domingo, 3 de enero de 2021

Informar en una pandemia

Hace pocos meses el vicepresidente de ARP-SAPC me pidió una colaboración para la revista que publica esta asociación, a la que pertenezco. Preparaban un monográfico sobre "Covid-19 y pensamiento crítico" y se trataba de que varios socios habláramos sobre el tema desde nuestra experiencia y nuestro conocimiento personal o profesional. Me puse manos a la obra y me salió un texto que superaba ampliamente el espacio asignado. Lo recorté para adaptarlo. La revista está a punto de salir. Además, esa versión corta se puede leer en la web de ARP-SAPC aquí, y aquí el monográfico con los diez textos.

Sin embargo, el texto en su extensión original merece, creo yo, publicarse. Lo hago en este blog, en el que incluyo también numerosas referencias por si el lector quiere consultarlas a medida que lee o al final.


PERIODISMO Y PANDEMIA

Cuando se produce un cambio tan grande como el que esta pandemia ha supuesto en nuestras vidas, cuesta recordar cómo eran las cosas inmediatamente antes y cuándo exactamente nos dimos cuenta de que esto era algo que no habíamos vivido nunca. Hay algo claro: de este virus no sabíamos casi nada cuando empezamos a ver y oír hablar de él en los medios de comunicación. No diré que los periodistas partiéramos de cero, epidemias y pandemias habíamos conocido -e informado de ellas- en los últimos años. Ahora bien, como esta situación no habíamos vivido ninguna. Los políticos y muchos científicos tampoco, al menos en nuestro entorno. La información en una crisis es algo vital y no sé si la hemos gestionado todo lo bien que deberíamos.

NUESTRA EXERIENCIA PREVIA EN EPIDEMIAS

Sobre enfermedades infecciosas que causaran preocupación global teníamos varias experiencias previas relativamente recientes. El SARS (siglas en inglés de Síndrome Agudo Respiratorio Grave), la gripe A, el Ébola, el Zika…

El SARS surgió en Asia a principios de 2003 y se hizo global en pocos meses. Como señala la Organización Mundial de la Salud, fue la primera nueva enfermedad grave y de fácil transmisión del siglo XXI. Nos dimos cuenta de lo sencillo que era extender una infección en este mundo hipercomunicado, con conexiones aéreas en casi cualquier parte del planeta. La gripe A, identificada inicialmente en México y declarada pandemia por la OMS en junio de 2009, cuando había unos 180.000 casos y más de 1.400 muertos en el mundo, causó verdadera alarma… que se transformó en desconfianza después de que los gobiernos hubieran hecho acopio de antivirales y vacunas que en su mayor parte no se utilizaron. Se acusó a la OMS de falta de transparencia y de actuar influida por intereses de las farmacéuticas. El movimiento antivacunas empezó a despegar en España en aquellas fechas, impulsado por personajes como la monja y médica Teresa Forcades. Otra enfermedad que nos asustó cuando hubo contagios fuera de África, de donde es originaria, fue el ébola. En España tuvimos uno, el de una auxiliar de enfermería del hospital donde se trató a dos misioneros que enfermaron en Liberia y en Sierra Leona y fueron repatriados en el verano de 2014. En cuanto al Zika, la epidemia que afectó a Latinoamérica en 2016 tuvo mucho eco en los medios de todo el mundo al coincidir con los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. En España aparecieron varios casos importados ese verano.

LAS PRIMERAS NOTICIAS SOBRE EL NUEVO CORONAVIRUS

A principios de enero de 2020 las agencias y los corresponsales empezaron a informar de una rara neumonía en Wuhan, China. El primer muerto se produjo el 11 de enero. Las informaciones incluían comentarios sobre la habitual falta de transparencia de las autoridades chinas en cuestiones delicadas. No sabíamos de la gravedad de la infección pero en poco tiempo había dejado de ser local: llegaron casos importados a Japón, a Hong Kong, a Tailandia…

Era evidente que personas infectadas podían viajar en avión con pocos o ningún síntoma y propagar el virus en su lugar de destino. Sin embargo, aún no sabíamos bien cómo se transmitía la enfermedad y hasta qué punto era grave.

Poco a poco, los medios de comunicación empezamos a informar más ampliamente sobre el tema, primero dando las novedades: cuántos casos constaban ya, dónde, cuántos fallecidos… Cuando llegó el momento de añadir explicaciones, muchos periodistas descubrieron que no tenían agenda para ello. Empezó la búsqueda de virólogos y epidemiólogos recordando cuándo se había consultado con algunos (por ejemplo, en el caso de difteria en Olot). El Ministerio de Sanidad delegó en su Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias la responsabilidad de informar. Llegaron las comparaciones con la gripe estacional. Y llegaron los mensajes de calma de las autoridades.

Para entonces ya había en las redacciones una apreciable división entre quienes pensaban que se debía dedicar más espacio a hablar de la evolución y expansión de la nueva enfermedad y quienes consideraban que se estaba exagerando su importancia y alarmando a la gente (recordemos las reacciones a la cancelación del World Mobile Congress de Barcelona). La discrepancia se repetía entre la población. Entre el secretismo chino, los mensajes cambiantes de las autoridades, la prudencia de los científicos y la persistencia de cierto descrédito de la OMS, remanente de crisis anteriores, los periodistas teníamos claro que no pisábamos terreno firme.

Los informadores estamos siempre deseando que surja una noticia que interese a todo el mundo, tenga mucho recorrido y nos permita hacer lo que más nos gusta: contarle al público lo que no sabe y quiere saber. Pero hay que ser capaces de identificarla. Detectar cuándo es el momento de dedicar más tiempo o espacio a un tema es una de las claves en los medios de comunicación. Si no se acierta a la hora de dar relevancia a una información, le haremos un flaco favor a la audiencia: podemos alarmarla innecesariamente o bien transmitirle erróneamente la idea de que no ocurre nada grave. No es fácil. Y las consecuencias son malas: para los medios, la pérdida de credibilidad; para la ciudadanía, entre otras, la pérdida de confianza.

La discrepancia en las redacciones desapareció pronto. Por un lado, la realidad se impuso: los contagios aumentaban, así como las muertes, y cada vez se daban en más países. Por otro, hablar de la nueva enfermedad hacía ganar audiencia. No tengo muy claro cómo fue el mecanismo esta vez, quizá las tertulias donde hablaban más “todólogos” que expertos sembraron la inquietud y ese público buscó más datos en los medios de comunicación (y en internet y entre amigos y familiares…) o tal vez fuimos los propios espacios informativos los que encendimos la mecha, no lo sé. En cualquier caso, audiencias y medios nos retroalimentamos y el tema creció hasta desplazar, en marzo, con el confinamiento, a todos los demás. Solo la pandemia era noticia.

 

INFORMACIÓN EN TIEMPOS DE CRISIS

Los periodistas especializados en salud marcaron la pauta en las redacciones. No sucede muy a menudo que la especialización en sanidad, o en ciencia en general, se valore más que ninguna otra en un medio generalista. En el panorama informativo global ganaron puntos los medios especializados online; también los blogs y canales de YouTube de médicos, biólogos, genetistas, expertos en salud pública… Las noticias se trufaron de declaraciones de muchos de ellos. Las agendas más cotizadas eran las que tenían muchos contactos en esos sectores. Cada entrevistado que aparecía en un medio era rápidamente reclamado por otros.

Se seguían las ruedas de prensa de la OMS y durante los primeros meses del año se ponían pocos peros a lo que en ellas se decía. El organismo declaró emergencia sanitaria internacional por lo que entonces se solía llamar “el nuevo coronavirus” o “el coronavirus de Wuhan” el 31 de enero, un mes después de que China le hubiera notificado oficialmente la aparición de una neumonía rara. El 11 de febrero le dio oficialmente el nombre de COVID-19 (Coronavirus Disease 2019), causada por el SARS-CoV2, el segundo coronavirus responsable de un Síndrome Agudo Respiratorio Grave y el primero en originar una pandemia: la OMS la declaró el 11 de marzo. Este organismo recoge en su web una cronología de sus actuaciones sobre esta enfermedad.

