lunes, 28 de septiembre de 2020

Picos y pañales

Cambiar pañales puede pareceros una tarea algo desagradable pero el pañal sucio se cierra y el paquetito va a la basura, muchas veces sin que apenas se manche uno los dedos.

Soy de una generación anterior a la generalización de los pañales desechables. Parece que fue hace una eternidad pero no es tanto; al menos, no tanto como para no recordar con detalle lo que eso suponía. Cambiar al bebé implicaba tirar los residuos sólidos al retrete y lavar el pañal y el pico sucios, pringados, mojados, malolientes...

Las canastillas de los bebés incluían decenas de lienzos cuadrados de algodón de trama poco tupida -los pañales- y otros triangulares más compactos -los picos-. Los pañales se doblaban en tres para dejarlos como rectángulos alargados y se colocaban sobre el triángulo invertido que era el pico; se tumbaba al bebé boca arriba sobre el conjunto, se le cubría con el pañal y la punta inferior, se cerraban las laterales sobre todo ello y se fijaban con un imperdible. Pronto la forma del pico dio paso a otra de tipo reloj de arena, con cintas, luego velcros, para fijar ambos lados sobre las caderas.




De niña lavé a mano pañales y picos de mi hermano menor. Para cuando nació mi hermana más pequeña, los pañales desechables ya se vendían en los supermercados a precios asequibles. Es, desde luego, más higiénico: evita el contacto con orina y heces. Es también menos sostenible: genera una inmensidad de residuos no reciclables. Muchas páginas web animan a volver a utilizar los pañales de tela. Se venden unos parecidos a los de mi infancia, aunque estéticamente más cuidados. Lo que no vuelve son los picos triangulares. Era una solución simple pero poco eficaz para los tiempos actuales.

Recuerdo con cariño uno de aquellos imperdibles -con cierre de seguridad- para sujetar los picos. Tenía una cabeza de cerdito en plástico rosa. Uno de esos objetos de la infancia que tenía olvidados hasta hoy.

                                                



Con esta entrada participo en los #relatosPicos de @divagacionistas.

Una foto

Como cada tarde, empezó por colocar en sus estanterías los libros devueltos a lo largo de la mañana. No eran muchos pero eran cada vez más.

Desde que la pusieron a teletrabajar con lo de la pandemia había decidido buscar una casita en algún pueblo. Un lugar donde pudiera tener más de los veinticinco metros cuadrados que en Madrid se le llevaban medio sueldo y donde la ventana del dormitorio-salón-cocina no diera a un patio interior. Un lugar desde donde poder visitar a sus padres los fines de semana sin pasarse horas en un autobús.

Aquel pueblo estaba a una distancia prudencial, la señal de wifi era lo bastante buena y había para alquilar una casita de dos alturas muy bien de precio. Se instaló en la planta de arriba, y en la de abajo, en la diáfana estancia principal, arrinconó la mesa de comedor y colocó su mesa de trabajo.

Las paredes, llenas de estanterías vacías, le dieron la idea. Se trajo de casa de sus padres todos los libros que había ido acumulando durante años en cajas, a falta de espacio, y los distribuyó por los estantes. Luego hizo un cartel que colgó en la puerta de entrada.


Los vecinos no habían tardado en preguntar. Ella explicó que prestaría sus libros gratis, solo por el placer de ver a otros disfrutar de su lectura como había disfrutado ella.

Pronto tuvo un pequeño grupo de habituales. Y luego gente nueva que venía con peticiones concretas, recomendaciones de otros.

Esa mañana, al ir a guardar un volumen, vio que entre las páginas asomaba el pico de un papel.

No era raro que alguien se dejara el papelito con que había ido marcando la página en que interrumpía su lectura (les había rogado a todos que no doblasen la esquina de la hoja). Tiró del pico para sacar el papel. Era una foto. Un niño y una niña de unos doce años cogidos de la mano ante un colegio. La niña era ella.

Escrita por detrás, una frase: ¿Me recuerdas? Y una firma: Toño.

Miró en su cuaderno a quién le había prestado ese libro. Antonio Álvarez. En aquel momento el nombre no le había dicho nada. Ahora le trajo mil recuerdos, entre ellos el de un beso de despedida cuando él cambió de barrio y de colegio.

Sonrió, guardó la foto en el cuaderno y colgó el cartel de Abierto en la puerta.


Con esta entrada participo en la convocatoria #relatosPicos de @divagacionistas.

lunes, 27 de julio de 2020

Solo sabemos más

Me gusta sentarme tranquilamente a no hacer nada más que pensar, dar vueltas a las cosas que tengo en la cabeza o dejar volar la imaginación. A veces me imagino a mí misma en una historia imposible o improbable y pienso en cómo actuaría. Uno de esos escenarios mentales que me entretienen es el de viajar al pasado y explicar a personas de la época cuestiones que hoy son de conocimiento general pero en su día supusieron un gran cambio, un salto mental para la especie humana.

Me imagino, por ejemplo, informando a gente del siglo XII de que la falta de higiene nos hace contraer infecciones potencialmente mortales. Que hay seres microscópicos, invisibles, capaces de invadir nuestro cuerpo y, venciendo toda resistencia, acabar con nuestra vida. Me tomarían por loca.

O me imagino explicando a los antiguos romanos que la Luna es un cuerpo similar a la Tierra, que estamos enlazados por la gravedad en función de nuestras respectivas masas y que la distancia entre una y otra se puede salvar con determinadas condiciones. Pensarían que sufro una forma curiosa de locura.

O revelando a gente de cualquier época que los dioses son solo invenciones del ser humano, que cada sociedad, cada cultura, les da las características que interesan para cohesionarla o para reforzar el poder de quienes lo ostentan, y que las "revelaciones divinas" no superan nunca los conocimientos humanos del momento, rebatidos actualmente en su mayoría por la ciencia. Quienes no me tomaran por loca, me acusarían de subversiva. En cualquier caso, me encerrarían o me ejecutarían.

No estamos locos, solo sabemos más.



Con esta entrada participo en los #relatosLocura de @divagacionistas.

sábado, 27 de junio de 2020

In memoriam

Nací año y medio después del final de la guerra, si bien en mi ciudad había terminado mucho antes. Fui la tercera hija de mi madre; la segunda no sobrevivió.

