribieron familia, amigos y novios en los tiempos huérfanos de internet. Guardé manualidades hechas en el colegio. Y escribo desde los 14 años un diario en papel.
Después de fallecer mis padres he emprendido la dura tarea de vaciar su casa y arreglarla. Han brotado toneladas de papeles de todas partes. La mayoría, inútiles ya, han terminado destruidos y en el contenedor pero unos pocos me han dibujado la vida de mis progenitores. De un maletín surgieron la tarjeta con que mis abuelos anunciaron a sus allegados el nacimiento de mi padre, la cuartilla donde anotaron su curioso vocabulario infantil, sus notas del colegio y el instituto... De otro maletín brotaron las calificaciones de mi madre y, de un cajón, una trenza de pelo castaño, que se cortó después de casarse. Allí estaban también el primer contrato de alquiler de su casa y el del suministro eléctrico, la escritura de propiedad cuando la compraron y la cancelación de la hipoteca, muchos años después.
En una vitrina, una cajita resguardaba las cartas de amor que intercambiaron durante su breve noviazgo a distancia. En un armario he encontrado contratos de trabajo de ambos y muy variadas muestras de su buen hacer profesional, incluyendo dibujos de mi padre que merecerían haber colgado, enmarcados, de las paredes. Facturas de los muebles que compraron, letras que firmaron, bocetos de cómo imaginaban su dormitorio. Montones de fotos. Y muchas cosas nuestras, de sus hijos, desde cuadernos de dibujo a notas del colegio. Había también ropa, incluyendo colchas, manteles y sábanas retirados ya del uso pero que nunca se decidieron a tirar.
Siendo la sentimental que soy, he decidido conservar muchos de estos hallazgos. Aspiro a reconstruir con ellos la historia de la vida de mis padres. Me estoy sintiendo muy, muy vieja con esto, pero también un poquito inmortal, como ahora lo son ellos.
Esta entrada participa en los #relatosBrotes de @divagacionistas
lunes, 28 de septiembre de 2020
Picos y pañales
Cambiar pañales puede pareceros una tarea algo desagradable pero el pañal sucio se cierra y el paquetito va a la basura, muchas veces sin que apenas se manche uno los dedos.
Soy de una generación anterior a la generalización de los pañales desechables. Parece que fue hace una eternidad pero no es tanto; al menos, no tanto como para no recordar con detalle lo que eso suponía. Cambiar al bebé implicaba tirar los residuos sólidos al retrete y lavar el pañal y el pico sucios, pringados, mojados, malolientes...
Las canastillas de los bebés incluían decenas de lienzos cuadrados de algodón de trama poco tupida -los pañales- y otros triangulares más compactos -los picos-. Los pañales se doblaban en tres para dejarlos como rectángulos alargados y se colocaban sobre el triángulo invertido que era el pico; se tumbaba al bebé boca arriba sobre el conjunto, se le cubría con el pañal y la punta inferior, se cerraban las laterales sobre todo ello y se fijaban con un imperdible. Pronto la forma del pico dio paso a otra de tipo reloj de arena, con cintas, luego velcros, para fijar ambos lados sobre las caderas.
De niña lavé a mano pañales y picos de mi hermano menor. Para cuando nació mi hermana más pequeña, los pañales desechables ya se vendían en los supermercados a precios asequibles. Es, desde luego, más higiénico: evita el contacto con orina y heces. Es también menos sostenible: genera una inmensidad de residuos no reciclables. Muchas páginas web animan a volver a utilizar los pañales de tela. Se venden unos parecidos a los de mi infancia, aunque estéticamente más cuidados. Lo que no vuelve son los picos triangulares. Era una solución simple pero poco eficaz para los tiempos actuales.
Recuerdo con cariño uno de aquellos imperdibles -con cierre de seguridad- para sujetar los picos. Tenía una cabeza de cerdito en plástico rosa. Uno de esos objetos de la infancia que tenía olvidados hasta hoy.