En esas fechas explicábamos qué es un coronavirus, qué significaba la declaración de pandemia y cuáles eran los criterios para hacerla; informábamos del posible origen del virus y de las probables vías de contagio. Se abrió el melón de las zoonosis, de los animales que actúan como huéspedes de enfermedades y de transmisores de mutaciones capaces de infectar al ser humano. Incorporamos términos como “gotículas” y empezamos a buscar expertos en contagio, higiene y desinfección. Más tarde añadimos otros muchos relativos a vacunas y a tratamientos, con especialistas en estos campos. Se puede decir que hemos hecho un curso acelerado estos meses.

Esas informaciones convivían con las de enfermos, hospitalizados, ingresados en UCI y fallecidos. A mediados de marzo ya se hablaba de hospitales desbordados y servicios funerarios que no daban abasto. Aunque no había tratamiento específico contra este nuevo virus, los profesionales de medicina intensiva, neumología y otras áreas probaban fármacos ya existentes para combatir los síntomas más graves. Esos médicos compartían los resultados y la información terminaba reflejándose en los medios, deseosos de dar alguna buena noticia.

El 9 de marzo Italia confinó a toda su población, algo que había hecho previamente solo en la zona norte del país. Aquellos comentarios de que el confinamiento estricto de la ciudad china de Wuhan solo era posible en un país más autoritario y con menos respeto a las libertades que Occidente cayeron en el olvido. Otros estados siguieron a Italia; España, una semana después. Los medios se volcaron en contar el encierro, dar explicaciones, justificaciones, consejos, recoger opiniones, reacciones, consecuencias. Los aplausos a los sanitarios, captados por cámaras profesionales o móviles particulares, se mostraron durante muchas semanas. Era como una guerra en la que todos estábamos en el mismo bando y la información tenía algo de la clásica propaganda para mantener altos los ánimos.

El confinamiento complicó aún más el trabajo de los periodistas. Aunque éramos un servicio esencial y podíamos movernos, no era el caso de muchas de nuestras fuentes. Las entrevistas por Skype o las declaraciones e imágenes grabadas con teléfono móvil pasaron a ser lo más habitual. El teletrabajo llegó para despejar las redacciones y reducir el riesgo de contagios (que, pese a todo, se han seguido produciendo). Mis recuerdos de esos meses incluyen el aislamiento con un pequeño núcleo de profesionales en lo que humorísticamente llamábamos “el búnker” o el “Área 51”, un retén que trabajaba sin ningún contacto con el resto de compañeros en unas oficinas alquiladas, por si un contagio masivo obligaba a cerrar Torrespaña y debíamos hacernos cargo, cual ocupantes del arca de Noé, de repoblarla.

Creo que hasta aquí es suficiente cronología para refrescar los recuerdos. Abordemos ahora algunos aspectos más complejos.

PERSONALIDADES Y PERSONAJES

No es lo más frecuente en una redacción que las ruedas de prensa de las que van a salir los grandes titulares no las den políticos sino técnicos. Ocurre por ejemplo en procesos judiciales, en catástrofes naturales, desapariciones y otras tragedias (recordemos la operación de rescate del pequeño Julen tras su caída en un pozo en Totalán a principios de 2019).

En esta pandemia cada país ha tenido sus referentes en la presentación de los datos, la explicación de la gestión sanitaria y la respuesta a las infinitas preguntas de los informadores. Alguno de esos referentes se ha hecho conocido en todo el mundo, como el estadounidense doctor Fauci, uno de los asesores de la Casa Blanca en esta crisis. En España esa figura es Fernando Simón, médico epidemiólogo y director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias.

El papel protagonista de Simón ha llevado a muchos ciudadanos y no pocos periodistas a considerarlo la fuente infalible de todo conocimiento sobre la Covid-19. Por eso mismo ha recibido muchas críticas cuando alguna de sus declaraciones contradecía a otra anterior (las han recibido igualmente el Director General de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, o el Director Ejecutivo del Programa de Emergencias de ese organismo, Mike Ryan).

Quizá no es culpa suya, o no solo suya, que la población espere afirmaciones tajantes, directrices infalibles y protocolos inamovibles. En una enfermedad nueva el conocimiento va llegando de forma paulatina, y eso es así incluso en esta, en la cual la movilización de equipos científicos en todo el mundo, el avance de las investigaciones y la transmisión de información han sido notables.

Sea como sea, desde las autoridades sanitarias y políticas se ha afirmado primero que teníamos muy pocos casos y se estaban rastreando los contactos, para no mucho después reconocer la existencia de una transmisión mucho mayor y descontrolada. Han asegurado que el contagio era por contacto -lávense las manos, desinfecten todo-, por gotas de saliva y de estornudos -tápense, usen mascarilla-, y finalmente, también por aerosoles, gotas mucho más pequeñas -ventilen, sustituyan el interior de los locales por las terrazas-. A la gente se le ha dicho que para la población sana no tenía sentido llevar mascarilla, luego se le ha recomendado ponérsela y posteriormente se le ha obligado; la recomendación de usar guantes marchó en sentido contrario. Se ha reducido el aforo permitido en establecimientos pero no en aviones o trenes ni se ha aumentado la frecuencia del transporte público para reducir su ocupación. Durante el confinamiento se cerraron los parques; más tarde se ha pedido que el mayor número posible de actividades se efectúe al aire libre.

La figura de Simón ha sufrido un enorme desgaste. Se le ha identificado con la ideología política del gobierno. Se le han hecho críticas por motivos ajenos a su labor, ya fueran su aspecto, aficiones o actividades extraprofesionales. Los medios hemos contribuido mucho a ello. Pocas cosas nos gustan tanto como derribar mitos.

O crear otros. Ciertos personajes han encontrado un escaparate estos meses. Algunos, haciendo afirmaciones que iban a la contra de la tónica general. El cirujano -que no epidemiólogo ni virólogo- Pedro Cavadas, por ejemplo. No me haré eco de sus palabras, pero es fácil encontrarlas en internet, con valoraciones opuestas según quién las publique.

Ha sido como mínimo curioso el caso de Iker Jiménez. El periodista, a menudo altavoz de teorías conspirativas y misterios dudosos, se ha puesto en contra a una parte de sus seguidores por rechazar que este coronavirus no exista o que haya una conspiración de poderosos, una “plandemia”, para someternos.

En cuanto a los políticos, no tardaron mucho en recuperar el protagonismo. Las tensiones entre gestión centralizada y autonómica, la disyuntiva entre priorizar salud o economía, salud o educación abrieron la brecha en el dominio de la información puramente sanitaria. La polarización y las acusaciones cruzadas volvieron a dar espacio a los bloques de declaraciones de líderes políticos, ahora con un discurso aún más crispado. De esto podrían hablar mejor los compañeros que se dedican a la información política.

LOS “OTROS MEDIOS” Y LA DESINFORMACIÓN

Termino estas reflexiones con una cuestión muy grave. Esta pandemia ha surgido en un momento en que los bulos, la desinformación y las pseudociencias ya llevaban tiempo identificados como problemas serios de la sociedad actual. Por eso nos ha pillado con las estructuras de detección y denuncia ya preparadas. Eso no quiere decir que se haya impedido o reducido su aparición, pero sí que los periodistas (diría que también buena parte de la población) estábamos -estamos- muy atentos no solo a entender las cosas bien para explicarlas sin errores, como habitualmente, sino a que “no nos la colaran”. Sin embargo, la cada vez más frecuente exigencia de inmediatez en nuestro trabajo nos ha hecho pagar muchos peajes.

Dejemos clara una cosa: hemos emitido y publicado informaciones contradictorias a raíz de que nuestras fuentes, ya sean políticos, médicos o investigadores, se hayan ido contradiciendo en algunos casos, rectificando o matizando en otros. Reconozcamos también que la simplificación necesaria ha hecho desaparecer en muchas noticias los matices y prevenciones que introducían esas fuentes.