El trabajo de mi padre nos llevó a cambiar de ciudad a mis seis años. Tuve una infancia y adolescencia relativamente felices, aunque con una carencia especialmente marcada: el no poder cursar estudios superiores. Se intentó, pero las monjas solo becaban a las futuras novicias y pronto vieron que no era mi caso.

Me enamoré en el verano de mis veinte años de un hombre natural de mi ciudad de adopción que entonces vivía en otra. Nos presentaron durante sus vacaciones unos amigos comunes. Él, con treinta y un trabajo, supo atraerme, convencerme para hacernos novios y, en las dos veces que nos vimos en los meses posteriores, para casarnos recién estrenado el año siguiente.

En los noviazgos de entonces, cortos o largos, las parejas se conocían poco. Luego nos descubrimos bastantes diferencias pero las similitudes y la voluntad nos mantuvieron unidos. Fue difícil sacar adelante a cinco hijos con un solo sueldo.

Los adoraba, pero quise trabajar además de ser esposa, madre y ama de casa. Tuve una primera experiencia, fugaz por las circunstancias y los prejuicios, también de mi marido. Al ir creciendo los niños, volví al instituto para sacarme el COU y la Selectividad. Tenía la edad de mis profesores. Empecé Físicas pero los horarios eran demasiado exigentes. Más adelante elegí Imagen y Sonido y me licencié en la misma época que mis hijos mayores.

Conseguí trabajos, temporales, algunos de varios años. Me descubrí capacidades nuevas, me encantó conocer gente y me enorgulleció cada muestra de reconocimiento. También hubo momentos malos, duros, pero los obviaré.

Varias enfermedades de mi marido, ya independizados los hijos, me llevaron a dedicarle la mucha atención que necesitaba. Nuestros últimos años juntos fueron bastante felices pese a todo.

Le perdí repentinamente. Me quedé sola en casa y me sentí sola en la vida. Necesitaba ver más a mis hijos y nietos, hablar con ellos a diario, hacer cosas juntos. Ocurría, pero no tan a menudo como yo deseaba, para mi tristeza.

Morí en una de esas ocasiones en que estábamos juntos. También de repente. Seguramente sin darme cuenta de que ya no recuperaría el conocimiento nunca más. Ni mi marido ni yo pensábamos que hubiera nada después. Viviré en el recuerdo de quienes me amaron.


Con esta autobiografía imaginaria de mi madre, a modo de homenaje, participo en los #relatosMadres de @divagacionistas

jueves, 25 de junio de 2020

Notarios

La muy humana necesidad de contar, de narrar, para la mayoría de nosotros necesita un interlocutor de confianza y a quien le importemos. En cambio, si te da igual quién lea, vea o escuche o deseas llegar a mucha gente, ahora dispones de redes sociales: puentes que salvan todas las distancias hasta ojos y oídos abiertos.

¿Y si quieres dejar constancia de lo que ves, explicar lo que haces, expresar lo que sientes, pero no quieres airearlo? Para eso están los diarios privados, los personales e íntimos. Esos que jamás querrías que nadie leyera. El reducto de la sinceridad absoluta. La crónica del viaje entre lo que empezaste siendo y esto en lo que te has convertido. Los deseos que se cumplen y los que no, los logros y los fracasos. Y, sobre todo, las sensaciones, opiniones, miedos, odios y amores.

Si un diario es sincero, leer en tu madurez las palabras de tu juventud quizá te avergüence o te llene de ternura. Tal vez te ayude a entender, años después, por qué te enamoraste de esa persona en quien ahora eres incapaz de ver ninguna virtud, o por qué dejaste escapar a esa otra con la que sin duda habrías llegado a entenderte a la perfección. Te permitirá recordar por qué aceptaste ese trabajo o rechazaste aquella oferta o te rendiste cuando estabas a punto de conseguir...

Si eres de los que quieren saber la verdad y no la versión adaptada, edulcorada y complaciente que nos vamos fabricando con los años, escribe un diario solo para tus ojos. Sé notario de tu vida. Descubrirás tus defectos y, si eres valiente, aprenderás de tus errores. 

lunes, 25 de mayo de 2020

Como los gatos

Hace unos días vi esta foto en Twitter: un mercado en Filipinas, donde se habían pintado círculos en el suelo para marcar la distancia de seguridad entre las personas que esperaban... pero los habían ocupado gatos. La foto la utilizaba un biólogo para ilustrar la tendencia de los gatos a refugiarse en espacios pequeños y cerrados, aunque sean espacios virtuales.



Puedo imaginar más de un lugar real o virtual que me haga el mismo efecto que esos círculos a esos animalitos. Alguna vez he sentido que el simple hecho de meterme en la cama me aislaba del mundo. También me he refugiado en las páginas de un libro. O detrás de unas gafas de sol, como si mirar sin que nos vieran los ojos nos protegiera de algo. Hay niños pequeños que cuando juegan al escondite se acurrucan a la vista de todo el mundo pero se tapan la cara y eso ya les da la sensación de estar fuera del alcance de las miradas ajenas.

Hay quien se refugia en el silencio, aunque eso, más que un círculo, sería una esfera. Y hay quien no necesita nada físico en torno para sentirse sumergido en una burbuja protectora porque sabe aislarse mentalmente de lo que tiene alrededor.

Por las noches, cuando me relajo e intento dormir, los pensamientos que me he esforzado en relegar durante el día se cuelan por las rendijas y se adueñan de mi cerebro. Pero esta noche voy a ensayar la táctica de los gatos. Dibujaré mentalmente un círculo vacío y me meteré en él para dejar fuera todo aquello en lo que no quiero pensar.



Esta entrada participa en la convocatoria #relatosCírculos de @divagacionistas

martes, 19 de mayo de 2020

De noche

Cae la noche y la vida se va vaciando. Poco dormir y menos aún soñar ofrece esa cama. Para qué cerrar los ojos si nada vuelve de madrugada.

Rehúyo los lugares donde se congeló el último recuerdo. Los recuerdos ya no llevan a ninguna parte.

El silencio a estas horas no es acogedor. Hace eco.

Y el pensamiento no sabe encontrar un camino conocido para volver a casa.


lunes, 27 de abril de 2020

A la defensiva

Había leído seis veces aquel correo. La primera, del tirón. Luego, con calma. Las dos últimas, fijándose al máximo.