Con esta entrada participo en los #relatosPicos de @divagacionistas.
Una foto
Como
cada tarde, empezó por colocar en sus estanterías los libros devueltos a lo
largo de la mañana. No eran muchos pero eran cada vez más.
Desde que la pusieron a teletrabajar
con lo de la pandemia había decidido buscar una casita en algún pueblo. Un
lugar donde pudiera tener más de los veinticinco metros cuadrados que en Madrid
se le llevaban medio sueldo y donde la ventana del dormitorio-salón-cocina no
diera a un patio interior. Un lugar desde donde poder visitar a sus padres los
fines de semana sin pasarse horas en un autobús.
Aquel pueblo estaba a una distancia
prudencial, la señal de wifi era lo bastante buena y había para alquilar una
casita de dos alturas muy bien de precio. Se instaló en la planta de arriba, y
en la de abajo, en la diáfana estancia principal, arrinconó la mesa de comedor
y colocó su mesa de trabajo.
Las paredes, llenas de estanterías
vacías, le dieron la idea. Se trajo de casa de sus padres todos los libros que
había ido acumulando durante años en cajas, a falta de espacio, y los
distribuyó por los estantes. Luego hizo un cartel que colgó en la puerta de
entrada.
Los vecinos no habían tardado en preguntar. Ella explicó que prestaría sus libros gratis, solo por el placer de ver a otros disfrutar de su lectura como había disfrutado ella.
Pronto tuvo un pequeño grupo de
habituales. Y luego gente nueva que venía con peticiones concretas,
recomendaciones de otros.
Esa mañana, al ir a guardar un
volumen, vio que entre las páginas asomaba el pico de un papel.
No
era raro que alguien se dejara el papelito con que había ido marcando la página
en que interrumpía su lectura (les había rogado a todos que no doblasen la
esquina de la hoja). Tiró del pico para sacar el papel. Era una foto. Un niño y
una niña de unos doce años cogidos de la mano ante un colegio. La niña era
ella.
Escrita
por detrás, una frase: ¿Me recuerdas? Y una firma: Toño.
Miró
en su cuaderno a quién le había prestado ese libro. Antonio Álvarez. En aquel
momento el nombre no le había dicho nada. Ahora le trajo mil recuerdos, entre
ellos el de un beso de despedida cuando él cambió de barrio y de colegio.
Sonrió,
guardó la foto en el cuaderno y colgó el cartel de Abierto en la puerta.
Con esta entrada participo en la convocatoria #relatosPicos de @divagacionistas.
lunes, 27 de julio de 2020
Solo sabemos más
Me imagino, por ejemplo, informando a gente del siglo XII de que la falta de higiene nos hace contraer infecciones potencialmente mortales. Que hay seres microscópicos, invisibles, capaces de invadir nuestro cuerpo y, venciendo toda resistencia, acabar con nuestra vida. Me tomarían por loca.
O me imagino explicando a los antiguos romanos que la Luna es un cuerpo similar a la Tierra, que estamos enlazados por la gravedad en función de nuestras respectivas masas y que la distancia entre una y otra se puede salvar con determinadas condiciones. Pensarían que sufro una forma curiosa de locura.
O revelando a gente de cualquier época que los dioses son solo invenciones del ser humano, que cada sociedad, cada cultura, les da las características que interesan para cohesionarla o para reforzar el poder de quienes lo ostentan, y que las "revelaciones divinas" no superan nunca los conocimientos humanos del momento, rebatidos actualmente en su mayoría por la ciencia. Quienes no me tomaran por loca, me acusarían de subversiva. En cualquier caso, me encerrarían o me ejecutarían.
No estamos locos, solo sabemos más.
Con esta entrada participo en los #relatosLocura de @divagacionistas.
sábado, 27 de junio de 2020
In memoriam
Morí en una de esas ocasiones en que estábamos juntos. También de repente. Seguramente sin darme cuenta de que ya no recuperaría el conocimiento nunca más. Ni mi marido ni yo pensábamos que hubiera nada después. Viviré en el recuerdo de quienes me amaron.