Y otro apunte importante: no es lo mismo la información que la especulación o que la opinión. Se han visto muchas tertulias, debates, entrevistas y hasta reportajes en los que la información objetiva era el más escaso de los componentes. El público conoce, o debería conocer, el grado de rigor del medio al que acude, su tendencia o no al sensacionalismo, su preferencia por las voces más capacitadas o por las que más llaman la atención. Esta pandemia ha sido vista por muchos como la ocasión para captar audiencia, pero por pocos como una prueba a la que someter a nuestra ética profesional.

Hablo, claro, de los medios de comunicación tradicionales. Sin embargo, si algo caracteriza estos últimos años es la difusión de información (y desinformación) por otro tipo de medios: redes sociales, servicios de mensajería instantánea, webs con apariencia de periódicos digitales…

Los bulos surgen de grupos de interés o de individuos. Las motivaciones son muy variadas, a menudo ideológicas pero también económicas, e incluso la ignorancia y el miedo. Desde la aparición de esta enfermedad se ha vivido, paralelamente, una auténtica “infodemia”, en la que la desinformación se ha sumado a los problemas puramente sanitarios. Distintos equipos de verificación han desmentido centenares de bulos. Newtral tiene un interesante gráfico sobre su temática y protagonistas, así como otro sobre el número de ellos que surge en cada fecha.

Maldita.es llevaba desmentidas a fecha de redacción de este texto 787 “mentiras, alertas falsas y desinformaciones sobre COVID-19” (ahora ya son 866), además de 15 teorías conspirativas. En Verifica RTVE hay multitud de informaciones desmentidas, al igual que en EFEVerifica.

La avalancha de falsedades parece imposible de frenar. Casi no habrá persona en este país que no haya leído o escuchado alguna, pues de las redes saltan a las conversaciones y se reproducen en los medios (aunque, por desgracia, no siempre para desmentirlas). Puede resultarnos entretenido ver cómo un “experto” relaciona, en un vídeo de YouTube, el despliegue de redes 5G con la expansión del virus. Puede parecernos divertido que haya grupos de población (con un famoso cantante alentándolos) que asocian las vacunas con el implante de microchips para controlarnos a todos, pero la cuestión deja de tener gracia cuando es el presidente de una universidad quien lo afirma o algún político quien le da credibilidad. Que el presidente de Estados Unidos sugiriera como tratamiento contra este coronavirus inyectar desinfectante al enfermo o meterle luz ultravioleta en el cuerpo resultó cómico hasta que más de un centenar de personas se intoxicaron tratando de aplicarse tal tratamiento , algo de lo cual Trump no se sintió en absoluto responsable.

Enumerar los centenares de bulos llegados de la mano de la pandemia alargaría innecesariamente este texto. Dejo al lector curioso la tarea de buscarlos y, en su caso, denunciarlos a algunos de los equipos verificadores ya mencionados.


jueves, 31 de diciembre de 2020

Otro más

Todos los años agradezco esa sensación de final y comienzo que nos permite por estas fechas el tener el tiempo dividido, compartimentado. Puedo imaginar que cuando uno de los periodos marcados se termina, todo lo que ocurrió en ese tiempo se queda atrás y empieza algo totalmente nuevo. Es más fácil no ensuciar que limpiar, decía mi madre; es más fácil no estropear que arreglar, y este año que empieza intentaremos no estropear nada, por muy hecho polvo que nos haya quedado todo en el pasado.

Porque el balance del año es malo, digámoslo claramente. Las relaciones personales y sociales o han hibernado o se han deteriorado o directamente han fenecido. Al principio las redes parecían una buena forma de mantener el contacto pero en mi caso ha ocurrido justo lo contrario, no sé si porque las he puesto a hibernar también o porque he descubierto que es más fácil vivir sin hacerles mucho caso. Las personas no son su avatar en el mundo virtual. Tampoco son sus mensajes ni su voz por el teléfono, ni siquiera su cara en una pantalla. 

El año que asoma no tiene muy buena cara de momento. A ver si coge brillo, que no estamos para muchas penumbras más.

lunes, 21 de diciembre de 2020

Queridos Reyes Magos



Queridos Reyes Magos:

Son tiempos extraños. Este año han ocurrido cosas como que algunos llegaran a odiar las paredes y el techo que los cobijaban y desearan por encima de todo encontrarse al aire libre. No es mi caso. Después de tantos años, mi hogar actual es para mí el lugar más acogedor y seguro del mundo.

Pero estas navidades serán distintas. Me faltará el hogar de mi infancia, donde siempre hemos celebrado parte de las fiestas, incluidos vuestra visita y los regalos que nos dejabais. Esa casa está en proceso de transformación. Dejará de ser lo que fue y se adaptará a circunstancias nuevas.

Así que este próximo 6 de enero no habrá nadie allí para abrir regalos y comer roscón con chocolate. Podéis dejarme lo que pensarais traerme en esta casa donde pronto dejaré de estar. Habrá aquí también un regalo especial, hecho con esfuerzo y cariño, para una persona que no lo recogerá. Vosotros, que recorréis distancias tan grandes, deberíais explicarnos cómo salvar otras mayores.

Cambiar de casa, de trabajo, perder a personas que te importaban y que te hacían feliz… Son techos que dejamos de tener sobre nuestras cabezas. Hogares emocionales que perdemos. La vida sigue, pero cuesta más esfuerzo. La añoranza le roba espacio a la alegría.

Así que, queridos Reyes Magos, traedme esperanza.


Este relato participa en los #relatosHogar de @divagacionistas

lunes, 30 de noviembre de 2020

Apuestas

- ¿Cómo va la cosa?

- Psé. Lo de los impuestos pinta mejor que lo de los empleos, pero tampoco gran cosa. No se ve un claro ganador esta vez.

Cada cual ante su ordenador, los miembros del equipo parecían aburridos mientras analizaban los programas electorales. Alguno daba sorbos a su taza de café, otros miraban al móvil... De pronto se alzó un murmullo en dos de las mesas.

- Parece que alguien apuesta fuerte al cambio constitucional.

El murmullo cesó, volvió el tedio.

Un hombre de pelo canoso se acercó a la mesa del jefe y hablaron un rato en voz baja. Cuando volvió a su ordenador, se puso a teclear con entusiasmo. Al cabo de un par de horas regresó con varias candidatas.

- Tengo la ruptura del Concordato, el traslado de los restos del dictador, un referéndum y luego, claro, siempre está el tema de la educación, en uno u otro sentido.

- Gracias, lo vemos en la reunión de después de comer.

Quizá fue el efecto del vino de la comida o quizá el ansia por terminar aquella tarea; el caso es que el debate fue breve y bastó una votación para decidir.

- Señores, hay ganador. Nuestra apuesta para la promesa electoral incumplida más criticada de esta legislatura será el traslado de los restos del dictador. Es, con mucho, la de componente más emotivo, la más polarizadora y la que más presión en contra hallará. Se ha impuesto con holgura a la segunda más votada, la ruptura del Concordato con la Santa Sede.

El portal publicó, por fin, su vaticinio, en el que coincidieron dos webs más. El dinero empezó a moverse.

Sería la primera vez que fallaba. 


Esta entrada participa en los #relatosPromesas de @divagacionistas.

lunes, 26 de octubre de 2020

Inmortales

Siempre me gustó conservar el pasado, el mío. Fui la que se puso manos a la obra un día y colocó en álbumes las fotos que tenían mis padres guardadas en cajas. Conservé tareas escolares de mi niñez y cuadernillos de notas de mi adolescencia. Cuando mis padres hicieron obra en casa, me acerqué una tarde para rescatar, de entre los cascotes. fragmentos de los distintos papeles pintados con que habían estado empapeladas las paredes de mi cuarto y del de mis hermanos. Atesoré las cartas (bendito papel) que me escribieron familia, amigos y novios en los tiempos huérfanos de internet. Guardé manualidades hechas en el colegio. Y escribo desde los 14 años un diario en papel.