Ni una sola incorrección, ni una coma de más, ni una tilde indebida. El lenguaje era fluido; el estilo, informal pero no vulgar; el contenido, claro e interesante; la sensación... acogedora.

Leía a diario decenas de correos, casi todos de trabajo. Nunca se había acostumbrado a las faltas de ortografía ni a las patadas al diccionario, tampoco a los tópicos ni a la morralla. Y echaba de menos encontrarse con alguno, aunque fuera solo uno, que pudiera leerse en paz, sin la menor incomodidad. Lo mismo podía decir de los informes que le tocaba supervisar.

Muchos de sus compañeros tenían formación universitaria, lo cual había comprobado no garantiza un buen conocimiento del propio idioma. En su caso, lo tenía desde que terminó la enseñanza secundaria. Cuestión de interés, suponía, y de respeto hacia los demás. Lo de detectar todos los errores y sentir pena, desagrado o indignación, según los casos, le parecía más bien una maldición.

El primer correo en dos años al que no podía ponerle una sola pega lo remitía alguien a quien no conocía personalmente. Una lástima, no era fácil encontrar personas que se expresaran tan bien y aparentemente con tanta facilidad.

Decidió añadir una breve felicitación por ello a su respuesta. Se estaba saliendo de lo estrictamente profesional pero... pocas cosas le producían tanto bienestar como ponerse a leer sin estar a la defensiva.

El placer de compartir el amor por el lenguaje.


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lunes, 30 de marzo de 2020

No tocar

Reconozco este paisaje urbano. No me desconcierta. Lo he visto en los amaneceres de domingo yendo a trabajar; en las tardes de agosto, con las tiendas cerradas en masa; en las noches de mi nada turístico barrio. Ir y volver del trabajo estos días y cruzarme apenas con una docena de personas no está dejando imágenes nuevas en mi retina ni sensaciones distintas en mi cerebro. Salgo de mi casa una vez al día, cinco días por semana. Y mientras estoy dentro, no me siento encerrada, ¿dónde iba a estar mejor? Me relaciono con gente a diario: hablo y escucho, intercambio mensajes, leo y escribo...

Pero sí hay un límite extraño que me cuesta asumir: el de no tocar nada. Lavarme las manos si lo hago sin querer o por necesidad. Desinfectar mi puesto de trabajo cuando llego. Ahora todo es un peligro en potencia. Me acerco a comentar algo con alguien y tengo que echar el freno un metro antes de lo que mi cultura mediterránea me marca como normal. El viernes una compañera lloraba tras recibir la noticia de la muerte de un amigo y ninguno pudimos abrazarla, no hubo más consuelo que el de las palabras dichas a través de un muro invisible de precaución.

Hace dieciocho días que no toco a nadie. A requerimiento de mi empresa, mi aislamiento empezó un par de días antes de que se impusiera en este país. No es que yo sea muy de tocar, pero desde luego no soy muy de evitar. Echo de menos una mano en el hombro, una palmadita amistosa. Los besos de mis seres queridos han quedado para otra ocasión. A la persona a la que más querría abrazar ni siquiera puedo ir a verla.

La mano es la herramienta del alma, dice un poema de Miguel Hernández. Si las manos trabajan pero no acarician, una zona del cerebro nota un inmenso vacío.



Esta entrada participa en la convocatoria #relatosLímites de @divagacionistas



lunes, 24 de febrero de 2020

Más vale que falte

Sensación de cansancio; mayor probabilidad de ansiedad, depresión y estrés; menor calidad de vida; mayor probabilidad de accidentes de tráfico o laborales; deterioro neuro-cognitivo; hay estudios que señalan relación con el alzhéimer y enfermedades cardiovasculares.

Leyó de un tirón y releyó parándose en cada palabra.

Vaya panorama. La falta de sueño parecía asegurar una vida poco agradable.

Mareos, dolor de cabeza, problemas gastrointestinales, reacciones alérgicas, somnolencia, problemas de memoria, de atención, tolerancia, efecto rebote y síndrome de abstinencia. 

Los somníferos también podían traer problemas. Era como elegir entre el fuego y las brasas.

Yoga, meditación, hipnosis, masturbación, técnicas de relajación, leer, escuchar música, darse una ducha caliente... Podía volver a probarlo todo pero nada había funcionado la primera vez.

Su gato dormía quince horas diarias. Su sobrinillo de dos meses casi lo mismo. Su marido podía, si le dejaban, llegar a diez los fines de semana. Ella nunca había necesitado más de seis y la mitad de los días no conseguía llegar ni a cuatro. Los envidiaba a todos, envidiaba su modorra, su remoloneo en la cama, su apego al colchón. Hasta aquel día.

Se dio un golpe en la cabeza contra una puerta de cristal. El dolor no fue muy intenso. La ceja se hinchó y se amorató. Luego el amoratamiento bajó hasta rodear el ojo por completo. Ella no se preocupó. No parecía haberse roto ningún hueso.

Al segundo día notó algo muy extraño. A media mañana tenía sueño. No le había ocurrido nunca, ni siquiera los días en que dormía solo tres horas. A media tarde le costaba mantenerse despierta. Se quedó frita nada más llegar a casa. Al día siguiente la somnolencia era constante. Le costaba entender lo que leía. Se hubiera echado la siesta de pie en el autobús de vuelta. Volvió a caer en la cama sin cenar y le costó abrir el ojo a la mañana siguiente. Fue al ambulatorio, donde la enviaron de inmediato al hospital. Examen, preguntas, TAC... Tenía una conmoción cerebral.

Después de unos días de baja en que se sintió zombi tuvo claro que quien necesita dormir y no puede es mucho más desgraciado que quien quiere pero no lo necesita. Si algo tiene que escasear, que sean las ganas y no la posibilidad de satisfacerlas, se dijo.



Esta entrada participa en la convocatoria #relatosEscasez de @divagacionistas.

lunes, 27 de enero de 2020

SeekFreak

- Compañeros de rarezas, una aplicación para dejar de sentirse rarito. La llamamos SeekFreak

- Suena bien. ¿Y en qué dice que consiste?

- Pretendemos poner en contacto a gente que tiene las mismas manías, los mismos gustos excéntricos, las mismas pasiones poco comunes. Te ayuda a descubrir que no estás solo en tus frikadas, lo cual alivia psicológicamente. Puede desembocar en la creación de clubes o asociaciones, incluso.