Con esta autobiografía imaginaria de mi madre, a modo de homenaje, participo en los #relatosMadres de @divagacionistas
jueves, 25 de junio de 2020
Notarios
¿Y si quieres dejar constancia de lo que ves, explicar lo que haces, expresar lo que sientes, pero no quieres airearlo? Para eso están los diarios privados, los personales e íntimos. Esos que jamás querrías que nadie leyera. El reducto de la sinceridad absoluta. La crónica del viaje entre lo que empezaste siendo y esto en lo que te has convertido. Los deseos que se cumplen y los que no, los logros y los fracasos. Y, sobre todo, las sensaciones, opiniones, miedos, odios y amores.
Si un diario es sincero, leer en tu madurez las palabras de tu juventud quizá te avergüence o te llene de ternura. Tal vez te ayude a entender, años después, por qué te enamoraste de esa persona en quien ahora eres incapaz de ver ninguna virtud, o por qué dejaste escapar a esa otra con la que sin duda habrías llegado a entenderte a la perfección. Te permitirá recordar por qué aceptaste ese trabajo o rechazaste aquella oferta o te rendiste cuando estabas a punto de conseguir...
Si eres de los que quieren saber la verdad y no la versión adaptada, edulcorada y complaciente que nos vamos fabricando con los años, escribe un diario solo para tus ojos. Sé notario de tu vida. Descubrirás tus defectos y, si eres valiente, aprenderás de tus errores.
lunes, 25 de mayo de 2020
Como los gatos
Puedo imaginar más de un lugar real o virtual que me haga el mismo efecto que esos círculos a esos animalitos. Alguna vez he sentido que el simple hecho de meterme en la cama me aislaba del mundo. También me he refugiado en las páginas de un libro. O detrás de unas gafas de sol, como si mirar sin que nos vieran los ojos nos protegiera de algo. Hay niños pequeños que cuando juegan al escondite se acurrucan a la vista de todo el mundo pero se tapan la cara y eso ya les da la sensación de estar fuera del alcance de las miradas ajenas.
Hay quien se refugia en el silencio, aunque eso, más que un círculo, sería una esfera. Y hay quien no necesita nada físico en torno para sentirse sumergido en una burbuja protectora porque sabe aislarse mentalmente de lo que tiene alrededor.
Por las noches, cuando me relajo e intento dormir, los pensamientos que me he esforzado en relegar durante el día se cuelan por las rendijas y se adueñan de mi cerebro. Pero esta noche voy a ensayar la táctica de los gatos. Dibujaré mentalmente un círculo vacío y me meteré en él para dejar fuera todo aquello en lo que no quiero pensar.
Esta entrada participa en la convocatoria #relatosCírculos de @divagacionistas
martes, 19 de mayo de 2020
De noche
Rehúyo los lugares donde se congeló el último recuerdo. Los recuerdos ya no llevan a ninguna parte.
El silencio a estas horas no es acogedor. Hace eco.
Y el pensamiento no sabe encontrar un camino conocido para volver a casa.
lunes, 27 de abril de 2020
A la defensiva
Ni una sola incorrección, ni una coma de más, ni una tilde indebida. El lenguaje era fluido; el estilo, informal pero no vulgar; el contenido, claro e interesante; la sensación... acogedora.
Leía a diario decenas de correos, casi todos de trabajo. Nunca se había acostumbrado a las faltas de ortografía ni a las patadas al diccionario, tampoco a los tópicos ni a la morralla. Y echaba de menos encontrarse con alguno, aunque fuera solo uno, que pudiera leerse en paz, sin la menor incomodidad. Lo mismo podía decir de los informes que le tocaba supervisar.
Muchos de sus compañeros tenían formación universitaria, lo cual –había comprobado– no garantiza un buen conocimiento del propio idioma. En su caso, lo tenía desde que terminó la enseñanza secundaria. Cuestión de interés, suponía, y de respeto hacia los demás. Lo de detectar todos los errores y sentir pena, desagrado o indignación, según los casos, le parecía más bien una maldición.