Después de fallecer mis padres he emprendido la dura tarea de vaciar su casa y arreglarla. Han brotado toneladas de papeles de todas partes. La mayoría, inútiles ya, han terminado destruidos y en el contenedor pero unos pocos me han dibujado la vida de mis progenitores. De un maletín surgieron la tarjeta con que mis abuelos anunciaron a sus allegados el nacimiento de mi padre, la cuartilla donde anotaron su curioso vocabulario infantil, sus notas del colegio y el instituto... De otro maletín brotaron las calificaciones de mi madre y, de un cajón, una trenza de pelo castaño, que se cortó después de casarse. Allí estaban también el primer contrato de alquiler de su casa y el del suministro eléctrico, la escritura de propiedad cuando la compraron y la cancelación de la hipoteca, muchos años después.

En una vitrina, una cajita resguardaba las cartas de amor que intercambiaron durante su breve noviazgo a distancia. En un armario he encontrado contratos de trabajo de ambos y muy variadas muestras de su buen hacer profesional, incluyendo dibujos de mi padre que merecerían haber colgado, enmarcados, de las paredes. Facturas de los muebles que compraron, letras que firmaron, bocetos de cómo imaginaban su dormitorio. Montones de fotos. Y muchas cosas nuestras, de sus hijos, desde cuadernos de dibujo a notas del colegio. Había también ropa, incluyendo colchas, manteles y sábanas retirados ya del uso pero que nunca se decidieron a tirar.

Siendo la sentimental que soy, he decidido conservar muchos de estos hallazgos. Aspiro a reconstruir con ellos la historia de la vida de mis padres. Me estoy sintiendo muy, muy vieja con esto, pero también un poquito inmortal, como ahora lo son ellos.



Esta entrada participa en los #relatosBrotes de @divagacionistas

lunes, 28 de septiembre de 2020

Picos y pañales

Cambiar pañales puede pareceros una tarea algo desagradable pero el pañal sucio se cierra y el paquetito va a la basura, muchas veces sin que apenas se manche uno los dedos.

Soy de una generación anterior a la generalización de los pañales desechables. Parece que fue hace una eternidad pero no es tanto; al menos, no tanto como para no recordar con detalle lo que eso suponía. Cambiar al bebé implicaba tirar los residuos sólidos al retrete y lavar el pañal y el pico sucios, pringados, mojados, malolientes...

Las canastillas de los bebés incluían decenas de lienzos cuadrados de algodón de trama poco tupida -los pañales- y otros triangulares más compactos -los picos-. Los pañales se doblaban en tres para dejarlos como rectángulos alargados y se colocaban sobre el triángulo invertido que era el pico; se tumbaba al bebé boca arriba sobre el conjunto, se le cubría con el pañal y la punta inferior, se cerraban las laterales sobre todo ello y se fijaban con un imperdible. Pronto la forma del pico dio paso a otra de tipo reloj de arena, con cintas, luego velcros, para fijar ambos lados sobre las caderas.




De niña lavé a mano pañales y picos de mi hermano menor. Para cuando nació mi hermana más pequeña, los pañales desechables ya se vendían en los supermercados a precios asequibles. Es, desde luego, más higiénico: evita el contacto con orina y heces. Es también menos sostenible: genera una inmensidad de residuos no reciclables. Muchas páginas web animan a volver a utilizar los pañales de tela. Se venden unos parecidos a los de mi infancia, aunque estéticamente más cuidados. Lo que no vuelve son los picos triangulares. Era una solución simple pero poco eficaz para los tiempos actuales.

Recuerdo con cariño uno de aquellos imperdibles -con cierre de seguridad- para sujetar los picos. Tenía una cabeza de cerdito en plástico rosa. Uno de esos objetos de la infancia que tenía olvidados hasta hoy.

                                                



Con esta entrada participo en los #relatosPicos de @divagacionistas.

Una foto

Como cada tarde, empezó por colocar en sus estanterías los libros devueltos a lo largo de la mañana. No eran muchos pero eran cada vez más.

Desde que la pusieron a teletrabajar con lo de la pandemia había decidido buscar una casita en algún pueblo. Un lugar donde pudiera tener más de los veinticinco metros cuadrados que en Madrid se le llevaban medio sueldo y donde la ventana del dormitorio-salón-cocina no diera a un patio interior. Un lugar desde donde poder visitar a sus padres los fines de semana sin pasarse horas en un autobús.

Aquel pueblo estaba a una distancia prudencial, la señal de wifi era lo bastante buena y había para alquilar una casita de dos alturas muy bien de precio. Se instaló en la planta de arriba, y en la de abajo, en la diáfana estancia principal, arrinconó la mesa de comedor y colocó su mesa de trabajo.

Las paredes, llenas de estanterías vacías, le dieron la idea. Se trajo de casa de sus padres todos los libros que había ido acumulando durante años en cajas, a falta de espacio, y los distribuyó por los estantes. Luego hizo un cartel que colgó en la puerta de entrada.


Los vecinos no habían tardado en preguntar. Ella explicó que prestaría sus libros gratis, solo por el placer de ver a otros disfrutar de su lectura como había disfrutado ella.

Pronto tuvo un pequeño grupo de habituales. Y luego gente nueva que venía con peticiones concretas, recomendaciones de otros.

Esa mañana, al ir a guardar un volumen, vio que entre las páginas asomaba el pico de un papel.

No era raro que alguien se dejara el papelito con que había ido marcando la página en que interrumpía su lectura (les había rogado a todos que no doblasen la esquina de la hoja). Tiró del pico para sacar el papel. Era una foto. Un niño y una niña de unos doce años cogidos de la mano ante un colegio. La niña era ella.

Escrita por detrás, una frase: ¿Me recuerdas? Y una firma: Toño.

Miró en su cuaderno a quién le había prestado ese libro. Antonio Álvarez. En aquel momento el nombre no le había dicho nada. Ahora le trajo mil recuerdos, entre ellos el de un beso de despedida cuando él cambió de barrio y de colegio.

Sonrió, guardó la foto en el cuaderno y colgó el cartel de Abierto en la puerta.


Con esta entrada participo en la convocatoria #relatosPicos de @divagacionistas.

lunes, 27 de julio de 2020

Solo sabemos más

Me gusta sentarme tranquilamente a no hacer nada más que pensar, dar vueltas a las cosas que tengo en la cabeza o dejar volar la imaginación. A veces me imagino a mí misma en una historia imposible o improbable y pienso en cómo actuaría. Uno de esos escenarios mentales que me entretienen es el de viajar al pasado y explicar a personas de la época cuestiones que hoy son de conocimiento general pero en su día supusieron un gran cambio, un salto mental para la especie humana.

Me imagino, por ejemplo, informando a gente del siglo XII de que la falta de higiene nos hace contraer infecciones potencialmente mortales. Que hay seres microscópicos, invisibles, capaces de invadir nuestro cuerpo y, venciendo toda resistencia, acabar con nuestra vida. Me tomarían por loca.

O me imagino explicando a los antiguos romanos que la Luna es un cuerpo similar a la Tierra, que estamos enlazados por la gravedad en función de nuestras respectivas masas y que la distancia entre una y otra se puede salvar con determinadas condiciones. Pensarían que sufro una forma curiosa de locura.

O revelando a gente de cualquier época que los dioses son solo invenciones del ser humano, que cada sociedad, cada cultura, les da las características que interesan para cohesionarla o para reforzar el poder de quienes lo ostentan, y que las "revelaciones divinas" no superan nunca los conocimientos humanos del momento, rebatidos actualmente en su mayoría por la ciencia. Quienes no me tomaran por loca, me acusarían de subversiva. En cualquier caso, me encerrarían o me ejecutarían.

No estamos locos, solo sabemos más.



Con esta entrada participo en los #relatosLocura de @divagacionistas.

sábado, 27 de junio de 2020

In memoriam

Nací año y medio después del final de la guerra, si bien en mi ciudad había terminado mucho antes. Fui la tercera hija de mi madre; la segunda no sobrevivió.

El trabajo de mi padre nos llevó a cambiar de ciudad a mis seis años. Tuve una infancia y adolescencia relativamente felices, aunque con una carencia especialmente marcada: el no poder cursar estudios superiores. Se intentó, pero las monjas solo becaban a las futuras novicias y pronto vieron que no era mi caso.