- ¿Cómo funciona?

- Tenemos creadas unas categorías por defecto y hemos puesto ya algunas rarezas a título orientativo. Pero la gracia del asunto es que permite al usuario hacer subcategorías y añadir sus propias particularidades. Por ejemplo, tenemos la categoría de fetichismo, la de alimentación, la de ocio y cultura... En fetichismo hemos hecho divisiones: sexual, cinematográfico... En alimentación estamos pensando si incluir, por ejemplo, ascos además de amores y odios.

- Veo complicado lo de que se puedan abrir categorías nuevas por parte del usuario. ¿No se convertirá eso en una maraña incomprensible?

- Bueno, tenga en cuenta que el rarito, en el fondo, no quiere sentirse uno más del montón. Si ve que en su grupo hay demasiada gente, querrá diferenciarse. Es como si dentro del fenómeno fan, sección cine, subsección peliculas de ciencia ficción, grupo Star Wars, una persona se inscribe en los haters de Luke Skywalker. Pero se encuentra con que allí no todos odian al tipo ese por los mismos motivos. Entonces puede abrir subcarpeta para quienes creen que fue un lameculos de Yoda, pongo por caso.

- Me da a mí que la categoría fenómeno fan va a ser un sindiós.

- Quizá, pero es el nicho de mercado más amplio. Aunque, fíjese, en lo que más esperanzas tengo puestas es en la alimentación.

- No me diga. ¿Por qué?

- Porque cada vez conozco a más personas a las que les han, digamos, diagnosticado una rara combinación de alergias e intolerancias que no se da en nadie más, según el gurú de turno. Buscar a alguien con el mismo problema no debería ser difícil con nuestra app.

- Me está convenciendo. ¿Quedamos la semana que viene su equipo de desarrolladores y mi equipo financiero?




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lunes, 23 de diciembre de 2019

Entrando en órbita



2 de marzo de 2004. Empiezo un viaje muy, muy largo, y este será mi diario privado. Voy a dar algunas vueltas por entornos familiares y luego me aventuraré en otros más remotos. Dormiré una parte del camino para ahorrar energía.

Primer año de expedición. Vuelvo a acercarme a casa pero solo para coger impulso. Aunque me apena alejarme, sé que todavía volveré por aquí un par de veces.

Dos años más. Ahora el tirón gravitatorio me lo da el vecino rojo. No soy el primero que se aproxima a él, ni el segundo, ni el... vamos, que es un vecindario muy concurrido.

Otros nueve meses y vuelvo a rondar mi punto de partida. Me apena pasar de largo pero me alegra comprobar que sigue ahí.

Han pasado diez meses y en el plan de viaje está sobrevolar un pequeño mundo, el asteroide Steins. Me pillaba de paso y así puedo hacer pruebas y enviar imágenes para comprobar que todo funciona bien. Somos dos viajeros solitarios que se cruzan en el espacio. Paso de largo. Mi misión me llevará mucho más lejos.

Catorce meses más y llega el momento de decir adiós definitivamente a la Tierra. Un último acercamiento para tomar impulso y... ay.

Al cabo de ocho meses, otro encuentro fugaz, otro asteroide, Lutetia. Tan frío y solitario como Steins. Será lo último que vea tan de cerca hasta llegar a mi destino.

Ha pasado un año más. Ahora me desconectarán. Hibernaré dos años y medio. Cuando despierte, ya casi estaré allí.

Después de este largo sueño, todo vuelve a funcionar. Espero impaciente el encuentro, dentro de siete meses, con mi perseguido cometa.

¡Por fin he entrado en órbita de 67P/Churyumov-Gerasimenko! Llevo recorridos 6.400 millones de kilómetros en estos diez años. Cuando vuelas tanto tiempo por el espacio, entrar en órbita es como llegar a una posada donde descansar. Pero no, es ahora cuando empieza mi trabajo. Ya descansaré cuando lo termine.

La misión ha ido bien. He cumplido las expectativas. Durante un tiempo he cedido el protagonismo a mi pequeña sonda Philae y ahora voy a reunirme con ella.

Atención, Centro Europeo de Operaciones Espaciales, inicio descenso sobre el cometa. Seguiré enviando información mientras pueda.

30 de septiembre de 2016, 11:19 GMT. La misión Rosetta ha finalizado según lo previsto.



Imagen relacionada

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lunes, 25 de noviembre de 2019

A su edad

"Eso es normal a su edad, no tiene que preocuparse."

Es la primera vez que un médico me trata de usted. El trato formal va unido otra novedad a la descripción de mi estado como "normal a su edad". Las dos cosas me preocupan, mucho.

¿Cuál es la edad de normalizar las patologías? Me lo he venido preguntando de vuelta a casa. Mis abuelos gozan de bastante buena salud y son ya muy mayores, al menos me lo parece a mí, a ellos seguro que no. Mis padres tienen enfermedades que no guardan relación con los años cumplidos. Hasta yo tengo alguna dolencia desde muy joven.

Pero achaques de la edad... que no, hombre, que no. Si ni siquiera necesito gafas. Si salgo a correr dos o tres veces por semana. Ni de coña puedo haberme convertido de repente en una persona con años suficientes para tener problemas de salud que sean generalizables a todo un grupo de edad. Me he cabreado, caray. Ha sido como si me llamara senil a la cara.

Bueno, me calmaré y pediré hora al dentista. Habrá que ir a que me saque esa maldita muela del juicio que está empujando para salir y no tiene hueco.





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lunes, 28 de octubre de 2019

Mediocres

Era un alumno de sobresalientes. A sus doce años se daba cuenta de que tenía una facilidad para entender las explicaciones de los profesores que no tenían sus compañeros. Gozaba de buena memoria y no le costaba demasiado esfuerzo recordar lo escuchado, leído o visto.

Si a esto se sumaba su desdén por las trastadas y su desinterés por las peleas, el resultado era uno de esos estudiantes que encantan a los maestros. Ni siquiera le molestaba que alguno le pusiera como ejemplo ante el resto de la clase. Sabía que no lo acosarían por ser el favorito de los profes ni le gritarían "¡empollón!". Porque además era guapo, las chicas se le acercaban, así que los chicos querían ser sus amigos.