El primer correo en dos años al que no podía ponerle una sola pega lo remitía alguien a quien no conocía personalmente. Una lástima, no era fácil encontrar personas que se expresaran tan bien y aparentemente con tanta facilidad.
Decidió añadir una breve felicitación por ello a su respuesta. Se estaba saliendo de lo estrictamente profesional pero... pocas cosas le producían tanto bienestar como ponerse a leer sin estar a la defensiva.
El placer de compartir el amor por el lenguaje.
Esta entrada participa en los #relatosPlaceres de @divagacionistas.
lunes, 30 de marzo de 2020
No tocar
Pero sí hay un límite extraño que me cuesta asumir: el de no tocar nada. Lavarme las manos si lo hago sin querer o por necesidad. Desinfectar mi puesto de trabajo cuando llego. Ahora todo es un peligro en potencia. Me acerco a comentar algo con alguien y tengo que echar el freno un metro antes de lo que mi cultura mediterránea me marca como normal. El viernes una compañera lloraba tras recibir la noticia de la muerte de un amigo y ninguno pudimos abrazarla, no hubo más consuelo que el de las palabras dichas a través de un muro invisible de precaución.
Hace dieciocho días que no toco a nadie. A requerimiento de mi empresa, mi aislamiento empezó un par de días antes de que se impusiera en este país. No es que yo sea muy de tocar, pero desde luego no soy muy de evitar. Echo de menos una mano en el hombro, una palmadita amistosa. Los besos de mis seres queridos han quedado para otra ocasión. A la persona a la que más querría abrazar ni siquiera puedo ir a verla.
La mano es la herramienta del alma, dice un poema de Miguel Hernández. Si las manos trabajan pero no acarician, una zona del cerebro nota un inmenso vacío.
Esta entrada participa en la convocatoria #relatosLímites de @divagacionistas
lunes, 24 de febrero de 2020
Más vale que falte
Leyó de un tirón y releyó parándose en cada palabra.
Vaya panorama. La falta de sueño parecía asegurar una vida poco agradable.
Mareos, dolor de cabeza, problemas gastrointestinales, reacciones alérgicas, somnolencia, problemas de memoria, de atención, tolerancia, efecto rebote y síndrome de abstinencia.
Los somníferos también podían traer problemas. Era como elegir entre el fuego y las brasas.
Yoga, meditación, hipnosis, masturbación, técnicas de relajación, leer, escuchar música, darse una ducha caliente... Podía volver a probarlo todo pero nada había funcionado la primera vez.
Su gato dormía quince horas diarias. Su sobrinillo de dos meses casi lo mismo. Su marido podía, si le dejaban, llegar a diez los fines de semana. Ella nunca había necesitado más de seis y la mitad de los días no conseguía llegar ni a cuatro. Los envidiaba a todos, envidiaba su modorra, su remoloneo en la cama, su apego al colchón. Hasta aquel día.
Se dio un golpe en la cabeza contra una puerta de cristal. El dolor no fue muy intenso. La ceja se hinchó y se amorató. Luego el amoratamiento bajó hasta rodear el ojo por completo. Ella no se preocupó. No parecía haberse roto ningún hueso.
Al segundo día notó algo muy extraño. A media mañana tenía sueño. No le había ocurrido nunca, ni siquiera los días en que dormía solo tres horas. A media tarde le costaba mantenerse despierta. Se quedó frita nada más llegar a casa. Al día siguiente la somnolencia era constante. Le costaba entender lo que leía. Se hubiera echado la siesta de pie en el autobús de vuelta. Volvió a caer en la cama sin cenar y le costó abrir el ojo a la mañana siguiente. Fue al ambulatorio, donde la enviaron de inmediato al hospital. Examen, preguntas, TAC... Tenía una conmoción cerebral.