Me enamoré en el verano de mis veinte años de un hombre natural de mi ciudad de adopción que entonces vivía en otra. Nos presentaron durante sus vacaciones unos amigos comunes. Él, con treinta y un trabajo, supo atraerme, convencerme para hacernos novios y, en las dos veces que nos vimos en los meses posteriores, para casarnos recién estrenado el año siguiente.

En los noviazgos de entonces, cortos o largos, las parejas se conocían poco. Luego nos descubrimos bastantes diferencias pero las similitudes y la voluntad nos mantuvieron unidos. Fue difícil sacar adelante a cinco hijos con un solo sueldo.

Los adoraba, pero quise trabajar además de ser esposa, madre y ama de casa. Tuve una primera experiencia, fugaz por las circunstancias y los prejuicios, también de mi marido. Al ir creciendo los niños, volví al instituto para sacarme el COU y la Selectividad. Tenía la edad de mis profesores. Empecé Físicas pero los horarios eran demasiado exigentes. Más adelante elegí Imagen y Sonido y me licencié en la misma época que mis hijos mayores.

Conseguí trabajos, temporales, algunos de varios años. Me descubrí capacidades nuevas, me encantó conocer gente y me enorgulleció cada muestra de reconocimiento. También hubo momentos malos, duros, pero los obviaré.

Varias enfermedades de mi marido, ya independizados los hijos, me llevaron a dedicarle la mucha atención que necesitaba. Nuestros últimos años juntos fueron bastante felices pese a todo.

Le perdí repentinamente. Me quedé sola en casa y me sentí sola en la vida. Necesitaba ver más a mis hijos y nietos, hablar con ellos a diario, hacer cosas juntos. Ocurría, pero no tan a menudo como yo deseaba, para mi tristeza.

Morí en una de esas ocasiones en que estábamos juntos. También de repente. Seguramente sin darme cuenta de que ya no recuperaría el conocimiento nunca más. Ni mi marido ni yo pensábamos que hubiera nada después. Viviré en el recuerdo de quienes me amaron.


Con esta autobiografía imaginaria de mi madre, a modo de homenaje, participo en los #relatosMadres de @divagacionistas

jueves, 25 de junio de 2020

Notarios

La muy humana necesidad de contar, de narrar, para la mayoría de nosotros necesita un interlocutor de confianza y a quien le importemos. En cambio, si te da igual quién lea, vea o escuche o deseas llegar a mucha gente, ahora dispones de redes sociales: puentes que salvan todas las distancias hasta ojos y oídos abiertos.

¿Y si quieres dejar constancia de lo que ves, explicar lo que haces, expresar lo que sientes, pero no quieres airearlo? Para eso están los diarios privados, los personales e íntimos. Esos que jamás querrías que nadie leyera. El reducto de la sinceridad absoluta. La crónica del viaje entre lo que empezaste siendo y esto en lo que te has convertido. Los deseos que se cumplen y los que no, los logros y los fracasos. Y, sobre todo, las sensaciones, opiniones, miedos, odios y amores.

Si un diario es sincero, leer en tu madurez las palabras de tu juventud quizá te avergüence o te llene de ternura. Tal vez te ayude a entender, años después, por qué te enamoraste de esa persona en quien ahora eres incapaz de ver ninguna virtud, o por qué dejaste escapar a esa otra con la que sin duda habrías llegado a entenderte a la perfección. Te permitirá recordar por qué aceptaste ese trabajo o rechazaste aquella oferta o te rendiste cuando estabas a punto de conseguir...

Si eres de los que quieren saber la verdad y no la versión adaptada, edulcorada y complaciente que nos vamos fabricando con los años, escribe un diario solo para tus ojos. Sé notario de tu vida. Descubrirás tus defectos y, si eres valiente, aprenderás de tus errores. 

lunes, 25 de mayo de 2020

Como los gatos

Hace unos días vi esta foto en Twitter: un mercado en Filipinas, donde se habían pintado círculos en el suelo para marcar la distancia de seguridad entre las personas que esperaban... pero los habían ocupado gatos. La foto la utilizaba un biólogo para ilustrar la tendencia de los gatos a refugiarse en espacios pequeños y cerrados, aunque sean espacios virtuales.



Puedo imaginar más de un lugar real o virtual que me haga el mismo efecto que esos círculos a esos animalitos. Alguna vez he sentido que el simple hecho de meterme en la cama me aislaba del mundo. También me he refugiado en las páginas de un libro. O detrás de unas gafas de sol, como si mirar sin que nos vieran los ojos nos protegiera de algo. Hay niños pequeños que cuando juegan al escondite se acurrucan a la vista de todo el mundo pero se tapan la cara y eso ya les da la sensación de estar fuera del alcance de las miradas ajenas.

Hay quien se refugia en el silencio, aunque eso, más que un círculo, sería una esfera. Y hay quien no necesita nada físico en torno para sentirse sumergido en una burbuja protectora porque sabe aislarse mentalmente de lo que tiene alrededor.

Por las noches, cuando me relajo e intento dormir, los pensamientos que me he esforzado en relegar durante el día se cuelan por las rendijas y se adueñan de mi cerebro. Pero esta noche voy a ensayar la táctica de los gatos. Dibujaré mentalmente un círculo vacío y me meteré en él para dejar fuera todo aquello en lo que no quiero pensar.



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martes, 19 de mayo de 2020

De noche

Cae la noche y la vida se va vaciando. Poco dormir y menos aún soñar ofrece esa cama. Para qué cerrar los ojos si nada vuelve de madrugada.

Rehúyo los lugares donde se congeló el último recuerdo. Los recuerdos ya no llevan a ninguna parte.

El silencio a estas horas no es acogedor. Hace eco.

Y el pensamiento no sabe encontrar un camino conocido para volver a casa.


lunes, 27 de abril de 2020

A la defensiva

Había leído seis veces aquel correo. La primera, del tirón. Luego, con calma. Las dos últimas, fijándose al máximo.

Ni una sola incorrección, ni una coma de más, ni una tilde indebida. El lenguaje era fluido; el estilo, informal pero no vulgar; el contenido, claro e interesante; la sensación... acogedora.

Leía a diario decenas de correos, casi todos de trabajo. Nunca se había acostumbrado a las faltas de ortografía ni a las patadas al diccionario, tampoco a los tópicos ni a la morralla. Y echaba de menos encontrarse con alguno, aunque fuera solo uno, que pudiera leerse en paz, sin la menor incomodidad. Lo mismo podía decir de los informes que le tocaba supervisar.

Muchos de sus compañeros tenían formación universitaria, lo cual había comprobado no garantiza un buen conocimiento del propio idioma. En su caso, lo tenía desde que terminó la enseñanza secundaria. Cuestión de interés, suponía, y de respeto hacia los demás. Lo de detectar todos los errores y sentir pena, desagrado o indignación, según los casos, le parecía más bien una maldición.

El primer correo en dos años al que no podía ponerle una sola pega lo remitía alguien a quien no conocía personalmente. Una lástima, no era fácil encontrar personas que se expresaran tan bien y aparentemente con tanta facilidad.

Decidió añadir una breve felicitación por ello a su respuesta. Se estaba saliendo de lo estrictamente profesional pero... pocas cosas le producían tanto bienestar como ponerse a leer sin estar a la defensiva.

El placer de compartir el amor por el lenguaje.


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lunes, 30 de marzo de 2020

No tocar

Reconozco este paisaje urbano. No me desconcierta. Lo he visto en los amaneceres de domingo yendo a trabajar; en las tardes de agosto, con las tiendas cerradas en masa; en las noches de mi nada turístico barrio. Ir y volver del trabajo estos días y cruzarme apenas con una docena de personas no está dejando imágenes nuevas en mi retina ni sensaciones distintas en mi cerebro. Salgo de mi casa una vez al día, cinco días por semana. Y mientras estoy dentro, no me siento encerrada, ¿dónde iba a estar mejor? Me relaciono con gente a diario: hablo y escucho, intercambio mensajes, leo y escribo...