Un día el profesor de lengua les encargó para la clase siguiente buscar un poema que les gustara. Al llegar, se puso a nombrarlos uno a uno para que, de pie ante la clase, fueran recitando cada cual el suyo. El primero, atenazado por la timidez, se limitó a leerlo. Los siguientes hicieron lo mismo. De pronto, uno salió sin papel y, con entusiasmo, representó, más que recitó, "La canción del pirata" de Espronceda. Hubo risitas que se convirtieron en carcajadas.

El profesor hizo salir al favorito, el que había iniciado las risas. Temeroso de ser también objeto de burla, leyó su poema en el tono más neutro y apagado posible. Los demás actuaron igual.

"No sabéis recitar poesía ninguno, salvo Jorge", sentenció el maestro. "Y no sabéis reconocer a un buen actor", añadió. "Reírse de los que no tienen miedo al público es algo lamentable. Sobre todo cuando es un público ignorante."

Era la primera vez que le llamaban ignorante. Y aprendió que tener la admiración de los demás no impedía que uno fuera un mediocre. Siempre se lo agradeció a aquel profesor.



Este relato participa en la convocatoria #relatosMaestros de @divagacionistas


lunes, 30 de septiembre de 2019

No insistas

No me lo pidas. Me da mucha pereza. La primera vez parecía que no me costaba trabajo pero terminó siendo un esfuerzo enorme, y total, para que acabara en la basura sin previo aviso, sin que me enterase. Quizá yo lo valoraba demasiado y en realidad no valía nada, no lo sé.

Me dio más pereza la segunda vez, después de tanto tiempo. Me lo pensé, le di vueltas y no le veía sentido. Tenía malos recuerdos de la ocasión anterior, me faltaba confianza y me sobraba miedo. Y, sobre todo, se me hacía muy cuesta arriba. Empezar otra vez... uf. El tiempo me dio la razón. Salió peor que la primera vez, en parte por falta de convencimiento y en parte porque pensar que el pasado no va a repetirse es demasiada ingenuidad.

Me lo seguiste pidiendo y ya te dije que no. Qué pereza. Cada vez me supone más esfuerzo y cada vez confío menos en el resultado. He hecho una simulación y ha vuelto a derrumbarse. Y aunque no era real, me ha dolido tanto como si lo fuera.

No insistas. No vuelvas a pedirme que te quiera. Me da una pereza horrible tanto esfuerzo no correspondido, despreciado, destinado a la basura. Además, sospecho que me lo pides solo para reírte, una broma pesada sin ninguna gracia.



Este relato participa en la convocatoria #relatosPereza de @divagacionistas

Vida de gato

Huele a café. No es un olor que me guste mucho y además coincide siempre con que empieza el ajetreo por aquí. Qué pereza me entra a estas horas.

No tengo mucha hambre, hace un par de horas he estado comiendo restos en la cocina después de terminar mi ronda nocturna. La oigo a ella trastear antes de meterse en la ducha. Es de costumbres fijas: pis, desayuno, ducha, darme un beso, levantar las persianas, asomarse al balcón, elegir la ropa, vestirse, dejarme algo de comer, darme otro beso y marcharse a trabajar.

La cama está templadita todavía. Voy a esperar un rato a que entre el sol por la ventana y caliente la butaca. Entonces comeré otro poco y me acurrucaré allí. No es que se vea gran cosa por esa ventana, la verdad. El balcón es más interesante, pero allí no da el sol hasta media tarde.

Estamos teniendo una mañana tranquila. El cartero ha llamado desde el portal y alguien le ha abierto. A la vecina de arriba no le toca hoy pasar la aspiradora, está con el ordenador y ha puesto música bajito. Voy a lavarme otro rato.

Vaya, tenemos obras en la calle, un torturador se ha puesto a manejar un martillo hidráulico. Voy a tener que esconderme en el armario, si es que está abierto. Meter la cabeza entre la ropa es lo único que me alivia la pesadilla del ruido.

¡Bien! Hoy es ese día de la semana en que ella regresa antes de que me haya vuelto a entrar hambre. Tardará un rato en encontrarme en el armario. A ver si viene con ganas de rascarme el cuello. Es lo que más me gusta. Y si a la vez va haciendo esas cosas que hace con la voz, no podré parar de ronronear.


Este relato participa en la convocatoria #relatosPereza de @divagacionistas

lunes, 29 de julio de 2019

Casi

Es una persona tan brillante que no sé cómo no me había dado cuenta antes, cuando lo conocí aquellos meses que trabajamos juntos. Quizá porque tampoco lo conocí bien. El concepto trabajar con alguien tiene muchos grados de proximidad, muchos niveles de interrelación, un amplio abanico de intensidades y todo un catálogo de posibles interferencias.

Hemos vuelto
a coincidir desde hace un año. La distancia física era menor y el grado de colaboración, mayor. Aun así, casi me lo vuelvo a perder. Era como si lo viera borroso, levemente aislado por su especial función en el equipo y por otros miembros de éste. Parecíamos dos piezas de una máquina que apenas entran en contacto salvo indirectamente, siempre con una tercera de por medio. Me pregunto hasta qué punto las personas que tienen amigos absorbentes alrededor notan cómo ese hecho retrae a otros de aproximarse más.

Ahora los compañeros han ido cogiéndose vacaciones y quienes nos quedábamos, nos concentrábamos en el espacio cada vez más vacío, evitando dejar huecos. Hace dos semanas nos separaban dos mesas. La pasada, solo una. Esta semana estábamos uno al lado del otro. Hemos hablado y nos hemos consultado mucho más. He sido consciente de la infinidad de cosas que hace. Sabía de la importancia de su trabajo; ahora sé de la importancia de su personalidad en el equilibrio del equipo.

Hemos tomado más cafés juntos y hemos comentado más anécdotas de esas que sin saberlo definen tu vida, la película que te ha gustado, el libro que estás deseando leer... Diría que intelectual e ideológicamente estamos bastante cerca.

Ha sido como conectar por fin... aunque para desconectar justo a continuación. Deja el trabajo, deja la ciudad, deja el país. Tomamos caminos distintos. Probablemente seguiremos sabiendo el uno del otro por personas interpuestas. El abrazo de despedida fue como volver a subirme al barco después de haber visto solo el puerto y los alrededores en una escala, pero alegrándome de haber pisado la ciudad.