Después de unos días de baja en que se sintió zombi tuvo claro que quien necesita dormir y no puede es mucho más desgraciado que quien quiere pero no lo necesita. Si algo tiene que escasear, que sean las ganas y no la posibilidad de satisfacerlas, se dijo.
Esta entrada participa en la convocatoria #relatosEscasez de @divagacionistas.
lunes, 27 de enero de 2020
SeekFreak
- Suena bien. ¿Y en qué dice que consiste?
- Pretendemos poner en contacto a gente que tiene las mismas manías, los mismos gustos excéntricos, las mismas pasiones poco comunes. Te ayuda a descubrir que no estás solo en tus frikadas, lo cual alivia psicológicamente. Puede desembocar en la creación de clubes o asociaciones, incluso.
- ¿Cómo funciona?
- Tenemos creadas unas categorías por defecto y hemos puesto ya algunas rarezas a título orientativo. Pero la gracia del asunto es que permite al usuario hacer subcategorías y añadir sus propias particularidades. Por ejemplo, tenemos la categoría de fetichismo, la de alimentación, la de ocio y cultura... En fetichismo hemos hecho divisiones: sexual, cinematográfico... En alimentación estamos pensando si incluir, por ejemplo, ascos además de amores y odios.
- Veo complicado lo de que se puedan abrir categorías nuevas por parte del usuario. ¿No se convertirá eso en una maraña incomprensible?
- Bueno, tenga en cuenta que el rarito, en el fondo, no quiere sentirse uno más del montón. Si ve que en su grupo hay demasiada gente, querrá diferenciarse. Es como si dentro del fenómeno fan, sección cine, subsección peliculas de ciencia ficción, grupo Star Wars, una persona se inscribe en los haters de Luke Skywalker. Pero se encuentra con que allí no todos odian al tipo ese por los mismos motivos. Entonces puede abrir subcarpeta para quienes creen que fue un lameculos de Yoda, pongo por caso.
- Me da a mí que la categoría fenómeno fan va a ser un sindiós.
- Quizá, pero es el nicho de mercado más amplio. Aunque, fíjese, en lo que más esperanzas tengo puestas es en la alimentación.
- No me diga. ¿Por qué?
- Porque cada vez conozco a más personas a las que les han, digamos, diagnosticado una rara combinación de alergias e intolerancias que no se da en nadie más, según el gurú de turno. Buscar a alguien con el mismo problema no debería ser difícil con nuestra app.
- Me está convenciendo. ¿Quedamos la semana que viene su equipo de desarrolladores y mi equipo financiero?
Esta entrada participa en los #relatosRarezas de @divagacionistas
lunes, 23 de diciembre de 2019
Entrando en órbita
2 de marzo de 2004. Empiezo un viaje muy, muy largo, y este será mi diario privado. Voy a dar algunas vueltas por entornos familiares y luego me aventuraré en otros más remotos. Dormiré una parte del camino para ahorrar energía.
Primer año de expedición. Vuelvo a acercarme a casa pero solo para coger impulso. Aunque me apena alejarme, sé que todavía volveré por aquí un par de veces.
Dos años más. Ahora el tirón gravitatorio me lo da el vecino rojo. No soy el primero que se aproxima a él, ni el segundo, ni el... vamos, que es un vecindario muy concurrido.
Otros nueve meses y vuelvo a rondar mi punto de partida. Me apena pasar de largo pero me alegra comprobar que sigue ahí.
Han pasado diez meses y en el plan de viaje está sobrevolar un pequeño mundo, el asteroide Steins. Me pillaba de paso y así puedo hacer pruebas y enviar imágenes para comprobar que todo funciona bien. Somos dos viajeros solitarios que se cruzan en el espacio. Paso de largo. Mi misión me llevará mucho más lejos.
Catorce meses más y llega el momento de decir adiós definitivamente a la Tierra. Un último acercamiento para tomar impulso y... ay.
Al cabo de ocho meses, otro encuentro fugaz, otro asteroide, Lutetia. Tan frío y solitario como Steins. Será lo último que vea tan de cerca hasta llegar a mi destino.