Pero sí hay un límite extraño que me cuesta asumir: el de no tocar nada. Lavarme las manos si lo hago sin querer o por necesidad. Desinfectar mi puesto de trabajo cuando llego. Ahora todo es un peligro en potencia. Me acerco a comentar algo con alguien y tengo que echar el freno un metro antes de lo que mi cultura mediterránea me marca como normal. El viernes una compañera lloraba tras recibir la noticia de la muerte de un amigo y ninguno pudimos abrazarla, no hubo más consuelo que el de las palabras dichas a través de un muro invisible de precaución.

Hace dieciocho días que no toco a nadie. A requerimiento de mi empresa, mi aislamiento empezó un par de días antes de que se impusiera en este país. No es que yo sea muy de tocar, pero desde luego no soy muy de evitar. Echo de menos una mano en el hombro, una palmadita amistosa. Los besos de mis seres queridos han quedado para otra ocasión. A la persona a la que más querría abrazar ni siquiera puedo ir a verla.

La mano es la herramienta del alma, dice un poema de Miguel Hernández. Si las manos trabajan pero no acarician, una zona del cerebro nota un inmenso vacío.



Esta entrada participa en la convocatoria #relatosLímites de @divagacionistas



lunes, 24 de febrero de 2020

Más vale que falte

Sensación de cansancio; mayor probabilidad de ansiedad, depresión y estrés; menor calidad de vida; mayor probabilidad de accidentes de tráfico o laborales; deterioro neuro-cognitivo; hay estudios que señalan relación con el alzhéimer y enfermedades cardiovasculares.

Leyó de un tirón y releyó parándose en cada palabra.

Vaya panorama. La falta de sueño parecía asegurar una vida poco agradable.

Mareos, dolor de cabeza, problemas gastrointestinales, reacciones alérgicas, somnolencia, problemas de memoria, de atención, tolerancia, efecto rebote y síndrome de abstinencia. 

Los somníferos también podían traer problemas. Era como elegir entre el fuego y las brasas.

Yoga, meditación, hipnosis, masturbación, técnicas de relajación, leer, escuchar música, darse una ducha caliente... Podía volver a probarlo todo pero nada había funcionado la primera vez.

Su gato dormía quince horas diarias. Su sobrinillo de dos meses casi lo mismo. Su marido podía, si le dejaban, llegar a diez los fines de semana. Ella nunca había necesitado más de seis y la mitad de los días no conseguía llegar ni a cuatro. Los envidiaba a todos, envidiaba su modorra, su remoloneo en la cama, su apego al colchón. Hasta aquel día.

Se dio un golpe en la cabeza contra una puerta de cristal. El dolor no fue muy intenso. La ceja se hinchó y se amorató. Luego el amoratamiento bajó hasta rodear el ojo por completo. Ella no se preocupó. No parecía haberse roto ningún hueso.

Al segundo día notó algo muy extraño. A media mañana tenía sueño. No le había ocurrido nunca, ni siquiera los días en que dormía solo tres horas. A media tarde le costaba mantenerse despierta. Se quedó frita nada más llegar a casa. Al día siguiente la somnolencia era constante. Le costaba entender lo que leía. Se hubiera echado la siesta de pie en el autobús de vuelta. Volvió a caer en la cama sin cenar y le costó abrir el ojo a la mañana siguiente. Fue al ambulatorio, donde la enviaron de inmediato al hospital. Examen, preguntas, TAC... Tenía una conmoción cerebral.

Después de unos días de baja en que se sintió zombi tuvo claro que quien necesita dormir y no puede es mucho más desgraciado que quien quiere pero no lo necesita. Si algo tiene que escasear, que sean las ganas y no la posibilidad de satisfacerlas, se dijo.



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lunes, 27 de enero de 2020

SeekFreak

- Compañeros de rarezas, una aplicación para dejar de sentirse rarito. La llamamos SeekFreak

- Suena bien. ¿Y en qué dice que consiste?

- Pretendemos poner en contacto a gente que tiene las mismas manías, los mismos gustos excéntricos, las mismas pasiones poco comunes. Te ayuda a descubrir que no estás solo en tus frikadas, lo cual alivia psicológicamente. Puede desembocar en la creación de clubes o asociaciones, incluso.

- ¿Cómo funciona?

- Tenemos creadas unas categorías por defecto y hemos puesto ya algunas rarezas a título orientativo. Pero la gracia del asunto es que permite al usuario hacer subcategorías y añadir sus propias particularidades. Por ejemplo, tenemos la categoría de fetichismo, la de alimentación, la de ocio y cultura... En fetichismo hemos hecho divisiones: sexual, cinematográfico... En alimentación estamos pensando si incluir, por ejemplo, ascos además de amores y odios.

- Veo complicado lo de que se puedan abrir categorías nuevas por parte del usuario. ¿No se convertirá eso en una maraña incomprensible?

- Bueno, tenga en cuenta que el rarito, en el fondo, no quiere sentirse uno más del montón. Si ve que en su grupo hay demasiada gente, querrá diferenciarse. Es como si dentro del fenómeno fan, sección cine, subsección peliculas de ciencia ficción, grupo Star Wars, una persona se inscribe en los haters de Luke Skywalker. Pero se encuentra con que allí no todos odian al tipo ese por los mismos motivos. Entonces puede abrir subcarpeta para quienes creen que fue un lameculos de Yoda, pongo por caso.

- Me da a mí que la categoría fenómeno fan va a ser un sindiós.

- Quizá, pero es el nicho de mercado más amplio. Aunque, fíjese, en lo que más esperanzas tengo puestas es en la alimentación.

- No me diga. ¿Por qué?

- Porque cada vez conozco a más personas a las que les han, digamos, diagnosticado una rara combinación de alergias e intolerancias que no se da en nadie más, según el gurú de turno. Buscar a alguien con el mismo problema no debería ser difícil con nuestra app.

- Me está convenciendo. ¿Quedamos la semana que viene su equipo de desarrolladores y mi equipo financiero?




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lunes, 23 de diciembre de 2019

Entrando en órbita



2 de marzo de 2004. Empiezo un viaje muy, muy largo, y este será mi diario privado. Voy a dar algunas vueltas por entornos familiares y luego me aventuraré en otros más remotos. Dormiré una parte del camino para ahorrar energía.

Primer año de expedición. Vuelvo a acercarme a casa pero solo para coger impulso. Aunque me apena alejarme, sé que todavía volveré por aquí un par de veces.

Dos años más. Ahora el tirón gravitatorio me lo da el vecino rojo. No soy el primero que se aproxima a él, ni el segundo, ni el... vamos, que es un vecindario muy concurrido.

Otros nueve meses y vuelvo a rondar mi punto de partida. Me apena pasar de largo pero me alegra comprobar que sigue ahí.

Han pasado diez meses y en el plan de viaje está sobrevolar un pequeño mundo, el asteroide Steins. Me pillaba de paso y así puedo hacer pruebas y enviar imágenes para comprobar que todo funciona bien. Somos dos viajeros solitarios que se cruzan en el espacio. Paso de largo. Mi misión me llevará mucho más lejos.

Catorce meses más y llega el momento de decir adiós definitivamente a la Tierra. Un último acercamiento para tomar impulso y... ay.

Al cabo de ocho meses, otro encuentro fugaz, otro asteroide, Lutetia. Tan frío y solitario como Steins. Será lo último que vea tan de cerca hasta llegar a mi destino.

Ha pasado un año más. Ahora me desconectarán. Hibernaré dos años y medio. Cuando despierte, ya casi estaré allí.

Después de este largo sueño, todo vuelve a funcionar. Espero impaciente el encuentro, dentro de siete meses, con mi perseguido cometa.

¡Por fin he entrado en órbita de 67P/Churyumov-Gerasimenko! Llevo recorridos 6.400 millones de kilómetros en estos diez años. Cuando vuelas tanto tiempo por el espacio, entrar en órbita es como llegar a una posada donde descansar. Pero no, es ahora cuando empieza mi trabajo. Ya descansaré cuando lo termine.

La misión ha ido bien. He cumplido las expectativas. Durante un tiempo he cedido el protagonismo a mi pequeña sonda Philae y ahora voy a reunirme con ella.