Ya he conocido a otras personas brillantes y no creí que fuera a tardar tanto en reconocer a una. Casi me la pierdo. Pero no.




Con este relato participo en los #relatosDesconectar de @divagacionistas

lunes, 24 de junio de 2019

Amanece

Amanece. Suspiro con alivio. El insomnio hace que sienta las noches como ese banquete al que acudes con hambre pero al primer plato te sientes llena y ya solo quieres levantarte de la mesa.

Es tan temprano que pongo la radio bajito aunque no hay en casa nadie a quien despertar. Tengo uno de esos transistores de toda la vida porque en esto aún prefiero lo analógico a lo digital. Lo llevo conmigo al cuarto de baño; a las habitaciones, por las que voy levantando las persianas y abriendo las ventanas; a la cocina, donde me muero por tomarme un café...

Hoy empieza mi fin de semana, así que dentro de la rutina café elijo la subrutina capuchino, sustituyo la galleta por unos picatostes y añado un puñado de cerezas. Y como todavía tengo el cerebro en modo alerta después de tantas horas de trabajo, coloco en la mesa junto al desayuno el periódico de ayer y alterno bocados y tragos con los números del sudoku.

Desde unos días antes hasta unos días después del solsticio de verano, en Madrid pasan 15 horas y 3 minutos desde la salida hasta la puesta del sol. En principio, quedan 14 horas y media de luz por delante.

Pero hoy habrá muchas más para mí, porque esta noche vuelves a casa.



Escrito para los #relatosSolsticioverano de @divagacionistas

lunes, 27 de mayo de 2019

Desde el principio

"No puedes guardarle tanto rencor a la vida", le dice un amigo a otro, los dos sentados cerca de mí en el café de sillones mullidos en el que hago tiempo mientras mi pareja sale de trabajar.

"No me merezco todo lo que me ha pasado, ¿o crees que me lo merezco?", replica el otro.

La difícil atribución de responsabilidades: a uno mismo, a otras personas, a la mala suerte... nadie es lo bastante objetivo en lo que le atañe como para distinguir cuándo le putearon y cuándo la cagó, me digo a mí mismo. Me he pedido un café irlandés, quizá por eso estoy filosófico.

"Echa la vista atrás y trata de pensar en aquellas veces en que has elegido entre dos o más opciones; y en cada una imagina qué habría ocurrido si hubieras hecho una elección distinta", le propone el amigo.

Me parece una buena estrategia, solo que con la perspectiva no tiene tanto mérito identificar los errores cometidos. O quizá sí, porque el paso del tiempo nos hace más tolerantes con nosotros mismos: estaba enamorado, tenía miedo, se me hundía el mundo...

"No habría aceptado este trabajo: me ha separado de mi gente, me ha hecho sentir que no valgo lo suficiente y está a punto de dejarme en la calle", es la primera respuesta.

Silencio del otro, no sé si valorativo o solo paciente.

"Pero, claro, lo acepté porque decidí mudarme a esta ciudad. Mi novia vivía aquí y no soportaba estar lejos de ella. Ya ves, luego ella se enamora de otro y me deja tirado".

Silencio y gesto a la vez comprensivo y compasivo.

"Bueno, yo dejé a mi pareja por ella. Mala elección. No me imaginaba que fuera tan egoísta y tan...", se calla, pensativo. Al poco, continúa: "Yo estaba pasando una crisis profesional. Discutía mucho con mi jefe, me aburría el trabajo, por eso me pareció buena idea irme, cambiar de aires. Quizá si hubiera tenido más paciencia o si hubiera sido menos impulsivo..."

Gesto claramente escéptico.

"Ya, cada uno es como es. Me imagino que no debí elegir esta profesión. Necesito algo más activo, más de moverme, de conocer gente. Pero, claro, había mucha presión familiar".

"O sea, que nunca tuviste elección, todo estaba gafado desde el principio", resume el amigo.

Ahora el que guarda silencio es el otro.



Este relato participa en la convocatoria #relatosElecciones de @divagacionistas.

lunes, 29 de abril de 2019

Tirabuzones


Después de morir mi abuela paterna, fui una tarde a la que había sido su casa a visitar a mi tía y su marido, que vivían allí. No era de las tías con las que tenía más relación porque durante muchos años había sido monja y nunca mantuvimos más que breves conversaciones (no por mi ateísmo, entonces embrionario, sino por falta de interés o de cosas en común).

A lo que fui a su casa es a recuperar fotos de la infancia de mi padre. Mi abuela las guardaba celosamente pero, al faltar ella, me pareció que mi tía no tendría inconveniente en desprenderse de algunas. En casa de mis padres había poquísimas fotos de cada uno de ellos antes de casarse. Recuerdo una de mi madre el día de su comunión, a los seis años, con el pelo hecho tirabuzones. Y una de mi padre, a los cuatro o cinco años, con sus dos hermanos mayores en un barco. No había fotos anteriores de ninguno de los dos.

Pero mi padre hablaba de unas que les habían hecho a él y a sus hermanos de bebés, fotos de estudio, un lujo en aquellos años de la segunda república. Me encantó verlas cuando mi tía sacó una caja de un armario. Un crío rollizo con un enorme tirabuzón en la frente. Me las llevé junto con otras que a mi padre le emocionó recuperar.

En mi familia somos todos de pelo más bien liso. Aquellos rizos de mis padres desaparecieron pronto. De mis hermanos, solo el que me sigue y la pequeña los tuvieron en sus primera infancia. A él se los cortaron antes de los dos años y no volvieron a aparecer. A ella se los dejaron crecer. Todavía la recuerdo cuando tenía sueño. Cerraba los ojos, llevaba una manita con los dedos extendidos junto a su oreja y los metía por los tirabuzones, estirándolos hasta que se soltaban. Repetía el gesto hasta que se dormía. Esos deditos enredados en anillos de pelo castaño claro eran la viva imagen de la tranquilidad.



Esta entrada participa en la convocatoria #relatosAnillos de @divagacionistas

lunes, 25 de marzo de 2019

Cuenta atrás

- Buenas noches, hasta mañana.

Querría haber seguido hablando, siempre quedan cosas que contar, que compartir, que preguntar. Querría haber seguido haciendo planes para cuando volvamos a vernos.