Ha pasado un año más. Ahora me desconectarán. Hibernaré dos años y medio. Cuando despierte, ya casi estaré allí.
Después de este largo sueño, todo vuelve a funcionar. Espero impaciente el encuentro, dentro de siete meses, con mi perseguido cometa.
¡Por fin he entrado en órbita de 67P/Churyumov-Gerasimenko! Llevo recorridos 6.400 millones de kilómetros en estos diez años. Cuando vuelas tanto tiempo por el espacio, entrar en órbita es como llegar a una posada donde descansar. Pero no, es ahora cuando empieza mi trabajo. Ya descansaré cuando lo termine.
La misión ha ido bien. He cumplido las expectativas. Durante un tiempo he cedido el protagonismo a mi pequeña sonda Philae y ahora voy a reunirme con ella.
Atención, Centro Europeo de Operaciones Espaciales, inicio descenso sobre el cometa. Seguiré enviando información mientras pueda.
30 de septiembre de 2016, 11:19 GMT. La misión Rosetta ha finalizado según lo previsto.

lunes, 25 de noviembre de 2019
A su edad
Es la primera vez que un médico me trata de usted. El trato formal va unido –otra novedad– a la descripción de mi estado como "normal a su edad". Las dos cosas me preocupan, mucho.
¿Cuál es la edad de normalizar las patologías? Me lo he venido preguntando de vuelta a casa. Mis abuelos gozan de bastante buena salud y son ya muy mayores, al menos me lo parece a mí, a ellos seguro que no. Mis padres tienen enfermedades que no guardan relación con los años cumplidos. Hasta yo tengo alguna dolencia desde muy joven.
Pero achaques de la edad... que no, hombre, que no. Si ni siquiera necesito gafas. Si salgo a correr dos o tres veces por semana. Ni de coña puedo haberme convertido de repente en una persona con años suficientes para tener problemas de salud que sean generalizables a todo un grupo de edad. Me he cabreado, caray. Ha sido como si me llamara senil a la cara.
Bueno, me calmaré y pediré hora al dentista. Habrá que ir a que me saque esa maldita muela del juicio que está empujando para salir y no tiene hueco.
Esta entrada participa en la convocatoria #relatosEnfermedad de @Divagacionistas
lunes, 28 de octubre de 2019
Mediocres
Si a esto se sumaba su desdén por las trastadas y su desinterés por las peleas, el resultado era uno de esos estudiantes que encantan a los maestros. Ni siquiera le molestaba que alguno le pusiera como ejemplo ante el resto de la clase. Sabía que no lo acosarían por ser el favorito de los profes ni le gritarían "¡empollón!". Porque además era guapo, las chicas se le acercaban, así que los chicos querían ser sus amigos.
Un día el profesor de lengua les encargó para la clase siguiente buscar un poema que les gustara. Al llegar, se puso a nombrarlos uno a uno para que, de pie ante la clase, fueran recitando cada cual el suyo. El primero, atenazado por la timidez, se limitó a leerlo. Los siguientes hicieron lo mismo. De pronto, uno salió sin papel y, con entusiasmo, representó, más que recitó, "La canción del pirata" de Espronceda. Hubo risitas que se convirtieron en carcajadas.
El profesor hizo salir al favorito, el que había iniciado las risas. Temeroso de ser también objeto de burla, leyó su poema en el tono más neutro y apagado posible. Los demás actuaron igual.
"No sabéis recitar poesía ninguno, salvo Jorge", sentenció el maestro. "Y no sabéis reconocer a un buen actor", añadió. "Reírse de los que no tienen miedo al público es algo lamentable. Sobre todo cuando es un público ignorante."
Era la primera vez que le llamaban ignorante. Y aprendió que tener la admiración de los demás no impedía que uno fuera un mediocre. Siempre se lo agradeció a aquel profesor.
Este relato participa en la convocatoria #relatosMaestros de @divagacionistas