Atención, Centro Europeo de Operaciones Espaciales, inicio descenso sobre el cometa. Seguiré enviando información mientras pueda.

30 de septiembre de 2016, 11:19 GMT. La misión Rosetta ha finalizado según lo previsto.



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lunes, 25 de noviembre de 2019

A su edad

"Eso es normal a su edad, no tiene que preocuparse."

Es la primera vez que un médico me trata de usted. El trato formal va unido otra novedad a la descripción de mi estado como "normal a su edad". Las dos cosas me preocupan, mucho.

¿Cuál es la edad de normalizar las patologías? Me lo he venido preguntando de vuelta a casa. Mis abuelos gozan de bastante buena salud y son ya muy mayores, al menos me lo parece a mí, a ellos seguro que no. Mis padres tienen enfermedades que no guardan relación con los años cumplidos. Hasta yo tengo alguna dolencia desde muy joven.

Pero achaques de la edad... que no, hombre, que no. Si ni siquiera necesito gafas. Si salgo a correr dos o tres veces por semana. Ni de coña puedo haberme convertido de repente en una persona con años suficientes para tener problemas de salud que sean generalizables a todo un grupo de edad. Me he cabreado, caray. Ha sido como si me llamara senil a la cara.

Bueno, me calmaré y pediré hora al dentista. Habrá que ir a que me saque esa maldita muela del juicio que está empujando para salir y no tiene hueco.





Esta entrada participa en la convocatoria #relatosEnfermedad de @Divagacionistas

lunes, 28 de octubre de 2019

Mediocres

Era un alumno de sobresalientes. A sus doce años se daba cuenta de que tenía una facilidad para entender las explicaciones de los profesores que no tenían sus compañeros. Gozaba de buena memoria y no le costaba demasiado esfuerzo recordar lo escuchado, leído o visto.

Si a esto se sumaba su desdén por las trastadas y su desinterés por las peleas, el resultado era uno de esos estudiantes que encantan a los maestros. Ni siquiera le molestaba que alguno le pusiera como ejemplo ante el resto de la clase. Sabía que no lo acosarían por ser el favorito de los profes ni le gritarían "¡empollón!". Porque además era guapo, las chicas se le acercaban, así que los chicos querían ser sus amigos.

Un día el profesor de lengua les encargó para la clase siguiente buscar un poema que les gustara. Al llegar, se puso a nombrarlos uno a uno para que, de pie ante la clase, fueran recitando cada cual el suyo. El primero, atenazado por la timidez, se limitó a leerlo. Los siguientes hicieron lo mismo. De pronto, uno salió sin papel y, con entusiasmo, representó, más que recitó, "La canción del pirata" de Espronceda. Hubo risitas que se convirtieron en carcajadas.

El profesor hizo salir al favorito, el que había iniciado las risas. Temeroso de ser también objeto de burla, leyó su poema en el tono más neutro y apagado posible. Los demás actuaron igual.

"No sabéis recitar poesía ninguno, salvo Jorge", sentenció el maestro. "Y no sabéis reconocer a un buen actor", añadió. "Reírse de los que no tienen miedo al público es algo lamentable. Sobre todo cuando es un público ignorante."

Era la primera vez que le llamaban ignorante. Y aprendió que tener la admiración de los demás no impedía que uno fuera un mediocre. Siempre se lo agradeció a aquel profesor.



Este relato participa en la convocatoria #relatosMaestros de @divagacionistas


lunes, 30 de septiembre de 2019

No insistas

No me lo pidas. Me da mucha pereza. La primera vez parecía que no me costaba trabajo pero terminó siendo un esfuerzo enorme, y total, para que acabara en la basura sin previo aviso, sin que me enterase. Quizá yo lo valoraba demasiado y en realidad no valía nada, no lo sé.

Me dio más pereza la segunda vez, después de tanto tiempo. Me lo pensé, le di vueltas y no le veía sentido. Tenía malos recuerdos de la ocasión anterior, me faltaba confianza y me sobraba miedo. Y, sobre todo, se me hacía muy cuesta arriba. Empezar otra vez... uf. El tiempo me dio la razón. Salió peor que la primera vez, en parte por falta de convencimiento y en parte porque pensar que el pasado no va a repetirse es demasiada ingenuidad.

Me lo seguiste pidiendo y ya te dije que no. Qué pereza. Cada vez me supone más esfuerzo y cada vez confío menos en el resultado. He hecho una simulación y ha vuelto a derrumbarse. Y aunque no era real, me ha dolido tanto como si lo fuera.

No insistas. No vuelvas a pedirme que te quiera. Me da una pereza horrible tanto esfuerzo no correspondido, despreciado, destinado a la basura. Además, sospecho que me lo pides solo para reírte, una broma pesada sin ninguna gracia.



Este relato participa en la convocatoria #relatosPereza de @divagacionistas

Vida de gato

Huele a café. No es un olor que me guste mucho y además coincide siempre con que empieza el ajetreo por aquí. Qué pereza me entra a estas horas.

No tengo mucha hambre, hace un par de horas he estado comiendo restos en la cocina después de terminar mi ronda nocturna. La oigo a ella trastear antes de meterse en la ducha. Es de costumbres fijas: pis, desayuno, ducha, darme un beso, levantar las persianas, asomarse al balcón, elegir la ropa, vestirse, dejarme algo de comer, darme otro beso y marcharse a trabajar.

La cama está templadita todavía. Voy a esperar un rato a que entre el sol por la ventana y caliente la butaca. Entonces comeré otro poco y me acurrucaré allí. No es que se vea gran cosa por esa ventana, la verdad. El balcón es más interesante, pero allí no da el sol hasta media tarde.

Estamos teniendo una mañana tranquila. El cartero ha llamado desde el portal y alguien le ha abierto. A la vecina de arriba no le toca hoy pasar la aspiradora, está con el ordenador y ha puesto música bajito. Voy a lavarme otro rato.

Vaya, tenemos obras en la calle, un torturador se ha puesto a manejar un martillo hidráulico. Voy a tener que esconderme en el armario, si es que está abierto. Meter la cabeza entre la ropa es lo único que me alivia la pesadilla del ruido.

¡Bien! Hoy es ese día de la semana en que ella regresa antes de que me haya vuelto a entrar hambre. Tardará un rato en encontrarme en el armario. A ver si viene con ganas de rascarme el cuello. Es lo que más me gusta. Y si a la vez va haciendo esas cosas que hace con la voz, no podré parar de ronronear.


Este relato participa en la convocatoria #relatosPereza de @divagacionistas

lunes, 29 de julio de 2019

Casi

Es una persona tan brillante que no sé cómo no me había dado cuenta antes, cuando lo conocí aquellos meses que trabajamos juntos. Quizá porque tampoco lo conocí bien. El concepto trabajar con alguien tiene muchos grados de proximidad, muchos niveles de interrelación, un amplio abanico de intensidades y todo un catálogo de posibles interferencias.

Hemos vuelto
a coincidir desde hace un año. La distancia física era menor y el grado de colaboración, mayor. Aun así, casi me lo vuelvo a perder. Era como si lo viera borroso, levemente aislado por su especial función en el equipo y por otros miembros de éste. Parecíamos dos piezas de una máquina que apenas entran en contacto salvo indirectamente, siempre con una tercera de por medio. Me pregunto hasta qué punto las personas que tienen amigos absorbentes alrededor notan cómo ese hecho retrae a otros de aproximarse más.

Ahora los compañeros han ido cogiéndose vacaciones y quienes nos quedábamos, nos concentrábamos en el espacio cada vez más vacío, evitando dejar huecos. Hace dos semanas nos separaban dos mesas. La pasada, solo una. Esta semana estábamos uno al lado del otro. Hemos hablado y nos hemos consultado mucho más. He sido consciente de la infinidad de cosas que hace. Sabía de la importancia de su trabajo; ahora sé de la importancia de su personalidad en el equilibrio del equipo.

Hemos tomado más cafés juntos y hemos comentado más anécdotas de esas que sin saberlo definen tu vida, la película que te ha gustado, el libro que estás deseando leer... Diría que intelectual e ideológicamente estamos bastante cerca.