Porque vamos a vernos dentro de unos días. Casi no me lo creo. Estamos lejos, tenemos jornadas de trabajo poco compatibles, no nos sobra el dinero... No lo tenemos fácil para estar juntos. Pero parece que esta vez, como tú dices, se han alineado los planetas.

Cuento los días, las horas, los minutos. El reloj de la estantería tiene una cuenta atrás que originalmente era para esperar la llegada del uno de enero del año 2000. Ahora marca cinco días, catorce horas, seis minutos y diez, nueve, ocho segundos…

Me dan ganas de ponerme en cuarentena como los astronautas antes de un vuelo, no vaya a ser que me ponga enferma y no pueda ir a ninguna parte. Tengo el billete de avión, espero que no convoquen una huelga los pilotos ni los controladores ni nadie.

Las tres últimas veces que hemos planificado un encuentro, algo se ha torcido. La caída de mi padre, la avería de tu coche, la anulación de mis días libres por la enfermedad de mi compañero de trabajo. En resumen: tres meses sin vernos. Ya no me queda paciencia.
- Buenos días. Estoy impaciente por verte.

- Buenos días. Oye... tengo que decirte algo importante. Debería habértelo dicho antes. Me he enamorado de otra.

Cinco días, una hora, diecisiete minutos, veinte segundos, diecinueve, dieciocho… Detener cuenta atrás.



Este relato participa en la convocatoria #relatosPaciencia de Divagacionistas.

lunes, 25 de febrero de 2019

Un sólido recuerdo

Se besaron por primera vez en la playa del pueblo donde veraneaban los dos. Tenían trece años y el futuro era una incertidumbre mayor que el océano frente a ellos, pero aquella tarde solo les importaba el presente. Junto a las piernas de él ella vio una piedra redondeada y pulida por las olas, blanca con una veta gris, lo bastante pequeña como para caber en el puño cerrado y lo bastante grande como para escribir en ella los nombres de los dos. Días después, cuando se despidieron con la voz llena de lágrimas, se la dio mientras prometía volver el verano siguiente.

Eran tiempos de distancias casi insalvables, sin móvil, sin whatsap, sin correo electrónico. Sin embargo, los amores sobrevivían a las ausencias. Un año después se reencontraron y la piedra cambió de manos. En los meses siguientes fue ella quien guardó el recuerdo sólido en su mesilla de noche, sintiéndole a su lado cada vez que leía ese "Jorge e Inés, Chiclana 1982".

Llegó el verano de los quince años. La piedra volvió a cambiar de dueño por última vez. La vida era demasiado mutable para guardar ausencias y ese otoño él se enamoró de una compañera de instituto. Al siguiente agosto sus padres le dejaron quedarse en Madrid, donde ella estudiaba para la recuperación de septiembre.

Años más tarde, cuando se mudaba a su nuevo piso días antes de casarse con una colega del trabajo, vio la piedra en el fondo de un cajón. No sabía si llevársela, dejarla en casa de sus padres, enviársela a ella por correo o tirarla. Finalmente le pudo el sentimentalismo: la metió en una cajita y la puso en una estantería, detrás de los álbumes de fotos, donde sabía que la volvería a olvidar.

La vida siguió su curso. Un día se cruzaron los dos, Jorge e Inés, en el estreno de una obra de teatro. El trabajo de ella la había llevado a instalarse en Madrid. Intercambiaron teléfonos.

Nunca se llamaron pero él sacó una foto de la piedra y se la mandó por whatsap. Ella le respondió con otra de una piedra casi idéntica, con las mismas palabras escritas, y una frase: "Fue demasiado bonito como para fiarlo solo a mi memoria."


Este relato participa en la convocatoria #relatosPiedras de @divagacionistas

lunes, 28 de enero de 2019

Datos

"Los números son fríos, hay que ponerles rostro humano" es una frase que miles de periodistas les han dicho a otros miles a los que aconsejaban o corregían. Las cifras son los datos menos apasionados y por eso les gustan a los economistas y a los matemáticos, a los ingenieros y a los físicos, pero no tanto a los periodistas.

No preguntes a un telespectador cuántas personas se han ahogado intentando cruzar el Mediterráneo. Pregúntales si saben quién era el pequeño Aylán. La foto, el vídeo de su cuerpo en una playa no dan una idea de la magnitud de la tragedia pero la personifican.

Pocos recuerdan cuántos escaños sacó en las últimas elecciones un partido minoritario mientras no sean necesarios para completar una mayoría que saque adelante una ley que les interesa. Si hay que negociar el apoyo del único diputado del partido X, ese diputado ya no es un número sino un puñado de concesiones y un proyecto legislativo aprobado.

"¿Cuánto ganas?" es una pregunta que no busca tanto la cifra exacta como situar al interlocutor en un nivel concreto de estatus o quizá de idoneidad para una relación de pareja.

"Te he llamado diez veces y no me has cogido el teléfono" es mucho más que un cómputo. Puede ser el fin de una amistad.




Este relato participa en la convocatoria #relatosFrío de @divagacionistas

lunes, 17 de diciembre de 2018

El ángulo



Me da el sol de frente haciéndome entornar los párpados. Las once de la mañana y me da el sol de frente, madre mía. Según he salido a la calle ya me entran ganas de darme media vuelta. Cuento los días que faltan para dejar atrás el solsticio de invierno. 

No es el frío. No es entrar a trabajar de noche y salir de noche. No es que las tardes de los días en que no trabajo me encuentren más a menudo en el sofá que en la calle. No es que los árboles se hayan quedado en los huesos. No es que la niebla me cale hasta los míos.

Lo que me hace difícil amar el invierno es el ángulo de la luz del sol sobre las cosas. Me llena el mundo de sombras alargadas y me hace verlo todo en otros colores, más azulados, más plateados, menos cálidos. Puedo ver incluso el viento, transparente casi todo el año pero visible ahora, cuando los rayos de sol son tan oblicuos. Bueno, esto quizá me lo imagino yo.

Añoro la luz avasalladora del verano, esa que aplasta las sombras verticalmente hasta dejarlas en nada, esa que lo tiñe todo de dorado, esa cuya intensidad vuelve impotentes mis párpados

Cuento los días.

lunes, 26 de noviembre de 2018

En paz

Me bajo del tren y busco la oficina de alquiler de coches. He elegido uno demasiado grande pero me ha parecido que lo necesitaría para llegar hasta mi destino. No sé si los caminos que conocí seguirán en buen estado. Me pregunto si sabré llegar. No es fácil encontrar un pueblo abandonado que nadie recuerda.