Ha sido como conectar por fin... aunque para desconectar justo a continuación. Deja el trabajo, deja la ciudad, deja el país. Tomamos caminos distintos. Probablemente seguiremos sabiendo el uno del otro por personas interpuestas. El abrazo de despedida fue como volver a subirme al barco después de haber visto solo el puerto y los alrededores en una escala, pero alegrándome de haber pisado la ciudad.

Ya he conocido a otras personas brillantes y no creí que fuera a tardar tanto en reconocer a una. Casi me la pierdo. Pero no.




Con este relato participo en los #relatosDesconectar de @divagacionistas

lunes, 24 de junio de 2019

Amanece

Amanece. Suspiro con alivio. El insomnio hace que sienta las noches como ese banquete al que acudes con hambre pero al primer plato te sientes llena y ya solo quieres levantarte de la mesa.

Es tan temprano que pongo la radio bajito aunque no hay en casa nadie a quien despertar. Tengo uno de esos transistores de toda la vida porque en esto aún prefiero lo analógico a lo digital. Lo llevo conmigo al cuarto de baño; a las habitaciones, por las que voy levantando las persianas y abriendo las ventanas; a la cocina, donde me muero por tomarme un café...

Hoy empieza mi fin de semana, así que dentro de la rutina café elijo la subrutina capuchino, sustituyo la galleta por unos picatostes y añado un puñado de cerezas. Y como todavía tengo el cerebro en modo alerta después de tantas horas de trabajo, coloco en la mesa junto al desayuno el periódico de ayer y alterno bocados y tragos con los números del sudoku.

Desde unos días antes hasta unos días después del solsticio de verano, en Madrid pasan 15 horas y 3 minutos desde la salida hasta la puesta del sol. En principio, quedan 14 horas y media de luz por delante.

Pero hoy habrá muchas más para mí, porque esta noche vuelves a casa.



Escrito para los #relatosSolsticioverano de @divagacionistas

lunes, 27 de mayo de 2019

Desde el principio

"No puedes guardarle tanto rencor a la vida", le dice un amigo a otro, los dos sentados cerca de mí en el café de sillones mullidos en el que hago tiempo mientras mi pareja sale de trabajar.

"No me merezco todo lo que me ha pasado, ¿o crees que me lo merezco?", replica el otro.

La difícil atribución de responsabilidades: a uno mismo, a otras personas, a la mala suerte... nadie es lo bastante objetivo en lo que le atañe como para distinguir cuándo le putearon y cuándo la cagó, me digo a mí mismo. Me he pedido un café irlandés, quizá por eso estoy filosófico.

"Echa la vista atrás y trata de pensar en aquellas veces en que has elegido entre dos o más opciones; y en cada una imagina qué habría ocurrido si hubieras hecho una elección distinta", le propone el amigo.

Me parece una buena estrategia, solo que con la perspectiva no tiene tanto mérito identificar los errores cometidos. O quizá sí, porque el paso del tiempo nos hace más tolerantes con nosotros mismos: estaba enamorado, tenía miedo, se me hundía el mundo...

"No habría aceptado este trabajo: me ha separado de mi gente, me ha hecho sentir que no valgo lo suficiente y está a punto de dejarme en la calle", es la primera respuesta.

Silencio del otro, no sé si valorativo o solo paciente.

"Pero, claro, lo acepté porque decidí mudarme a esta ciudad. Mi novia vivía aquí y no soportaba estar lejos de ella. Ya ves, luego ella se enamora de otro y me deja tirado".

Silencio y gesto a la vez comprensivo y compasivo.

"Bueno, yo dejé a mi pareja por ella. Mala elección. No me imaginaba que fuera tan egoísta y tan...", se calla, pensativo. Al poco, continúa: "Yo estaba pasando una crisis profesional. Discutía mucho con mi jefe, me aburría el trabajo, por eso me pareció buena idea irme, cambiar de aires. Quizá si hubiera tenido más paciencia o si hubiera sido menos impulsivo..."

Gesto claramente escéptico.

"Ya, cada uno es como es. Me imagino que no debí elegir esta profesión. Necesito algo más activo, más de moverme, de conocer gente. Pero, claro, había mucha presión familiar".

"O sea, que nunca tuviste elección, todo estaba gafado desde el principio", resume el amigo.

Ahora el que guarda silencio es el otro.



Este relato participa en la convocatoria #relatosElecciones de @divagacionistas.

lunes, 29 de abril de 2019

Tirabuzones


Después de morir mi abuela paterna, fui una tarde a la que había sido su casa a visitar a mi tía y su marido, que vivían allí. No era de las tías con las que tenía más relación porque durante muchos años había sido monja y nunca mantuvimos más que breves conversaciones (no por mi ateísmo, entonces embrionario, sino por falta de interés o de cosas en común).

A lo que fui a su casa es a recuperar fotos de la infancia de mi padre. Mi abuela las guardaba celosamente pero, al faltar ella, me pareció que mi tía no tendría inconveniente en desprenderse de algunas. En casa de mis padres había poquísimas fotos de cada uno de ellos antes de casarse. Recuerdo una de mi madre el día de su comunión, a los seis años, con el pelo hecho tirabuzones. Y una de mi padre, a los cuatro o cinco años, con sus dos hermanos mayores en un barco. No había fotos anteriores de ninguno de los dos.

Pero mi padre hablaba de unas que les habían hecho a él y a sus hermanos de bebés, fotos de estudio, un lujo en aquellos años de la segunda república. Me encantó verlas cuando mi tía sacó una caja de un armario. Un crío rollizo con un enorme tirabuzón en la frente. Me las llevé junto con otras que a mi padre le emocionó recuperar.

En mi familia somos todos de pelo más bien liso. Aquellos rizos de mis padres desaparecieron pronto. De mis hermanos, solo el que me sigue y la pequeña los tuvieron en sus primera infancia. A él se los cortaron antes de los dos años y no volvieron a aparecer. A ella se los dejaron crecer. Todavía la recuerdo cuando tenía sueño. Cerraba los ojos, llevaba una manita con los dedos extendidos junto a su oreja y los metía por los tirabuzones, estirándolos hasta que se soltaban. Repetía el gesto hasta que se dormía. Esos deditos enredados en anillos de pelo castaño claro eran la viva imagen de la tranquilidad.



Esta entrada participa en la convocatoria #relatosAnillos de @divagacionistas

lunes, 25 de marzo de 2019

Cuenta atrás

- Buenas noches, hasta mañana.

Querría haber seguido hablando, siempre quedan cosas que contar, que compartir, que preguntar. Querría haber seguido haciendo planes para cuando volvamos a vernos.

Porque vamos a vernos dentro de unos días. Casi no me lo creo. Estamos lejos, tenemos jornadas de trabajo poco compatibles, no nos sobra el dinero... No lo tenemos fácil para estar juntos. Pero parece que esta vez, como tú dices, se han alineado los planetas.

Cuento los días, las horas, los minutos. El reloj de la estantería tiene una cuenta atrás que originalmente era para esperar la llegada del uno de enero del año 2000. Ahora marca cinco días, catorce horas, seis minutos y diez, nueve, ocho segundos…

Me dan ganas de ponerme en cuarentena como los astronautas antes de un vuelo, no vaya a ser que me ponga enferma y no pueda ir a ninguna parte. Tengo el billete de avión, espero que no convoquen una huelga los pilotos ni los controladores ni nadie.

Las tres últimas veces que hemos planificado un encuentro, algo se ha torcido. La caída de mi padre, la avería de tu coche, la anulación de mis días libres por la enfermedad de mi compañero de trabajo. En resumen: tres meses sin vernos. Ya no me queda paciencia.
- Buenos días. Estoy impaciente por verte.

- Buenos días. Oye... tengo que decirte algo importante. Debería habértelo dicho antes. Me he enamorado de otra.

Cinco días, una hora, diecisiete minutos, veinte segundos, diecinueve, dieciocho… Detener cuenta atrás.



Este relato participa en la convocatoria #relatosPaciencia de Divagacionistas.