El día está despejado. Abandono la carretera confiando en mi sentido de la orientación. He reconocido una colina. Detrás tiene que estar el sitio que busco.

Recuerdo la última vez que vine, buscando un lugar adecuado, lejos de la contaminación, luminoso, de clima suave... y solitario. No quería testigos ni tampoco preocuparme por si luego alguien que anduviera por allí lo estropeaba todo. Aunque llevaba lo necesario, me preocupaba mi inexperiencia, mi desconocimiento. Fue una apuesta arriesgada. Ahora veré si salió bien.

Al fin y al cabo, esto es básicamente lo que tú querías. Básicamente. Apenas me desvié del guion lo necesario para conseguir además algo para mí.

Dejo el coche junto a lo que fue una casa de piedra, reducida ya a cuatro paredes medio derruidas. Avanzo hacia el riachuelo. ¿Dónde está?

Lo veo. ¡Cómo ha crecido! Pero no distingo si tiene...

¡Sí, hay manzanas! Pocas pero hay. Alcanzo a coger algunas. Le doy un beso al tronco como si te lo diera a ti. En realidad el árbol tiene algo de ti, lo planté sobre tus cenizas. Sus frutos también son en parte tú. O eso me digo a mí misma. Sigue descansando en este rincón tranquilo, cariño. Volveré a por más.


Con este relato participo en los #relatosReencuentro de @divagacionistas

lunes, 15 de octubre de 2018

Perfectibles

Hace unos días, durante su intervención en una jornada a la que asistí, un exministro mencionó esta cita, atribuida -erróneamente, al parecer- al escritor Mark Twain: "La historia no se repite, pero rima."

Evidentemente, los infinitos matices y circunstancias de un episodio no vuelven a suceder de forma idéntica. Cuando decimos que "la historia se repite" es porque reconocemos unos rasgos generales ya vistos o vividos. Una frase, distinta, que rima con las anteriores.


Diría que, cuando hablamos de historias que se repiten, nos referimos sobre todo a errores que se cometen una y otra vez, o que cometemos nosotros mismos. Piedras en las que ya hemos tropezado vuelven a hacernos caer. Deberíamos haberlas visto de lejos... si no tuviéramos dificultad para aprender de nuestras equivocaciones.


El hecho es que encontrarte en una rima de estas te deja una sensación poco agradable. Tal vez hagas la reflexión mientras te precipitas, tal vez ya en el suelo, tal vez después de levantarte; en cualquier caso, si no eres autocomplaciente, puedes sentir vergüenza, enfado, frustración, desánimo... (*)


Somos imperfectos pero perfectibles. Quiero pensar que algún día veré la piedra antes de notarla contra mi pie.



(*) Añadido: cuanto más visible es un error, peor te sientes al ser consciente de él.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Malas noticias

Hay quien da las malas noticias sin rodeos ni maquillajes. Y hay quien queda contigo para comer y ya en la sobremesa, te dice: Tenía que contarte algo... y no es bueno.

Yo suelo preferir lo primero por mi tendencia periodística a ir al grano y hablar claro. Pero no dejo de apreciar lo segundo, sobre todo cuando noto que el protagonista lo hace para suavizar la impresión.

Tengo un grupo de amigos al que mantienen unido el mutuo aprecio, años de historia en común, un grupo de WhatsApp de uso sensato y media docena de almuerzos al año. Uno del grupo nos convocó para hoy. Aunque somos cuatro, esta vez nos quedamos en tres por un problema médico de uno. Tras el segundo café, nos comunicó su mala noticia otro, grave y también relacionada con la salud. El tercero sumó su propia crónica médica.

Soy la más joven de los cuatro. Sin que eso quiera decir que esté maravillosamente sana, sí es cierto que mi generación piensa en la decrepitud y la muerte como en algo relativamente lejano. Tener un grupo de amigos que me sacan entre ocho y dieciocho años nunca me hizo notar mucha diferencia entre nosotros.

(Bueno, sí, una vez. Fue cuando ellos se prejubilaron con un ERE en cuyo límite de edad yo no entraba por mucho. Entonces, llena de tristeza por la separación, escribí algo en el correo interno de mi empresa.)

Hoy me he preguntado por primera vez hasta cuándo esas dolorosas realidades llamadas enfermedad y muerte respetarán unos lazos que nunca imaginé desanudables.



lunes, 18 de junio de 2018

Variaciones

Sabes que algo se acaba y no quieres que ese fin pase desapercibido. No te gustan las “despedidas a la francesa”, sin decir adiós, sin que nadie se dé cuenta de la marcha. Un adiós es algo lo bastante serio como para darle un tratamiento especial, con las formalidades necesarias, con emoción si es el caso. Da igual si te alegras de ver llegar ese final o si lo lamentas profundamente. Hagamos las cosas bien.


Sabes que algo se acaba y esperas que ese fin sea rápido, indoloro y, a poder ser, silencioso. No te gustan los adioses. Sea cual sea el motivo, es mejor que quede para la intimidad de las partes; no hay razón para hacerlo público, ni siquiera para verbalizarlo. Un poquito de intimidad, por favor. Da igual si te alegras de ver llegar ese final o si lo lamentas profundamente. Hagamos las cosas bien.


No sabes que algo se acaba. No lo has visto venir y no te has dado cuenta de que lo que hubiera antes ya no existe. Tú no has decidido poner fin a nada ni nadie te ha consultado sobre ello. Te enteras por casualidad o por el inevitable peso de la realidad, de los hechos consumados. Nadie se ha despedido de ti ni te ha dado opción de hacerlo. Da igual si te alegras de ver llegar ese final o si lo lamentas profundamente. Se podrían hacer mejor las cosas.

Se acaba algo tuyo. O te acabas tú. Piensas en la mejor manera de hacer las cosas. Pero te despidas o no, lo hagas en público o en privado, con algo multitudinario o íntimo, ostentoso o sencillo, nada volverá nunca a ser lo mismo.


Este relato participa en la convocatoria #relatosDespedidas de @divagacionistas.